El peso de los que duermen Capítulo 14
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Capítulo 14

El segundo pozo

El mapa no mentía.

Simón lo supo cuando cruzó la entrada del Parque Independencia, al sur de la provincia, a tres horas de Santa Clara. Irene manejó toda la noche. No hablaron. No pusieron música. Solo la ruta, la oscuridad, y la X roja que Simón llevaba grabada en la retina.

Llegaron al amanecer.

El parque estaba cerrado. Un portón de hierro oxidado, un cartel que decía "Propiedad privada" y, más allá, árboles.

Muchos árboles. Entre ellos, los liquidámbares.

Simón los reconoció por las hojas. Las mismas de la hoja seca que había aparecido en su felpudo.

Las mismas que ahora, en otoño, teñían el suelo de rojo y naranja.

—¿Cómo entramos? —preguntó Irene.

—Caminando.

Bajaron del auto. Simón cortó el candado con una tenaza que había comprado en una ferretería de madrugada. El hierro cedió con un chasquido seco. El portón se abrió gimiendo.

Adentro, el parque era un cementerio vegetal. Los senderos de tierra estaban cubiertos de hojas secas. Los bancos de madera se pudrían solos. No había nadie. Ni pájaros. Ni perros. Ni gente.

—¿Esto sigue siendo un parque? —preguntó Irene.

—Fue un parque. Hace treinta años. Ahora es tierra de nadie.

Caminaron durante veinte minutos siguiendo el mapa mental que Simón guardaba desde el sueño. Cada árbol, cada piedra, cada curva del sendero le resultaba dolorosamente familiar. Como si hubiera estado ahí la semana pasada. Como si nunca se hubiera ido.

Llegaron a un claro.  En el centro, un pozo. No  era  igual  al  de  Santa  Clara.  Era  más  pequeño. Más moderno. Una boca de cemento con una tapa de metal oxidada. Alrededor, los liquidámbares formaban un círculo perfecto, como si hubieran crecido a propósito para esconderlo.

—Es acá —dijo Simón. No lo dudó.

Irene se acercó. Apoyó una mano en la tapa de metal.

—¿Abrimos?

—Sí.

Tiraron los dos. La tapa pesaba más de lo que parecía. Crujió, se resistió, y finalmente cedió con un rugido metálico. Del agujero salió un olor. No a podredumbre. No a tierra. A algo peor: a tiempo detenido. A aire que no se movía desde hacía treinta años.

Simón encendió su linterna. Apuntó hacia abajo.

El pozo era seco. No tenía agua. El fondo estaba a unos cinco metros. Y en el fondo, un bulto envuelto en una sábana vieja, atada con sogas de cáñamo.

No había  pala. Solo el bulto.  Y  alrededor, tierra negra.  La misma tierra que había aparecido en sus pies. La misma que manchó el auto.

Simón sintió que las rodillas se le doblaban.

—Esa sábana es de mi casa —dijo—. La reconozco. Era la de mi cama. Mi abuela la puso en mi cuarto después de que mis padres murieron.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Irene apretó la linterna.

—Hay que bajar.

—No voy a hacer que bajes vos otra vez.

—Entonces bajo yo.

—Irene, tenés ochenta y tres—

—Cállate. Atame la soga.

Irene bajó.

Con las manos arrugadas, con las piernas temblándole, con el bastón atado a la espalda. Bajó ladrillo por ladrillo, apoyando los pies en los huecos que la humedad había tallado en el cemento. Simón la sostuvo desde arriba con la soga, sintiendo cada uno de sus movimientos en sus propios brazos.

—Llegué —dijo Irene desde el fondo. Su voz sonó hueca, como si hablara desde el interior de una botella.

—¿Qué ves?

Silencio.

—Irene.

—Veo el bulto —dijo ella, más despacio—. La sábana está podrida. Se rompe con tocarla. Adentro hay... hay un esqueleto. Chico. Y el pijama. El mismo pijama. Azul. Con cohetes.

Simón cerró los ojos.

—¿Está atado?

—Está atado. Las mangas están atadas alrededor de los huesos de los brazos. Con una trenza. La misma trenza.

—¿Puede ser que yo haya hecho eso?

Irene no respondió. Pero Simón la escuchó respirar. Luego, el ruido de sus manos moviendo tierra. Luego, un grito. No fuerte. Ahogado.

—¿Qué pasó?

—Hay algo más —dijo Irene. Su voz temblaba—. Hay una libreta. Una libreta impermeable. Marcada. Está apoyada en el pecho del esqueleto. Como si alguien la hubiera puesto ahí a propósito.

—Abrila.

—No puedo. Mis manos no me responden.

—Irene, abrí la libreta.

Se escuchó el crujido del plástico viejo al abrirse. Después, el silencio.

—Irene.

—Dice... —la voz de Irene se quebró—. Dice: "Simón me prometió que volvía.

Pero no volvió. Entonces yo fui a buscarlo.

Y él estaba en el parque. Me encontró. Me abrazó.

Y después me enterró acá. Porque dijo que ya era tarde.

Que yo ya estaba podrido. Que nadie me iba a querer así. Y que él tampoco."

Simón sintió que el mundo se le caía encima.

—No es cierto —dijo—. Yo no escribí eso.

—No lo escribiste vos. Lo escribió él. El nene. Antes de morir. Mientras vos lo enterrabas vivo.

El grito que soltó Simón no fue humano. Fue un animal herido. Un perro atropellado. Algo que llevaba treinta años encerrado

en su pecho y que recién ahora encontraba la salida.

—¡No es cierto! —gritó otra vez.

Pero mientras lo decía, una imagen llegó a su cabeza. La más nítida de todas.

El parque. De noche. Él cavando. El pozo. El nene a su lado, envuelto en la  sábana.  Los  ojos  abiertos.  La boca moviéndose, formando palabras que él no quería escuchar.

—Simón, me duele.

—Cerrá los ojos.

—Simón, no me entierres.

—Cerrá los ojos, Nicolás.

—Simón, te perdono. Pero vos no te vas a perdonar nunca .

Simón abrió los ojos. Estaba de rodillas en el borde del pozo. La tierra mojada le había manchado los pantalones. La soga seguía en sus manos. Abajo, Irene lo miraba con una mezcla de horror y lástima.

—Subí —dijo Simón—. Subí ya.

—¿Vas a llamar a la policía?

—Sí.

—¿Vas a decir la verdad?

—Toda.

—¿Vas a poder?

Simón metió las manos en la tierra. La apretó. Sintió las piedras, las raíces, los treinta años de silencio.

—No —dijo—. Pero voy a intentarlo.

Tiró de la soga. Irene subió lenta, pesada, con la libreta pegada al pecho. Cuando llegó arriba, los dos se quedaron en el borde del pozo, mirando el fondo.

El bulto blanco. La sábana podrida. Y en la pared del pozo, alguien —él, Nicolás, los dos— había grabado con un clavo una última frase:

"Acá termina lo que empezó en la cuna."

Simón sacó el teléfono. Marcó el número de la fiscal

Figueroa.

—Fiscal —dijo—. Encontré el cuerpo.

—¿Qué cuerpo?

—El de Nicolás. No estaba en el pozo de Santa Clara. Lo moví. Hace treinta años. Lo traje acá. Lo enterré en otro pozo.

Silencio del otro lado.

—¿Dónde está?

—Parque Independencia. Les mando la ubicación.

—Doctor Lagos... ¿está diciendo que usted movió el cadáver?

—Sí.

—¿Y que su abuela lo ayudó?

—No. Ella no sabía nada de esto. Esto lo hice yo solo. Una noche. Caminando dormido. O despierto. Ya no sé la diferencia.

Un silencio más largo. Después, la voz de la fiscal, más baja.

—Voy a mandar una unidad. No se mueva de ahí. Y doctor Lagos... ya no va a poder volver a Buenos Aires.

Simón colgó. Miró el cielo. Las nubes grises empezaban a desgarrarse. Un rayo de sol pegó en el pozo, iluminando el fondo por primera vez en treinta años.

—¿Ahora qué? —preguntó Irene.

Simón se sentó en el borde del pozo. Dejó colgar las piernas. Como  cuando  tenía  quince  años.  Como  cuando  todo  esto empezó.

—Ahora —dijo— voy a contar todo otra vez. Pero esta vez con pruebas. Los sueños. Los pacientes. La cuna. Las hojas. Los dos pozos. La libreta. Todo. Y si no me creen, no importa. Porque la única persona que necesitaba que le creyeran ya está muerta. Y fui yo quien lo enterró.

—No lo mataste vos —dijo Irene—. Se cayó.

—No lo maté. Pero lo enterré vivo. Después de sacarlo del

pozo. Después de prometerle que iba a buscar ayuda. Después de todo. Y eso es peor .