El peso de los que duermen Capítulo 12
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Capítulo 12

El sueño de la cueva

A la mañana siguiente, el sol no salió.

O salió, pero detrás de una capa de nubes grises que convertían Santa Clara en un dibujo a lápiz. Simón e Irene desayunaron en silencio en el comedor del hotel. Café. Tostadas. Un yogur que Irene miró con desprecio y apartó.

—¿Dónde queda el otro lugar? —preguntó Irene, sin preámbulos.

—No lo sé.

—¿Alguna idea? ¿Algún sueño? ¿Alguna sensación?

Simón apoyó la taza de café y cerró los ojos. No para dormir. Para recordar.

—Tierra negra —dijo—. Húmeda. Con olor a... no sé. A raíz podrida. A algo que estuvo mucho tiempo enterrado.

—¿Eso sentiste en los pies o en el sueño?

—En los dos. Es el mismo olor. El de la hoja seca que apareció en mi casa.

Irene sacó la hoja de su bolsillo. La había guardado antes de salir de Buenos Aires, envuelta en un pañuelo de tela. La puso sobre la mesa. Seguía seca. Quebradiza. Con forma de abanico.

—¿Qué árbol da esto? —preguntó.

—No soy botánico.

—Pero alguien lo es.

Irene tomó una foto con su teléfono —un modelo viejo, de los que todavía tienen teclas— y se la envió a un contacto. Escribió un mensaje rápido: "¿Qué árbol?"

La respuesta llegó a los diez minutos.

"Liquidambar. No es nativo de Argentina. Se usa en parques y jardines. Zonas templadas."

Irene levantó la vista.

—¿Hay liquidámbares en Santa Clara?

—No. Nunca vi.

—¿En Buenos Aires?

—Tampoco. No es un árbol común.

—Entonces ¿de dónde mierda salió esta hoja?

Simón no respondió. Pero algo se movió en su memoria. Recordó el interrogatorio con la fiscal. Las preguntas sobre la tierra negra. La imagen borrosa que había aparecido en su cabeza mientras hablaba con ella. Un lugar. Un parque. No en Santa Clara. No en Buenos Aires. No muy lejos de aquí.

—En algún lado la vi —dijo—. Una plaza. Con un árbol enorme. Hojas rojas en otoño. Yo era chico. La fiscal me hizo recordarlo. Es un parque. Tal vez a unas horas de acá.

—¿Dónde?

—No me acuerdo del nombre.

—Otra vez con esa frase.

—Es la verdad. Pero ahora sé que existe. Y sé que mis pies

estuvieron ahí.

Irene suspiró. Guardó la hoja.

—Bueno. Entonces vamos a hacer una cosa. Vamos a caminar por el pueblo. A ver si tu memoria se despierta. Y después vamos a hablar con alguien que se acuerde de verdad.

—¿Quién?

—Alguien que estaba ahí. Alguien que también soñó.

Caminaron por Santa Clara durante dos horas.

El pueblo era más pequeño de lo que Simón recordaba. O él era más grande. Las cuadras que antes le parecían enormes ahora se recorrían en dos minutos. La escuela, que en su recuerdo era un edificio  imponente,  resultó  ser  una construcción baja con las

paredes llenas de grafitis.

En la plaza, un grupo de viejos tomaba mate bajo un paraíso. Reconocieron a Simón antes de que él los reconociera a ellos.

—El nieto de la señora Lagos —dijo una mujer de pelo teñido

y cara de pocas pulgas—. Volvió. Treinta años después.

Simón asintió. No sabía qué decir.

—Vino por el nene —dijo otro, un hombre con gorra de fútbol y manos grandes—. Todos vinieron por el nene, al final.

—¿Quiénes? —preguntó Irene.

Los viejos se miraron entre ellos. Un silencio incómodo. El de la gorra escupió al costado.

—Los que sabían. Los que vieron. Los que también se fueron del pueblo y nunca volvieron. Hasta que empezaron los sueños.

Simón sintió un escalofrío.

—¿Ustedes también soñaron? —preguntó.

La mujer de pelo teñido bajó la voz.

—Todos soñamos, doctor. Todos soñamos con la cuna. Con la habitación blanca. Con el nene que nos miraba desde adentro. Algunos se fueron. Algunos se murieron. Algunos se volvieron

locos. Y otros... otros se quedaron y aprendieron a no dormir.

—¿A no dormir?

—El insomnio —dijo el hombre—. No es una enfermedad. Es una defensa. Si no dormís, no soñás. Y si no soñás, el nene no te puede encontrar.

Irene y Simón se miraron.

—¿Y ustedes cómo saben todo eso? —preguntó Irene.

Los viejos volvieron a mirarse. Esta vez fue la mujer quien respondió.

—Porque  el   nene  nos  habló.  A  todos.  Pero  no   vino  a castigarnos. Vino a pedirnos que lo saquemos de ahí. Y nosotros no hicimos nada. Preferimos no dormir antes que bajar a ese pozo.

Simón sintió que las piernas le flaqueaban.

—¿Ustedes sabían que estaba ahí? ¿Todos sabían?

—No sabíamos. Sospechábamos. Pero eso es peor. Porque la

sospecha también es una forma de culpa.

La mujer se paró. Agarró su mate y su termo.

—Usted bajó al pozo, doctor. Usted encontró la manta. Eso es más de lo que hizo cualquiera de nosotros en treinta años. Pero no crea que eso lo va a dejar dormir tranquilo. La culpa no se saca con una manta. La culpa se saca con la verdad. Y usted todavía no dijo toda la verdad.

—¿Qué verdad?

—La de la tierra negra. La de la hoja que no es de acá. La de la noche que usted caminó dormido hasta un lugar que no recuerda. Todo eso está conectado. Y el nene sabe dónde. Pero usted tiene que preguntarle.

—¿Cómo?

—Durmiendo.

Esa noche, Simón tomó una decisión.

—Voy a dormir —le dijo a Irene—. Voy a buscarlo.

—¿Estás seguro?

—No. Pero si no lo hago, nunca voy a saber de dónde salió esa tierra. Nunca voy a saber por qué apareció esa hoja. Y nunca voy a poder cerrar los ojos sin miedo.

Irene no intentó disuadirlo. Ató una soga a la pata de la cama y la otra al tobillo de Simón.

—Por si caminás dormido —dijo—. Así sé adónde fuiste.

Simón se acostó. Irene se sentó en la silla del rincón, con un termo de café y los ojos bien abiertos.

—No me duermo —dijo—. Pero vos dormí.

Simón cerró los ojos.

Al principio, nada. Después, un punto blanco. Después, la habitación.

La habitación blanca había cambiado.

Ahora no era una habitación. Era una cueva. Paredes de tierra. Piso de tierra. Techo de tierra. Y en el centro, la cuna. Todavía de mimbre.

Todavía meciéndose sola.

El niño no estaba adentro.

—Buscame —dijo la voz. No venía de la cuna. Venía de las paredes. De la tierra.

Simón caminó. La cueva se alargaba. Se bifurcaba como un intestino. La linterna del sueño —esa linterna que solo existe cuando se sueña— iluminaba túneles vacíos.

—¿Dónde estás? —preguntó Simón.

—En el mismo lugar de siempre.

—¿El pozo?

—El pozo ya está vacío. Me sacaron. Pero la tierra que me tapó no es la del pozo.

—¿De dónde es?

—Del lugar donde vos me enterraste.

Simón se detuvo.

—No te enterré yo —dijo—. Te caíste solo.

—Mentira —dijo la voz—. Alguien me enterró. Me tapó la boca con tierra mientras yo todavía respiraba. ¿Vos no escuchaste mis gritos? ¿Vos no me oíste llamarte?

—No —dijo Simón. Pero su voz sonó débil.

—Mentira. Escuchaste. Te quedaste en la cocina y escuchaste. Después te

fuiste. Después volviste.

—¿Volví?

—Volviste. A la noche. Cuando ya no podía gritar. Cuando ya solo podía mover los dedos. Bajaste una soga. Me ataste las mangas. Y me subiste.

—¿Te subí?

—Me subiste. Pero yo ya estaba muerto. Y vos me llevaste a otro lugar. A un lugar con árboles de hojas rojas. Y ahí me enterraste. Para que nunca encontraran el cuerpo. Para que siempre fuera un desaparecido. Para que vos pudieras irte del pueblo sin culpa.

Simón quiso negarlo. Quiso decir que no era cierto. Que él nunca volvió al

pozo. Que él nunca bajó una soga. Que él nunca enterró a nadie.

Pero algo en su memoria —un sótano oscuro, una pala, tierra volando— le decía que sí.

—No me acuerdo —susurró.

—Te acordás —dijo Nicolás.

Te falta una sola pieza.

Cuando la encuentres, vas a saber por qué no podés dormir. No es por mí. Es por vos mismo .

Despertó con Irene sacudiéndolo.

—Te moviste —dijo Irene—. Te levantaste de la cama. Caminaste hasta la puerta. Te atajó la soga. Te caíste al piso. Y seguiste durmiendo ahí, boca abajo, murmurando.

Simón se incorporó. Tenía la rodilla raspada. Y en las manos, tierra negra.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Irene.

—Del sueño.

—No, Simón. La tierra es real. Mirá.

Irene le mostró sus propias manos. También tenían tierra negra. Porque lo había agarrado para levantarlo.

Simón la miró. Después miró el piso. Desde la puerta hasta la cama, un rastro de pasos embarrados. No eran sus pies. Eran los de un niño .