El peso de los que duermen Capítulo 13
74%

Capítulo 13

El mapa anónimo

Las pisadas desaparecieron con la luz del sol.

Simón las vio desvanecerse mientras el sol se filtraba por la ventana del hotel, como si el agua negra del pozo se secara al contacto con el día. Pero la tierra quedó. En el piso. En sus manos. En las manos de Irene.

Irene no dijo nada. Sacó una bolsa de plástico de su mochila —de esas de supermercado, arrugadas, que siempre llevaba para cualquier emergencia— y juntó muestras de la tierra. Una del piso. Otra de las manos de Simón. Otra de las suyas propias.

—Vamos a mandar esto a analizar —dijo.

—¿A quién?

—A un amigo que tengo en la facultad de La Plata. Geólogo. Viejo. Medio chiflado. Pero sabe de tierras. Si esta tierra no es de acá, él va a saber de dónde es.

Simón asintió. No tenía energía para discutir.

Se ducharon. Bajaron al comedor. El desayuno ya estaba servido, pero Simón no podía comer. La imagen del sueño lo perseguía: la cueva, la soga, las manos pequeñas atadas con una trenza.

—¿Qué te dijo, exactamente? —preguntó Irene mientras mojaba una medialuna en el café.

—Me dijo que volví al pozo. De noche. Que bajé una soga. Que lo até. Que lo subí. Y que lo enterré en otro lugar.

—¿Y vos creés que es verdad?

—No quiero creerlo.

—No pregunté si querés. Pregunté si creés.

Simón apoyó los codos en la mesa. Se frotó los ojos con las palmas de las manos.

—Cuando  era  chico,  tuve  una  época  en  la  que  caminaba dormido. Mi abuela me ataba la muñeca a la cama con un pañuelo para que no me fuera. Ella decía que una vez me encontró en el fondo del jardín, mirando el pozo, balanceándome como un péndulo.

—¿Te acordás?

—No. Pero hay fotos. Tengo una foto de cuando tenía quince años, el día después de la desaparición. Estoy en el fondo de la casa, con ropa sucia. Mi abuela la sacó sin que yo me diera cuenta. En la foto, mis manos tienen tierra. Y estoy sonriendo.

Irene dejó la medialuna.

—¿Tenés esa foto?

—En Buenos Aires. En un álbum que no abro nunca.

—Vas a tener que abrirlo.

Antes de salir del hotel, Simón llamó al fiscal Figueroa. Necesitaba permiso para volver a Buenos Aires. La respuesta fue un no rotundo.

—Usted es el principal testigo del caso, doctor Lagos. Y también el principal sospechoso. No puede salir de la provincia.

—Necesito una foto. Un álbum familiar. Está en mi departamento.

—Que alguien se la mande por correo.

—No puedo. Hay cosas ahí que... no quiero que nadie más vea.

Silencio.

—Bueno —dijo la fiscal—. Entonces le mando un oficial. Usted le dice qué buscar y dónde. Pero no se mueve de Tres Arroyos.

Simón le dio la dirección de su departamento y la ubicación del álbum: segunda tabla del armario del dormitorio, detrás de los

libros de psiquiatría. Después colgó.

—No confía en vos —dijo Irene.

—No. Pero al menos me manda la foto.

La foto llegó por mensaje a las seis de la tarde.

La tomó el oficial con su celular, sin ningún cuidado: desenfocada, con el reflejo de una lámpara en el medio.

Pero se veía. Simón de quince años. Flaco.

Pelo largo. Parado al lado del pozo. Las manos extendidas hacia adelante, mostrando las palmas llenas de barro. Y sonriendo. Una sonrisa ancha. Feliz.

Irene miró la foto. Después miró a Simón.

—Parecés contento —dijo Irene.

—Lo estoy.

—¿Por qué? Acababa de desaparecer un nene.

—No sé. Tal vez porque me saqué un peso de encima.

—¿Qué peso?

Simón no respondió. Pero los dos sabían la respuesta.

Esa noche, Simón no quiso dormir.

Irene tampoco insistió. Se quedaron despiertos viendo la televisión apagada, sentados en las camas separadas, con la foto del teléfono iluminando la habitación como un velorio.

—Tu abuela —dijo Irene de repente—. ¿Ella te cubrió?

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que sabía lo que pasó y te ayudó a

esconderlo.

Simón pensó. La abuela Marta. La vieja de manos ásperas que lo crió después de que sus padres se murieran en un accidente de auto. La mujer que nunca le preguntó por qué volvía a casa con la ropa mojada. La que lo miraba con una mezcla de amor y algo que él confundía con tristeza.

—Una vez —dijo Simón—, días después de la desaparición,

me desperté en mi cama y tenía los brazos arañados. Como si alguien me hubiera sujetado. Le pregunté a mi abuela qué había pasado. Ella dijo que me había caído de la cama. Pero después vi  que  ella  también  tenía  arañazos.  En  las  manos.  En  los brazos.

—¿Y qué hiciste?

—Nada. No dije nada. Ella tampoco. Vivimos así hasta que me fui. Con la mentira en la mesa, como otro plato más.

Irene apagó su teléfono. La habitación quedó a oscuras.

—Mañana —dijo— vamos al lugar de los liquidámbares.

—¿Y cómo encontramos ese lugar?

—Con la tierra. Cuando mi amigo geólogo me diga de dónde es, sabremos hacia dónde ir.

—¿Y si la tierra no dice nada?

—Todas las tierras dicen algo. Solo hay que saber escucharlas.

A las dos de la madrugada, el teléfono de Simón vibró.

No   era   un  mensaje.   Era   una  notificación  del  correo electrónico. Alguien había enviado un documento desde una dirección que no reconocía.

Simón lo abrió.

Era una sola imagen. Un mapa. Marcado con una X roja. Debajo, una línea de texto:

"El otro pozo. Donde me pusiste a dormir de verdad."

Simón sintió el estómago revuelto. Le mostró el teléfono a Irene.

—¿Quién mandó esto?

—No lo sé.

—¿Es real? ¿Ese lugar existe?

Simón amplió el mapa. Vio rutas. Un arroyo. Un parque con un nombre.

Parque Independencia. Un lugar que había visitado una sola vez en su vida. Con la escuela. En una excursión. Cuando tenía quince años.

En otoño.

Cuando las hojas de los liquidámbares se ponían rojas.

—Existe —dijo Simón—. Y yo estuve ahí.

Irene se puso de pie.

—¿Cuándo?

—Dos semanas después de la desaparición. La escuela nos llevó de excursión. Yo no quería ir. Pero mi abuela me obligó.

—¿Y qué hiciste ahí?

Simón cerró los ojos.

—No me acuerdo.

Pero esta vez, mientras lo decía, supo que no era verdad .