Epílogo
La liberación
El tiempo en la prisión se mide en visitas.
—Estás flaco —decía Irene cada vez.
—Estoy preso —respondía Simón.
—Eso no es excusa. Comé.
—La comida es mala.
—Entonces comé mal. Pero comé.
Las cartas de Ana López, una por mes. Siembre con una hoja seca adentro. Siempre de liquidámbar. Siempre roja. Simón las guardaba todas entre las páginas de la biblia de la celda. Ya había doce.
Las noticias del mundo afuera, fragmentadas, como llegaban siempre en boca de otros presos. Un asesinato. Un presidente nuevo. Un mundial de fútbol. Simón escuchaba sin escuchar. El mundo afuera ya no era su mundo.
Al año, llegó una carta de Darío, el contador.
"Doctor Lagos: No sé si se acuerda de mí.
Era su paciente. El del sueño de la cuna.
Quiero contarle que mi hija nació hace tres meses.
Se llama Simona. No es joda. Se llama Simona.
Mi mujer dice que es un nombre feo. Yo le digo que es el nombre de un hombre que me devolvió el sueño.
Gracias. No sé cómo pagarlo. Así que le regalo el nombre. "
Simón leyó la carta tres veces. Después la dobló y la puso junto a las hojas rojas.
No lloró. Pero algo se movió en su pecho. Algo que no sentía desde hacía mucho tiempo.
A los dos años, la fiscal Figueroa volvió a visitarlo.
No era una visita oficial. Otra vez. Entró al pabellón con un abrigo negro y una carpeta roja.
—Cerramos el caso del otro niño —dijo sin preámbulos—. El
de la tierra vieja. El de los años cuarenta.
Simón la miró.
—¿Quién era?
—No sabemos el nombre. Pero encontramos a la familia. Una familia de Santa Clara. Los abuelos de los abuelos de alguien que todavía vive en el pueblo. Ellos también soñaron. No con una cuna. Con un pozo. Con un niño que les pedía que lo desenterraran.
—¿Y lo hicieron?
—No. Tuvieron miedo. Como todos.
—¿Y ahora?
—Ahora el pueblo entero está yendo al parque. Llevan flores.
Velas. Fotos. No solo por Nicolás. Por el otro también. Por todos los que faltan.
—¿Todos los que faltan?
—Los forenses encontraron más tierra removida. En otros lugares del parque. Posiblemente hay más cuerpos. De distintas épocas. El parque no es un parque, Simón. Es un cementerio sin nombre.
Simón apoyó la cabeza en la pared.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Yo soy uno más en esa lista?
—Usted es el único que confesó. Eso lo hace distinto.
—¿Mejor o peor?
—Humano. Nada más. Nada menos.
A los tres años, Irene dejó de venir.
No por voluntad propia. Porque su salud ya no se lo permitía.
Simón lo supo por una carta, escrita con letra temblorosa, con faltas de ortografía que ella nunca había tenido.
"Simón: No puedo viajar más. Las piernas no me responden. El médico dice que es cuestión de tiempo. No quiero que me veas así. Prefiero que me recuerdes fumando en la cocina a las cuatro de la mañana. Te quiero, aunque nunca te lo haya dicho. Irene."
Simón leyó la carta hasta que las letras se borraron. Después la guardó junto a las hojas rojas.
No lloró. Pero esa noche, en el sueño, vio a Irene joven. Con pelo negro. Sin bastón. Caminando por un parque de árboles rojos, con un niño de la mano.
No era Nicolás. Era otro. El que no tuvo nombre.
Irene se dio vuelta y le sonrió.
—Estoy bien —dijo—. No te preocupes.
Simón quiso responder. Pero el sueño se terminó.
A los cuatro años, lo liberaron.
No hubo fiesta. No hubo familia esperando. Solo un oficial que le abrió la puerta de la celda y le dijo: "Andate, Lagos. Y no vuelvas."
Salió con una bolsa de plástico con sus pertenencias: la biblia
con las hojas rojas, las cartas, la foto de su abuela que alguien le había traído. Nada más.
El sol le pegó en la cara. No lo soportó. Parpadeó. Tosió. El aire afuera olía a nafta y a libertad. Los dos olores le resultaron desagradables.
Un taxi lo esperaba en la puerta. Lo había pagado Irene, por adelantado, con una tarjeta que alguien más había usado. El chofer no preguntó nada. Solo miró el uniforme de preso y arrancó.
Buenos Aires estaba igual.
El departamento también. Teseo también. El gato lo miró desde el sillón con sus ojos azules de siempre, se levantó despacio, caminó hacia él, y se restregó contra sus piernas como si nunca se hubiera ido.
—Hola, gordo —dijo Simón. La voz le sonó ronca. Extraña.
Teseo ronroneó. Era el mismo ronroneo de siempre. Grave. Profundo. Como una bienvenida.
El departamento estaba limpio. Alguien —Irene, antes de
enfermarse, o algún vecino— había pasado la aspiradora. Las plantas del balcón estaban muertas. Pero el resto intacto.
Simón se sentó en el sillón. Teseo se le subió al regazo. Cerró los ojos.
No durmió. Pero se quedó quieto. Escuchando los ruidos de la ciudad. Los autos. Los perros. Los vecinos. La vida que seguía afuera, sin él, durante cuatro años.
—Ahora qué —dijo en voz alta.
Teseo no respondió. Pero apretó las uñas contra su pantalón. Como diciendo: Acá. Conmigo. Empezar de nuevo.
Simón apoyó la cabeza en el respaldo del sillón.
No sabía si podía volver a trabajar. No sabía si podía volver a ver a sus pacientes. No sabía si podía volver a dormir sin que Nicolás apareciera.
Pero mientras acariciaba a Teseo, sintió algo en el bolsillo de la campera que le habían dado para salir.
Metió la mano. Sacó una hoja roja. De liquidámbar.
No estaba en la biblia. Estaba ahí. En el bolsillo. Como si alguien la hubiera puesto a propósito.
Simón la miró. Después miró la ventana. Afuera, en la vereda de enfrente, había un árbol. Un liquidámbar. No estaba antes. Pero ahora sí.
Las hojas rojas caían. Una por una. Como un saludo.
—Gracias, Nicolás —susurró.
Y por primera vez en cuatro años, se permitió llorar .