Capítulo 17
El pozo de los presos
Pero nadie la llamaba así. Los presos la llamaban "El Pozo". Simón lo supo el primer día, cuando cruzó la puerta de hierro y escuchó a un viejo interno gritar desde una celda: "Bienvenido al fondo, che."
No era un pozo. Era peor. Era un rectángulo de cemento con celdas a los costados y un patio de tierra en el medio. Tierra marrón. Tierra común. No la tierra negra de los liquidámbares. Eso, al menos, era un alivio.
Le asignaron una celda individual. Por su perfil —psicólogo, condena corta, sin antecedentes violentos— lo metieron en el pabellón de los presos "tranquilos". Asesinos por accidente, estafadores, algunos presos políticos viejos que ya no sabían por qué estaban ahí.
La cama era de cemento. La manta, gris. Otra manta gris. Simón aprendió a no mirarla.
Los primeros días fueron un borrón.
No habló con nadie. No comió casi nada. No durmió. Los guardianes lo llevaron al enfermería después de una semana. Le tomaron la presión. Le hicieron análisis. El médico, un tipo joven con barba y olor a cigarrillo, le preguntó si quería pastillas para dormir.
—No —dijo Simón.
—¿Por qué? ¿Le harán mal?
—Me hacen bien. Por eso no las quiero.
El médico anotó algo en su carpeta. No insistió.
A la segunda semana, Irene vino a visitarlo.
Lo hizo en el horario permitido: sábados de 14 a 16. Se sentaron frente a frente con una mampara de vidrio de por medio. Los teléfonos negros. Las manos apoyadas en el borde.
—¿Cómo estás? —preguntó Irene. La misma pregunta de siempre.
—Acá. Vivo. Eso es todo.
—¿Dormís?
—No.
—¿Soñás?
—Tampoco. Desde que me condenaron, los sueños se fueron. Nicolás ya no viene.
—¿Y eso te alivia o te preocupa?
Simón pensó.
—Las dos cosas. Alivia porque ya no me agarra el tobillo. Preocupa porque... porque era lo único que me quedaba de él.
Irene apoyó la frente en el vidrio.
—Teseo está bien —dijo—. Ronronea todo el día. Se duerme
en tu cama. No quiere salir al balcón.
—Es un gato viejo. Ya no le interesa el mundo.
—Como vos.
—Como yo.
A la tercera semana, llegó una carta.
No tenía remitente. El sobre era blanco, sin membretes, con una letra manuscrita que Simón no reconoció. La abrió en la celda, con las manos sucias de la tierra del patio.
Dentro había una hoja seca. De liquidámbar. Y un papel doblado.
"Doctor Lagos: Soy Ana López. Su paciente.
La primera que le contó el sueño de la cuna.
Quiero que sepa que volví a dormir. Por primera vez en diez años, duermo toda la noche.
Sin pastillas. Sin pesadillas. Sin esa culpa que no era mía.
Usted me ayudó sin querer. Usted se llevó la culpa de todos nosotros.
Y yo no sé cómo pagarle eso. Así que solo le digo gracias.
Y le mando esta hoja. La encontré en mi terraza.
No sé de dónde salió. Pero pensé que usted sabría. "
Simón guardó la hoja en la única pertenencia que le permitieron tener: la biblia de la celda, entre las páginas del Apocalipsis. No era creyente. Pero necesitaba guardar algo.
A la cuarta semana, llegó otro visitante.
No era Irene. Era Laura Figueroa, la fiscal. Entró al pabellón con traje de calle, sin escolta, como si estuviera haciendo una gestión administrativa.
—No es una visita oficial —dijo, sentándose frente a Simón—. Es personal.
—¿Qué quiere?
—Saber cómo está.
—Pregúntele a los forenses. Ellos tienen más datos que yo.
Laura sonrió. Una sonrisa chica, apenas un movimiento de labios.
—Cerramos el caso —dijo—. La tierra vieja del pozo. La que tenía carbón. La analizamos con más profundidad. Encontramos restos de tela quemada. Y huesos. Huesos de otro niño.
Simón sintió que el aire se le escapaba.
—¿Qué otro niño?
—Uno que desapareció en los años cuarenta. En el mismo pueblo. Nadie lo buscó. Nadie lo encontró. El pozo del parque ya estaba ahí. Alguien lo usó antes que usted. Alguien que sabía cómo desaparecer un cuerpo.
—¿Quién?
—Nunca lo sabremos. Murió hace décadas. Pero la tierra guarda todo. Usted lo dijo: la culpa también se entierra.
Laura se paró.
—No vine a decirle que es inocente. Usted hizo lo que hizo. Pero no es el único. Nunca lo fue. Eso, al menos, téngalo por cierto.
Salió sin despedirse.
Esa noche, Simón durmió.
No supo por qué. No tomó pastillas. No hizo nada distinto. Solo se acostó en la cama de cemento, cerró los ojos, y el sueño lo
encontró.
La habitación blanca había vuelto.
Pero ahora era distinta. Las paredes ya no eran blancas. Eran del color de la tierra. Las paredes de la cueva. Y la cuna... la cuna ya no estaba en el centro. Estaba en un rincón, desarmada, las varillas de mimbre rotas.
El niño estaba sentado en el piso, con las piernas cruzadas.
Pijama azul. Cohetes. La misma piel pálida. Pero sus ojos ya no eran negros. Eran marrones. Casi humanos.
—Ya no me necesitas —dijo Nicolás. Su voz ya no era un eco. Era una voz de verdad. Chica. De nene.
—Siempre te necesité —dijo Simón.
—No. Necesitabas perdonarte. Yo ya te había perdonado hace treinta años.
—¿Por qué?
—Porque eras un nene también. Porque tuviste miedo. Porque me prometiste volver y volviste. Tarde. Pero volviste.
—Volví cuando ya estabas muerto.
—Eso no importa. Lo que importa es que volviste. Y que me sacaste de ahí. Y que me llevaste a un lugar lindo. Con árboles rojos. Yo quería quedarme ahí.
Simón sintió que las lágrimas le corrían por la cara.
—Te enterré vivo.
—Me enterraste en un lugar lindo. Eso es más de lo que muchos tienen.
—No te voy a volver a ver.
—No —dijo Nicolás—. Porque ya no hace falta. Ya no estoy en la cuna. Ya no estoy en el pozo. Estoy en los árboles. En la tierra. En las hojas que te aparecen en los zapatos. Y cada vez que una hoja roja caiga cerca tuyo, voy a estar yo saludándote.
—¿Y si no caen?
—Van a caer. Siempre caen.
El niño se paró. Caminó hacia la cuna rota. La tocó con la punta de los dedos. La cuna se desarmó por completo, hecha de polvo.
—Ahora andá —dijo Nicolás—. Dormí.
—No sé cómo.
—Cerrá los ojos. Así nomás. Yo te cuido.
Simón cerró los ojos.
Despertó con la luz del sol entrando por la pequeña ventana de la celda.
Había dormido. De verdad dormido. Ocho horas seguidas. Sin moverse. Sin gritar. Sin moretones nuevos.
Se incorporó. En la almohada, sobre la manta gris, había una hoja roja. De liquidámbar.
La tomó. La acercó a la nariz. Olía a tierra. A bosque. A perdón.
—Gracias, Nicolás —susurró.
Nadie respondió. Pero la hoja, en sus manos, pareció pesar menos. Como si el alma del niño finalmente se hubiera ido .