El peso de los que duermen Capítulo 11
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Capítulo 11

Los resultados

Los resultados del autopsia tardaron tres días.

Tres días en los que Simón no durmió. O sí. Durmió a los tumbos, sentado en una silla del hotel, con Irene vigilando desde la cama de al lado. Cada vez que cerraba los ojos, volvía al pozo de Santa Clara. Vacío. Con la manta gris flotando en el agua negra.

Irene le había quitado el celular.

—No llames a tus pacientes —dijo—. No leas las noticias. No busques tu nombre en internet. Ahora sos noticia. Y la gente que duerme mal es experta en encontrar monstruos donde no los hay.

Simón no discutió. No tenía energía.

Pasaron las horas mirando la televisión del hotel, que solo tenía cuatro  canales.  Pasaron  las  horas  escuchando a Irene contar historias de casos viejos. Pasaron las horas en silencio.

Al tercer día, llamó la fiscal Figueroa.

—Venga a la comisaría. Solo. Sin su supervisora.

Irene quiso ir igual. Simón la detuvo.

—Esta pelea es mía —dijo.

—No es una pelea. Es un juicio. Y vos no sabés mentir.

—Ya no voy a mentir.

Irene lo miró con una mezcla de orgullo y terror.

—¿Todo? ¿Lo que ya le contaste la otra vez?

—Todo lo que sé.

—Te van a creer loco.

—Tal vez lo esté.

En la comisaría, la fiscal lo recibió con una carpeta nueva. Más gruesa. Con fotos pegadas en la tapa.

—Siéntese, doctor Lagos.

Simón se sentó.

Laura Figueroa abrió la carpeta. Sacó una foto. La deslizó sobre la mesa. Era la manta gris. Extendida sobre una camilla, húmeda, con manchas oscuras que podían ser sangre de treinta años.

—La manta —dijo la fiscal—. La que usted sacó del pozo de Santa Clara. Los peritos encontraron restos de sangre. No humana. Animal. Un conejo, tal vez. También pelo. Pelo de niño.

—¿Nicolás?

—Eso parece. Alguien limpió el pozo después de sacar el cuerpo. Pero no lo suficiente. Quedaron rastros.

Simón asintió. No dijo nada.

—¿Quién limpió ese pozo, doctor Lagos? ¿Usted?

—No lo sé.

—¿Su abuela?

—Tampoco lo sé.

Laura Figueroa lo miró fijo.

—La otra vez, cuando declaró, nos contó lo de los sueños. Los pacientes. La cuna. Las hojas. Los moretones. Todo eso que suena a locura. Yo lo anoté, porque es mi trabajo. Pero no le creí del todo.

—¿Y ahora?

—Ahora encontraron tierra negra en sus zapatos. La misma tierra que manchó su auto. Y esa tierra no es de acá. Los peritos ya la analizaron. No es de Santa Clara. No es de ningún pozo de esta zona. Es tierra de parque. De un lugar con árboles que no crecen acá.

—Liquidámbares —dijo Simón.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque apareció una hoja en mi casa. De liquidámbar. La misma hoja que soñé.

La fiscal apoyó las manos en la mesa.

—Doctor Lagos, yo no creo en las coincidencias. Usted tiene

tierra de un lugar que no reconoce, una hoja de un árbol que no hay acá, y sueños que le dicen dónde buscar. Eso no es magia. Eso es memoria. Usted sabe más de lo que dice. ¿Dónde está el cuerpo?

—No lo sé.

—¿No lo sabe o no quiere decirlo?

—No lo sé. Pero estoy cerca.

—¿Qué significa "cerca"?

—Significa que esta noche voy a dormir. Y voy a preguntarle. Y él me va a decir.

Laura Figueroa lo miró con una mezcla de incredulidad y algo

que parecía cansancio.

—Usted habla como si el muerto pudiera contestarle.

—Tal vez pueda. Tal vez haya estado contestándome desde que empecé a soñar.

La fiscal cerró la carpeta.

—Voy a pedir que amplíen la búsqueda. Con georadar. Con perros. Con todo. Pero si usted sabe algo y no lo dice, doctor Lagos, eso se llama obstrucción. ¿Entiende?

—Entiendo.

—Entonces ayúdeme. ¿Dónde busca usted?

Simón cerró los ojos. Vio la hoja roja. La tierra negra. El sueño de la cueva.

—Busque un parque —dijo—. Con liquidámbares. Con un pozo seco. Con tierra negra. No está lejos de acá. Tal vez a unas horas.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque mis pies ya estuvieron ahí. Yo no recuerdo el camino. Pero mi cuerpo sí.

Esa noche, en el hotel, Simón le contó todo a Irene. La manta. El pelo. La tierra negra. La orden de la fiscal.

—No sabe dónde buscar —dijo Simón—. Pero yo sí. Tengo que dormir. Tengo que volver al sueño. Tengo que preguntarle dónde.

—¿Estás seguro de que querés preguntarle? —dijo Irene—. Porque cuando sepas, no vas a poder volver atrás.

—Ya no puedo volver atrás. Eso lo decidí cuando bajé al primer pozo.

Irene asintió. Ató una soga a la pata de la cama y la otra al tobillo de Simón.

—Por si caminás dormido —dijo—. Así sé adónde fuiste.

Simón se acostó. Irene se sentó en la silla del rincón, con un termo de café y los ojos bien abiertos.

—No me duermo —dijo—. Pero vos dormí.

Simón cerró los ojos.

Esperó.

El sueño tardó, pero llegó .