El peso de los que duermen Capítulo 16
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Capítulo 16

El juicio

El juicio duró once días.

Once días en los que Simón se sentó en el banquillo de los acusados con un traje que Irene le compró en un negocio de Tres Arroyos, demasiado grande en los hombros y demasiado corto en las mangas.

Once días en los que la sala se llenó de periodistas, vecinos de Santa Clara, curiosos y algún que otro paciente suyo que había viajado desde Buenos Aires para mirarlo con ojos de espejo.

La fiscal Figueroa fue implacable.

Presentó la manta gris. La pala oxidada del pozo de Santa Clara.

Las fotos del esqueleto con el pijama azul.

La libreta. La pericia caligráfica que confirmó que la letra de Nicolás —la de las primeras páginas, la de los dibujos— era auténtica.

Las últimas páginas, las más desgarradoras, no pudieron cotejarse porque el niño muerto no escribía desde hacía treinta años.

Pero la huella dactilar en la tapa era de Simón.

Eso no lo podía negar.—Usted lo enterró vivo —dijo la fiscal en su alegato final, mirando a Simón a los ojos—.

Usted lo sacó del pozo de Santa Clara y lo llevó a otro lugar.

Usted lo envolvió en una sábana. Usted lo metió en un pozo seco y lo tapó con tierra mientras él todavía respiraba.

Eso dice la libreta. Eso dice la ciencia.

Eso dice su propia memoria, que usted juró haber perdido pero que reapareció en sueños.

Simón no respondió. Su abogado, un hombre joven de anteojos gruesos que Irene había recomendado, pidió la palabra.

—No hubo intención de homicidio —dijo el abogado—.

El niño se cayó solo al pozo de Santa Clara.

Mi cliente intentó salvarlo. No pudo. Volvió más tarde y lo encontró muerto.

El enterramiento en el segundo pozo fue un acto de pánico, no de asesinato.

Un acto de un adolescente de quince años que tuvo miedo. No un crimen premeditado.

La fiscal lo interrumpió.

—El niño no estaba muerto cuando lo enterraron. La libreta lo dice. La posición de los huesos lo confirma. Las manos estaban elevadas, tratando de empujar la tierra. Usted lo enterró vivo, doctor Lagos. Y eso es homicidio.

El juez pidió silencio. El jurado se retiró a deliberar.

Esa noche, Simón volvió a su celda.

No durmió. Ya no dormía desde hacía semanas. Irene lo visitó en el horario permitido. Trajo más pan dulce. Más café. Más noticias del mundo afuera.

—Tus pacientes —dijo Irene—. Algunos quieren declarar como testigos de carácter.

—¿Para qué?

—Para decir que no sos un monstruo. Que ayudaste a mucha gente. Que tus sueños los ayudaron a ellos también.

—No los ayudé —dijo Simón—. Ellos soñaron porque yo soñé. Los contaminé. Como una enfermedad.

—O como una cura —dijo Irene—. Porque después de que vos encontraste el cuerpo, ellos dejaron de soñar. Todos. Ana, Darío, Julio. Los viejos de Santa Clara. Dormirán esta noche por primera vez en años. Eso también es gracias a vos.

Simón apoyó la cabeza en la pared.

—¿Eso me hace menos culpable?

—No. Pero te hace humano.

Al octavo día, declaró la geóloga que analizó la tierra.

Era una mujer mayor, de pelo canoso y manos manchadas de laboratorio. Habló con seguridad, sin mirar a nadie.

—La tierra negra del auto del acusado es la misma que la del fondo del pozo del Parque Independencia.

Ambas contienen restos de liquidámbar. Pero hay una diferencia crucial.

La tierra que cubría el cuerpo —la que estaba encima de la sábana— es más reciente.

Data de hace treinta años. La que estaba debajo del cuerpo —en el fondo del pozo— es mucho más antigua.

Tiene carbón vegetal y cenizas. Posiblemente de un incendio forestal.

Mi datación indica que esa tierra tiene entre sesenta y ochenta años.

Un murmullo recorrió la sala.

—¿Quiere decir eso —preguntó la fiscal— que el pozo del parque fue cavado antes de que el acusado naciera?

—Sí. Alguien cavó ese pozo décadas antes. Y alguien más lo usó después.

—¿Quién?

—Eso no es mi trabajo. Yo solo estudio la tierra.

Al noveno día, declaró una vecina de Santa Clara. La misma mujer de pelo teñido que había hablado con Simón en la plaza.

—La abuela de Simón —dijo la mujer, con la voz temblorosa—. Marta Lagos. Ella sabía. Ella iba al parque todos los años.

El día que desapareció el nene. Llevaba flores. Flores amarillas. Las ponía en el borde del pozo. Y se quedaba horas. Hablando sola.

—¿Con quién hablaba? —preguntó la fiscal.

—Con el nene. Le pedía perdón. Le decía que no había sido su culpa.  Que  Simón  era  solo  un chico. Que no merecía cargar con eso.

—¿Alguna vez la acompañó el acusado?

—No. Ella iba sola. Siempre sola. Nadie del pueblo la acompañaba. Porque nadie quería saber.

—¿Por qué no denunciaron?

Silencio.

—Porque también teníamos miedo —dijo la mujer—. Miedo de saber. Miedo de haber visto algo. Miedo de que el muerto nos hablara en los sueños. Como nos habló.

Al décimo día, declaró Irene.

No pidió permiso. Se paró frente al juez y habló sin que nadie la interrogará.

—Yo no creía en los sueños compartidos —dijo—.

Soy psicoanalista. Pasé ochenta años creyendo que la mente era una máquina solitaria.

Pero estos meses me enseñaron que no. La culpa también se contagia.

El silencio también se duerme. Y cuando se duerme, se sueña.

Todo el pueblo soñó. Todos los pacientes soñaron.

Porque todos, de alguna manera, sabían. Y todos callaron.

Se volvió hacia el jurado.

—Simón Lagos no es un asesino. Es un chico de quince años que tuvo miedo y tomó una decisión horrible.

Y después pasó treinta años castigándose solo, sin dormir, sin vivir, esperando que alguien viniera a buscarlo.

Ese alguien fue Nicolás. El mismo Nicolás que él enterró.

El mismo Nicolás que lo perdonó desde el fondo de la tierra.

El abogado de la fiscal pidió que retiraran a Irene. El juez lo permitió. Irene salió caminando despacio, con el bastón, sin mirar atrás.

El undécimo día, el jurado volvió.

Simón se puso de pie. Las manos le temblaban. No por miedo. Por cansancio. El mismo cansancio de treinta años.

El presidente del jurado leyó el veredicto.

—Homicidio culposo agravado por ocultamiento de cadáver.

No homicidio doloso. Se considera la edad del acusado al momento de los hechos, la ausencia de intención inicial de causar la muerte, y el contexto de pánico y miedo.

Se considera también la colaboración posterior y el estado de salud mental del acusado.

La pena: cuatro años de prisión efectiva. Cumplimiento inmediato.

Simón cerró los ojos.

No era inocente. Pero tampoco era un monstruo. Era un hombre que había vivido treinta años con un muerto en la memoria. Y ahora el muerto, al fin, descansaba.

Lo sacaron esposado. Irene lo miró desde la baranda. No lloró. Solo asintió.

—Voy a venir a verte —dijo.

—No hace falta.

—Lo sé. Pero voy a venir igual.

Simón sonrió. La primera sonrisa verdadera en semanas.

—Teseo —dijo—. Cuidá a Teseo.

—El gato me odia.

—Por eso. Cuidalo igual .