El peso de los que duermen Capítulo 15
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Capítulo 15

El hallazgo

La fiscal llegó dos horas después.

No vino sola. Trajo cinco patrulleros, dos forenses, un fiscal adjunto y un hombre con una cámara que filmó todo desde que cruzaron el portón del parque. Simón e Irene los vieron llegar desde el borde del pozo, donde habían esperado en silencio, sin hablarse, sin mirarse.

Laura Figueroa caminó hasta ellos con pasos rápidos. Miró el pozo. Miró la tapa de metal apoyada en el pasto. Miró a Simón.

—¿Está ahí abajo?

—Sí.

—¿Lo tocaron?

—No. Solo mi supervisora bajó. Pero no tocó el cuerpo. Solo la libreta.

—¿La libreta?

—La que él escribió. Mientras se moría.

La fiscal frunció el ceño. Hizo una seña a los forenses.

Ellos se acercaron con cuerdas, linternas, cámaras.

Empezaron el protocolo. Simón e Irene fueron apartados hacia un costado, cerca del auto, donde un oficial les tomó datos otra vez.

Los mismos datos de siempre. Nombre. DNI. Domicilio. Parentesco con la víctima.

—Ninguno —dijo Simón—. No era familiar. Era un vecino.

El oficial anotó. No preguntó nada más.

El operativo duró hasta el anochecer.

Bajaron a los forenses. Sacaron el bulto envuelto en la sábana con una camilla de rescate. Lo subieron centímetro a centímetro, con cuerdas y poleas. Cuando la camilla llegó al borde, Simón vio la forma del cuerpo debajo de la tela podrida. Era pequeño. Muy pequeño.

Irene apretó el brazo de Simón.

—No mires —dijo.

—Ya lo vi —dijo Simón—. Lo vi en el sueño. Lo vi en el pozo de Santa Clara. Lo vi todas las noches durante treinta años. No voy a dejar de verlo ahora.

Los forenses abrieron la sábana sobre una lona blanca. El esqueleto apareció completo. Los huesos pequeños, limpios, sin carne. Y sobre el pecho, apoyada entre las costillas, la libreta impermeable.

La fiscal se acercó. Usó guantes para tomarla. La abrió. Leyó las primeras páginas en silencio. Su cara no cambió. Pero sus manos temblaban.

—¿Usted leyó esto? —preguntó, mirando a Irene.

—Sí —dijo Irene.

—¿Y usted? —preguntó a Simón.

—Sí.

—¿Y cree que es auténtico?

—Un nene de cuatro años no escribe así —dijo Simón—. Pero un nene que está muriendo solo, en el fondo de un pozo, tal vez sí. Tal vez la desesperación lo vuelve adulto. Tal vez el dolor le enseña palabras que no debería saber.

Laura Figueroa cerró la libreta. La metió en una bolsa de prueba.

—Vamos a cotejar la caligrafía. Con la de la escuela. Con la de los familiares. Con la de usted.

—Hágalo —dijo Simón.

—¿No le preocupa?

—Ya no me preocupa nada. La verdad ya está afuera. El resto es papeleo.

Lo llevaron detenido esa noche.

No esposado. No en un patrullero. En el auto de la fiscal, con Irene en el asiento de atrás y Laura Figueroa al volante. Nohablaron durante el viaje. Las luces del pueblo aparecieron y desaparecieron. Finalmente, la comisaría de Tres Arroyos.

—No está formalmente detenido —dijo la fiscal, mientras abría la puerta—. Pero no puede irse. Va a dormir acá.

—No duermo —dijo Simón.

—Como sea. Va a pasar la noche acá.

Le dieron una celda individual. Pequeña. Con una cama de cemento, una manta gris —otra manta gris— y un inodoro sin tapa. Simón se sentó en la cama. No se acostó. No cerró los ojos.

Irene se quedó en la sala de espera de la comisaría. No la dejaron pasar. Pero cada dos horas, un oficial le llevaba café. Ella lo tomaba frío, con las manos temblorosas, mirando la puerta de la celda.

A las tres de la madrugada, la fiscal entró.

Simón la vio venir por el pasillo. Los pasos en el cemento. La

sombra bajo la puerta.

—¿No duerme? —preguntó Laura Figueroa, abriendo la reja.

—No.

—Ni yo. Los forenses trabajaron toda la noche. Querían tener algo para la mañana.

—¿Y encontraron algo?

La fiscal se sentó en el borde de la cama. No le importó la manta gris. No le importó la mugre.

—El pijama —dijo—. Las mangas están atadas con una trenza. La misma trenza que usted describió en su declaración. Y en la libreta, en la última página, hay una huella. Parcial. De un pulgar. No es la del nene.

—¿Es mía?

—Eso vamos a ver. Pero hay algo más. Algo que no entiendo

—¿Qué?

—La tierra. La que tenía en los pies. La del auto. La del pozo de acá. Es la misma. Tierra negra, con restos de liquidámbar. Pero hay otra tierra. En el fondo del pozo del parque, debajo del cuerpo. Esa tierra es diferente. Es más vieja. Contiene ceniza. Y fragmentos de carbón.

—¿Qué significa eso?

—Significa que alguien cavó ese pozo antes. Mucho antes. Tal

vez décadas antes de que usted pusiera el cuerpo. Ese pozo no lo hizo usted. Usted solo lo usó.

Simón sintió un escalofrío.

—¿Quién cavó ese pozo?

—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.

Laura Figueroa se paró.

—Una cosa más, doctor Lagos. Los viejos de Santa Clara. Los que hablaron con usted. Algunos ya están declarando. Dicen que también soñaron. Dicen que también vieron la cuna. Dicen que también sintieron culpa. No creo en las casualidades. Usted tampoco.

—No —dijo Simón.

—Entonces ayúdeme. ¿Por qué ellos también soñaban? ¿Por qué sus pacientes también soñaban? No puede ser solo su culpa. Tiene que haber algo más.

Simón cerró los ojos. La imagen llegó sola.

—El pueblo —dijo—. Todo el pueblo sabía. No lo que pasó en el pozo. Pero sabían que algo andaba mal. Y no hicieron nada. Eso también es culpa. Y la culpa se pega. Se respira. Se duerme. Y cuando se duerme, sueña.

La fiscal lo miró largo rato.

—¿Usted cree en eso?

—No lo creo. Lo vivo.

A la mañana siguiente, Irene fue autorizada a verlo.

Trajo pan dulce y un termo con café. Se sentó en la celda como si fuera una visita de hotel.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Acá. Vivo. Eso es todo.

—La fiscal me contó lo de la tierra vieja. Lo del pozo cavado antes.

—Sí.

—¿Eso qué cambia?

—Cambia que tal vez no fui yo el único. Tal vez el pozo ya estaba ahí. Tal vez alguien más supo. Tal vez alguien más me ayudó sin que yo lo supiera.

—¿Tu abuela?

—No sé. Tal vez.

Irene le alcanzó una medialuna. Simón la miró sin ganas.

Después la mordió. No la sintió.

—Los viejos del pueblo —dijo Irene—. Algunos están hablando. Dicen que tu abuela iba al parque. Una vez por año. Siempre en la misma fecha.

—¿En qué fecha?

—El día que desapareció Nicolás.

Simón dejó la factura. —¿Por qué iba?

—Dicen  que  llevaba  flores.  Que  se  sentaba  en el borde del

pozo. Que se quedaba horas. Y después volvía.

—Mi abuela sabía —susurró Simón—. Ella sabía dónde estaba el cuerpo. Sabía que yo lo había enterrado ahí. Y nunca dijo nada.

—O tal vez —dijo Irene— fue ella quien te llevó. La noche que caminaste dormido. Tal vez ella te guió. Tal vez ella cavó el pozo. Tal vez ella lo hizo para protegerte.

Simón apoyó la cabeza contra la pared de cemento. —Entonces no soy el único monstruo.

—Nunca lo fuiste, Simón. Solo el único que se quedó a mirar .