El peso de los que duermen Capítulo 9
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Capítulo 9

El descenso

No durmieron en el pueblo.

Irene manejó veinte kilómetros hasta la ciudad más cercana, Tres Arroyos, y encontró un hotel de ruta con habitaciones que olían a lavandina y a desinfectante. Dos habitaciones contiguas. Ella pidió la que daba a la salida de emergencias.

—Por si tenemos que irnos rápido —dijo, y Simón no preguntó de qué.

Antes de separarse, Irene se apoyó en el marco de la puerta.

—Mañana bajás vos solo —dijo.

Simón la miró. —Pensé que ibas a decir que bajábamos juntos.

—Lo dije. Y fue una estupidez. Mirá mis piernas, Simón. Mirá

mis manos.  Tengo  ochenta  y  tres años.  Si  me  caigo en ese pozo, no me saca nadie. Y si me sacan, voy a ser un estorbo. Vos tenés  que  bajar porque sos el único que puede hacerlo. Yo me

quedo arriba.

—¿Y si pasa algo?

—¿Como qué?

—No sé. Como que el pozo... no sé.

—¿El pozo qué? ¿Te va a tragar? ¿Te va a hablar? ¿Va a tener dientes?

Simón no respondió.

Irene suspiró. Se sentó en la cama de él, con esfuerzo, apoyando las dos manos en el colchón.

—Escuchame bien —dijo, y su voz ya no era la de la supervisora.

Era la de alguien que había visto morir a gente y no quería ver morir a una más—.

Vas a bajar con una soga atada a la cintura.

Yo voy a estar arriba, agarrando la soga.

Si tirás dos veces, te subo. Si tirás tres, llamo a los bomberos.

Si no tirás ninguna, espero diez minutos y después bajo yo aunque me muera. ¿Claro?

—Claro.

—¿Tenés linterna?

—Sí.

—¿Cuerda?

—Voy a comprar mañana a la mañana.

—¿Botas? Por si hay agua, o barro, o... lo que sea.

—También.

Irene asintió. Se paró. En la puerta, se dio vuelta.

—Una cosa más. El paciente que se mató. Héctor. Me dijo algo la última sesión. Algo que no entendí en ese momento.

—¿Qué te dijo?

—Dijo: "El pozo no tiene fondo. Pero tiene hambre."

Lo dejó ahí. Cerró la puerta.

Simón pasó la noche en vela. No porque el sueño lo asustara.

Porque decidió no dormir. Se sentó en la cama con la luz prendida, mirando la ventana, escuchando los camiones en la ruta.

A las tres, llamó a su propia clínica y grabó un mensaje para los pacientes: "Emergencia familiar. Vuelvo en una semana."

A las seis, ya estaba despierto. A las siete, compró una soga de treinta metros en una ferretería, botas de goma negras y un casco con linterna frontal. El ferretero, un viejo con bigotes y olor a grasa, le preguntó si era buzo.

—Algo así —dijo Simón.

Volvieron a Santa Clara a las nueve.

El sol ya pegaba fuerte. El pozo, a la luz del día, parecía más pequeño y más profundo al mismo tiempo. La tapa de madera seguía donde la habían dejado. Las chapas, apartadas. Alguien —o algo— había movido una de las chapas durante la noche. Simón lo notó por la posición del óxido.

—No estuvimos nosotros —dijo Irene, leyéndole el pensamiento.

—Lo sé.

Irene ató la soga alrededor de la cintura de Simón. Dio dos

nudos. Los revisó tres veces. Después enrolló el resto de la soga alrededor de un poste de luz que estaba a tres metros del pozo, y se sentó en el suelo con la cuerda en las manos.

—No pesás mucho —dijo—. Puedo con vos. Pero no me hagas esperar.

Simón se puso el casco. Encendió la linterna. Probó las botas

contra el borde del pozo. El barro estaba húmedo. Pegajoso. Miró hacia abajo.

El agua negra no se veía. Solo oscuridad. Y el olor. Ese olor a tierra mojada y a algo más. Algo dulzón. Podrido.

—Bajo —dijo. Y se tiró.

Los primeros cinco metros fueron fáciles.

Las paredes del pozo eran de ladrillo viejo, con huecos donde apoyar los pies. El agua no llegaba hasta ahí. Solo humedad. Y raíces. Raíces que crecían desde afuera hacia adentro, como dedos que se filtraban entre los ladrillos.

Simón bajó otro metro. Otro. La luz del sol se fue achicando

hasta convertirse en un círculo blanco y lejano arriba.

—¿Vas bien? —gritó Irene. Su voz llegaba apagada, como si hablara desde el fondo de un sueño.

—Sí —gritó Simón. Su propia voz rebotó en las paredes.

Siguió bajando.

A los diez metros, el aire cambió. Se volvió más denso. Más pesado.  Simón  sintió  que le  costaba respirar. No por falta de oxígeno. Por algo que no podía nombrar.

A los doce metros, la linterna iluminó la superficie del agua.

Negra. Quieta. Como un espejo roto.

Simón se detuvo justo encima. Las botas colgando a unos centímetros del agua.

—Llegué —gritó hacia arriba—. Hay agua.

—¿Qué ves? —gritó Irene.

Simón movió la cabeza. La luz del casco barrió la superficie.

No había cuerpo.

Solo agua negra. Y en el fondo, algo que no era un cadáver. Una manta. Gris. Rala. Con el borde deshilachado. La misma manta que había visto en el sueño, sobre la cuna vacía.

Simón sintió un vacío en el pecho. Había venido a buscar a Nicolás. Y Nicolás no estaba.

—Hay una manta —gritó—. No hay cuerpo.

—¿Una manta nomás?

—Y algo más. Abajo de la manta... parece una pala. Oxidada.

—¿Una pala? ¿Qué mierda hace una pala en el fondo de un pozo?

Simón no respondió. Metió la mano en el agua helada. Agarró la manta. La sacó. El agua goteaba negra entre sus dedos. Debajo, apoyada contra la pared, una pala de punta redonda. Oxidada. Pero reconocible.

La pala de su abuela. La que él usaba para cavar en el jardín cuando era chico.

—¡Subí! —gritó Irene—. ¡Subí ahora!

Simón pateó la pared. Se impulsó hacia arriba. La soga lo ayudaba. En una mano llevaba la manta. No pudo agarrar la pala. Quedó ahí abajo, esperando.

Subió rápido. Irene lo izó. Simón salió del pozo ayudándose con las  manos  en  el  borde, y rodó sobre el pasto seco.. Tosió. Le ardía la garganta. Los ojos lloraban sin motivo.

Irene lo soltó de la soga. Lo revisó rápido: moretones nuevos en las muñecas, rasguños en las manos, el casco rajado de un lado. Pero entero. Y en su mano derecha, la manta gris.

—No está —dijo Simón, con la voz rota—. El cuerpo no está.

—¿Lo movieron?

—No lo sé. La pala está ahí abajo. Mi pala. La de mi abuela.

Irene tomó la manta. La olió. Arrugó la nariz.

—Esto es lo que viste en el sueño. La manta de la cuna.

—Sí.

—Entonces Nicolás estuvo acá. Pero ya no está.

Simón miró el pozo. El agujero negro lo miraba de vuelta.

—¿Dónde lo llevaron? —preguntó.

Irene no respondió. Pero los dos sabían que esa pregunta no tenía respuesta fácil. Porque no había sido "alguien". Había sido él. Treinta años atrás. Caminando dormido. O despierto.

Ya no lo sabía .