El peso de los que duermen Capítulo 8
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Capítulo 8

El pozo

No durmieron el resto de la noche.

Irene se sentó en el sillón con su termo de café y su libreta, y no cerró los ojos ni una vez. Simón lo supo porque cada vez que él se movía en la cama, ella tosía. Un tosido seco, voluntario, como para decirle sigo acá, no estás solo.

A las seis de la mañana, cuando el sol empezó a filtrarse por las persianas, Irene se paró.

—Desayunamos y salimos —dijo.

—¿Salimos a dónde?

—A Santa Clara. ¿O vos creés que el pozo está en Palermo?

Simón se incorporó. El cuerpo le pesaba como si hubiera cargado bolsas de arena toda la noche. El tobillo, a pesar del moretón, no le dolía al caminar. Eso lo inquietó más que si le hubiera dolido.

Prendió la computadora. No apareció ningún mensaje nuevo. La pantalla estaba limpia. Como si la noche anterior nunca hubiera pasado.

—¿Cómo vamos? —preguntó Simón mientras hervía agua para el mate.

—En tu auto. Yo no manejo de noche y vos tampoco. Manejo yo de día y vos descansás. El viaje son unas seis horas. Llegamos a la tarde.

—No tengo auto.

Irene lo miró con ese desprecio tierno que solo ella podía tener.

—Alquilamos uno. ¿O pensabas ir en micro con los moretones y el fantasma a cuestas?

Simón no discutió. Se duchó. Se vistió. Preparó una mochila con lo justo: dos mudas, el cargador, el papel del médico, la hoja seca que seguía entre las páginas de La interpretación de los sueños.

Teseo los miró desde la cocina, sentado sobre la heladera, con la dignidad de quien sabe que lo van a dejar solo.

—El gato se queda —dijo Irene, leyéndole el pensamiento—. No vamos a un hotel cinco estrellas.

Simón acarició a Teseo por última vez. El gato ronroneó fuerte. Después bajó la cabeza y se negó a mirarlo.

—Ya sé, gordo —dijo Simón—. También a mí me da miedo.

El auto alquilado era un Fiat Cronos blanco, sin personalidad, de esos que se confunden con todos los demás en la ruta. Irene manejaba con las dos manos en el volante, a exactamente ciento diez por hora, sin música, sin radio, sin conversación.

Simón iba en el asiento del acompañante, con la mochila en las piernas, mirando cómo la ciudad se iba desarmando primero en suburbios, después en campo, después en nada.

Pasaron por Azul. Por Olavarría. Por pueblos que Simón no recordaba haber visitado nunca pero que, de alguna manera, le resultaban familiares. Los mismos árboles. Las mismas casas bajas. El mismo polvo.

—¿Cuándo fue la última vez que viniste para acá? —preguntó Irene sin apartar la vista de la ruta.

—Cuando me fui. Tenía dieciocho.

—¿Nunca volviste? ¿Ni para el entierro de tu abuela?

—No.

—¿Por qué?

—Porque... —Simón buscó la palabra. No la encontró—. Porque sabía que si volvía, no me iba a ir de nuevo.

Irene asintió como si esa fuera la única respuesta sensata.

—Tu abuela —dijo después de un rato—. ¿Sabía algo? ¿Del nene?

—No lo sé. Nunca hablamos del tema. Pero una vez, cuando

yo era chico, me llevó al fondo del jardín y me dijo que no me acercara al pozo. Que adentro vivía algo que no quería salir.

—¿Algo?

—Usó esa palabra. Algo.

Irene apretó el volante.

—¿Y vos te acercaste?

Silencio.

—Simón.

—Me acerqué. Una sola vez. Bajé la mirada. El agua estaba negra. Y abajo, en el fondo, vi algo blanco. No sé si era un hueso o una piedra o un trapo. Pero supe que no debía mirar más.

Corrí. Nunca volví a ese pozo.

—Hasta ahora.

Llegaron a Santa Clara a las cinco y media de la tarde.

El pueblo no había cambiado. O sí. Había cambiado exactamente igual que Simón: envejecido sin madurar. Las calles eran las mismas, pero los árboles crecieron. La escuela seguía ahí, pero pintada de otro color. La plaza seguía ahí, pero el mástil ya no tenía bandera.

Simón sintió un golpe en el pecho. No era nostalgia. Era algo más físico. Como si el pueblo lo estuviera respirando a él y no

al revés.

—¿Dónde queda la casa de tu abuela? —preguntó Irene.

—A tres cuadras. Pero no sé si sigue en pie.

—Vamos a ver.

Estacionaron frente a una construcción baja, de tejas rotas y paredes desconchadas. El jardín delantero era un terreno con maleza. La puerta de madera estaba cerrada con un candado oxidado.

—Está abandonada —dijo Simón. No era una observación.

Era un alivio.

Irene se bajó del auto. Caminó hasta la puerta. Empujó. El candado no cedió, pero la madera crujió.

—No importa la puerta —dijo Irene, señalando el costado de la casa—. Vamos por atrás.

Rodearon la construcción. El fondo era peor que el frente: pasto seco hasta la cintura, restos de una parrilla desarmada, y al fondo, contra el límite con un terreno baldío, una forma redonda cubierta de chapas y tierra.

El pozo.

Simón se detuvo a diez metros. No podía acercarse más. Sus pies, otra vez, parecían tener voluntad propia. Pero esta vez no era el sueño. Era el miedo.

—¿Ese es? —preguntó Irene.

—Sí.

—¿Vas a poder bajar?

—No lo sé.

Irene se acercó al pozo. Apartó algunas chapas con el bastón. Debajo, una tapa de madera podrida. La levantó con la punta de los dedos, sin miedo, como si hiciera eso todos los días.

El agujero negro la miró desde adentro.

Irene se inclinó. Sacó una linterna chiquita del bolsillo. La encendió y apuntó hacia abajo.

El haz de luz bajó unos metros y se perdió en la oscuridad.

—No veo el fondo —dijo Irene—. Huele a humedad. Y a otra cosa. ¿Vos qué sentís?

Simón se obligó a dar un paso. Otro. Llegó al borde del pozo. Miró. El agua negra seguía ahí, treinta años después. Y abajo, en el fondo, algo blanco.

No dijo nada. Pero Irene lo vio en sus ojos.

—Ahí abajo hay algo —dijo Irene—. Y no es una piedra.

Simón cerró los puños. El moretón en el hombro le ardía. El

tobillo también. Como si el pozo lo estuviera llamando desde adentro. Como si Nicolás supiera que estaban ahí.

—Mañana bajo —dijo Simón. Su voz sonó más segura de lo que se sentía.

Irene apagó la linterna. —Mañana bajo con vos —corrigió.

Volvieron al auto. El pueblo ya estaba oscuro. Las calles vacías. Alguien, en una casa cercana, había encendido una luz.

Simón miró hacia atrás, hacia el pozo.

Le pareció ver, por un segundo, una mano blanca agarrada al borde.

Parpadeó. La mano no estaba.

Pero el agua, allá abajo, seguía goteando .