El peso de los que duermen Capítulo 10
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Capítulo 10

El interrogatorio

La policía llegó una hora después.

Simón los llamó desde el auto, con las manos todavía temblando. Irene le quitó el teléfono antes de que terminara de hablar y dio las coordenadas con una precisión militar. Después colgó y le devolvió el aparato.

—Dijiste la verdad —preguntó Irene—. ¿Dijiste que no había cuerpo?

—Dije que encontré una manta y una pala.

—¿Algo más?

—Nada más.

—Bien. Por ahora.

Llegaron dos patrulleros, una ambulancia y un auto de la fiscalía.

El pueblo, que hasta hacía un minuto parecía desierto, se llenó de vecinos en piyama que se asomaban a las ventanas o se reunían en grupos en las esquinas.

Santa Clara no veía un operativo así desde hacía treinta años. Desde la desaparición de Nicolás.

Un oficial joven, de bigotes recortados y gesto de pocas pulgas, se acercó a Simón.

—Usted es el denunciante.

—Sí. Doctor Simón Lagos.

—¿Qué encontró exactamente?

—Una manta. Una pala oxidada. Tierra. Barro. No hay restos humanos.

El oficial miró el pozo, luego a Simón, luego a la soga todavía atada al poste.

—¿Y por qué bajó?

—Porque  sentí  olor.  Porque  quería saber qué había. Porque soñé con este lugar.

El oficial anotó algo en una libreta. No parecía contento. Pero

la fiscal Figueroa, que llegó media hora después en un auto negro, sí parecía interesada.

Laura Figueroa no tenía uniforme. Usaba un tapado gris y zapatos sin taco. Miró la manta que Simón había dejado sobre el pasto. La miró a él.

—Doctor Lagos. Usted viaja desde Buenos Aires, baja a un pozo en un pueblo donde no pisa hace treinta años, y encuentra una manta y una pala. ¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—¿Y la pala?

—Ahí abajo. No pude sacarla.

—¿La reconoce?

—Sí. Era de mi abuela.

Laura Figueroa anotó algo en su libreta. Después señaló el auto de Simón.

—¿Me permite ver el interior?

—Adelante.

La fiscal abrió la puerta trasera. Se inclinó. Señaló el piso.

—Esto.

Simón se acercó. En la alfombra del piso, donde él había apoyado los pies al salir del pozo, había manchas de barro. Barro negro. Barro que no era de Santa Clara.

—¿De dónde es esa tierra? —preguntó la fiscal.

—Del pozo.

—No, doctor Lagos. El pozo tiene tierra marrón, mezclada con arcilla. Esto es negro. Muy negro. Casi carbón. ¿De dónde lo sacó?

Simón sintió un nudo en la garganta.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Me desperté con los pies así. La noche antes de venir. No

recuerdo haber salido de la cama.

Laura Figueroa lo miró largo rato. Después cerró la puerta del auto.

—Vamos a tener que hacerle unas preguntas más en la comisaría. Y vamos a mandar esta tierra a analizar. Mientras tanto, no puede salir de la provincia. ¿Entendido?

—Entendido.

En la comisaría de Tres Arroyos, la fiscal lo interrogó durante tres horas.

Quería saber todo. Los sueños. Los pacientes. La cuna. La hoja seca. Los moretones. Simón contó cada detalle, aunque su voz

temblaba, aunque sabía que sonaba como un loco.

Laura Figueroa  no  se  rió.  No  lo  trató de  mentiroso.  Soloanotó.

—¿Usted cree que movió el cuerpo? —preguntó al final.

—No lo sé.

—¿Cree que pudo haberlo hecho mientras dormía?

—Es posible.

—¿Y adónde lo habría llevado?

—A un lugar con árboles de hojas rojas. Eso dice el sueño. Eso dice la hoja que apareció en mi casa.

La fiscal apoyó la lapicera.

—Doctor Lagos, voy a ser sincera. No tengo pruebas para detenerlo. Pero tengo suficientes dudas como para no dejarlo ir. Se queda en el hotel. No se mueve. Y si recuerda algo más, me llama. A cualquier hora.

Simón asintió. Se paró. En la puerta, la fiscal dijo:

—Una cosa más. El nene que desapareció. Nicolás. Los peritos revisaron el pozo del parque. No hay restos óseos. Pero hay rastros de sangre. Muy antigua. Y tierra mezclada con cal. Alguien intentó borrar algo. ¿Fue usted?

—No me acuerdo.

—Ya sé que no se acuerda. Pero su cuerpo sí. Por eso aparecen los moretones. Por eso los pies sucios. Por eso la manta. Su cuerpo recuerda lo que su cabeza prefiere olvidar.

Y tarde o temprano, el cuerpo habla .