CAPITULO XIV
EL NAUFRAGIO DEL ORDE N
V eintiuno son los días de un calendario que pesa como el plomo que han quedado atrás.
José Luis cumple años y ha decidido celebrarlo.
El escenario para esos setenta y dos años del marinero no es otro que “La Bombi”, un restaurante con más de un siglo de solera en la calle Casimiro Sainz, un lugar de estilo elegante y tradicional, donde el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintineo de una cubertería de plata que ha visto pasar a media ciudad por sus mesas
Preside la mesa el marinero, con el rostro un poco más surcado por las preocupaciones, pero con ese brillo de hierro en los ojos que solo el mar y la supervivencia conceden.
A su lado, Carmen sonríe, una sonrisa frágil que intenta enterrar los fantasmas del trastero y la venda.
Álvaro observa a los hermanos, sintiendo el calor del local y la extraña placidez de quien ha logrado, al menos de momento, mantener el barco a flote.
Han pasado tres semanas desde que el correo a la UCO salió del apartamento de la calle Castilla Hermida.
Veintiún días de silencio administrativo por parte de la policía y de una inquietante calma por parte de la zona noble de Santander.
Parece que los Velasco han cumplido su palabra; no ha habido berlinas grises, ni llamadas de seda, ni "accidentes lamentables".
El acuerdo del faro se mantiene como una tregua de cristal bajo el sol de mayo.
Sin embargo, Álvaro no ha dejado de mirar por encima del hombro ni un solo día. La incertidumbre es un óxido que corroe el descanso, una pregunta que flota entre los calamares y el vino blanco: ¿Es esta la paz definitiva o solo el ojo del huracán?
José Luis levanta su copa, el cristal tintinea contra la de ambos
– Por los setenta y dos, hermana y escribidor–exclama el viejo con voz ronca pero cargada de emoción– Y por estar aquí para contarlos, que no es poco.
Los dos asienten correspondiendo al brindis, pero la mano del escritor busca instintivamente el bolsillo donde ahora guarda un móvil nuevo, esperando una señal que no sabe si quiere recibir .
La mesa está dispuesta con un mantel de hilo blanco impoluto. En el centro, el festín rinde homenaje al Cantábrico: raciones de rabas de calamar fresco, almejas a la marinera que huelen a gloria y unas alcachofas rellenas de centollo, la especialidad que Carmen siempre menciona con devoción.
José Luis, sentado en la cabecera, observa su copa de vino blanco, un albariño frío que refleja la luz de las lámparas clásicas del salón
– Tres semanas ya sin ver una berlina gris ni oír esa voz de seda... –murmura el viejo, rompiendo por un momento la alegría del postre, una tarta de queso suave que acaba de llegar a la mesa.
Aquella comida en el centenario local se ha convertido en una pequeña isla de paz, un refugio donde los platos servidos parecen haber borrado, al menos por unas horas, el miedo a la alargada y negra sombra de los Velasco.
En una esquina del salón, el gran televisor colgado de la pared rompe la atmósfera acogedora del restaurante. La presentadora de Tele Cantabria está dando una noticia rutinaria sobre el Puerto cuando, de repente, se lleva la mano al pinganillo.
Su rostro cambia, palidece unos instantes antes de recuperar la compostura profesional.
– Interrumpimos nuestra programación habitual para conectar en directo con el barrio de El Sardinero –dice con voz urgente– Se está desarrollando en estos momentos una macrooperación policial sin precedentes en una de las zonas más exclusivas de la capital.
Después la imagen salta a una periodista a pie de calle, en plena Avenida de los Castros, justo frente a los imponentes muros de piedra de una enorme mansión.
El despliegue es sobrecogedor: la calle está bloqueada por una marea de luces azules.
Hay patrullas de la Policía Nacional atravesadas en la calzada y furgones de la UCO que han tomado el acceso principal.
Agentes uniformados con cascos y escudos aseguran el perímetro, mientras decenas de agentes de paisano, identificados solo por sus chalecos antibalas con las siglas en la espalda, corren hacia la entrada principal.
Se ven equipos de asalto con arietes, listos para echar abajo las puertas que durante doscientos años nadie se atrevió a tocar.
Los flashes de los fotógrafos se mezclan con el parpadeo de las sirenas, iluminando un escenario que parece de guerra en medio del lujo más absoluto de Santander.
– La operación, coordinada desde Madrid, apunta a una presunta red de delincuencia organizada y blanqueo de capitales vinculada a una conocida estirpe empresarial de la ciudad –continúa la reportera, mientras al fondo se oye el estruendo de una puerta al ceder– Fuentes policiales confirman que hay órdenes de detención para varios miembros de la familia Velasco
Paralizado por lo que acaba de ver, Álvaro deja el tenedor sobre el plato con un ruido metálico que solo él escucha. Los hermanos se han quedado de piedra, con la mirada clavada en la televisión. El restaurante entero ha guardado silencio.
El "incendio" que provocó desde su portátil ha llegado, por fin, al salón de los Velasco.
– Cortamos la conexión de momento, pero les mantendremos informados en cuanto se produzca cualquier movimiento en el interior del domicilio –sentencia la presentadora antes de dar paso a una ráfaga de anuncios que suenan estridentes, casi irreales, en el silencio sepulcral que ha invadido el salón del restaurante.
Fijamente, Álvaro mira a José Luis y ve que el viejo marinero ha dejado la copa de albariño a medio camino.
Tiene los ojos fijos en la pantalla negra, como si esperara que la luz del faro de Cabo Mayor volviera a barrer la estancia.
Carmen, por su parte, se ha llevado una mano al pecho, respirando con una profundidad que hace semanas que no conocía.
En el comedor de “La Bombi”, el murmullo empieza a subir de tono. La gente susurra, señala la televisión, algunos ya están buscando información en sus móviles. Nadie sabe que los responsables de ese terremoto están sentados a pocos metros.
– Lo has hecho, escribidor –comenta el marinero sin apartar la vista del televisor– Has quemado el camarote de verdad .
Sin embargo, no responde. Sabe que la policía está ahora mismo registrando los despachos de cedro, abriendo las cajas fuertes de doble fondo y, sobre todo, poniendo los grilletes a las manos que ayer mismo manejaban los hilos de Santander.
La espera hasta la siguiente conexión se siente como una eternidad, pero es la espera del vencedor.
El camarero, un hombre que lleva sirviendo mesas desde antes de que se construyeran los bloques del Barrio Pesquero, se acerca con una bandeja de acero en la mano.
Se detiene un segundo, mirando de reojo el televisor donde el logo de Tele Cantabria parpadea, y luego deja la deja sobre el aparador con un golpe seco.
– Parece que hoy les ha tocado a los de arriba, ¿eh?
–dice mientras sirve un café con una precisión de cirujano– Siempre dicen que en Santander nunca pasa nada, pero mira tú por dónde...
Al final resulta que los ricos también lloran, y por lo que se ve, les van a faltar pañuelos para tanta lágrima.
Después suelta un resoplido, entre el cinismo y una satisfacción de clase que no intenta ocultar.
– Esa gente se cree que la ciudad es su jardín particular– continúa, bajando un poco la voz al ver que Álvaro y José Luis están absortos– Pero cuando la marea sube de verdad, no hay muro de piedra que la pare.
En fin... ¿les pongo una copa de algo para bajar la tarta?
Me da que hoy la sobremesa va a ser larga.
El viejo levanta la mirada y, por primera vez en años, le regala al camarero una media sonrisa que parece un brindis silencioso.
– Pónganos tres copas de orujo de Liébana, del fuerte –responde el Cachalote– Que hoy la marea no solo ha subido, es que se va a llevar a más de uno por delante
Divertido por el comentario, el camarero asiente, alejándose hacia la barra.
Álvaro observa cómo se va, sintiendo que ese comentario mundano es la validación definitiva.
Los Velasco ya no son los intocables; ahora son el tema de conversación de un restaurante, la comidilla de una ciudad que empieza a perderles el miedo .
De repente, la pantalla de televisión vuelve a cambiar y la sintonía de "Última Hora" resuena en el local.
– ¡Ya vuelven! –exclama alguien desde otra mesa.
La pantalla del televisor se llena con el primer plano de la puerta principal de la mansión.
Los agentes de la UCO salen primero, abriendo paso, y entonces aparece él.
Velasco no sale escondido bajo una chaqueta ni con la mirada esquiva.
Lo hace con la espalda recta, el traje impecable a pesar del registro y la cabeza muy alta, barriendo a la multitud de curiosos y periodistas con una mirada de desprecio absoluto.
Camina hacia el coche camuflado como si estuviera recorriendo la alfombra roja de una gala.
Una reportera, valiente o temeraria, logra burlar el cordón policial poniéndole el micrófono a centímetros de la cara.
– Señor Velasco ¿Cuál es el motivo de la detención? ¿Tienen algo que decir sobre las acusaciones de asesinato y blanqueo?
Con su innata frialdad, el aludido se detiene un segundo justo antes de entrar en el vehículo. Mira a la cámara y después, con su particular voz de seda , que la televisión amplifica con una nitidez aterradora, responde:
– No se confundan. Pronto volverá todo a la normalidad.