El peso de lo que callamos Capítulo 12
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Capítulo 12

Las semanas siguientes se llenaron de una normalidad nueva entre ellos, construida despacio, sin la urgencia que ambos habían contenido durante meses pero que ahora, paradójicamente, parecía menos apremiante precisamente porque sabían que tenían tiempo.

Se veían los miércoles por la noche, cuando el turno de Marlow se lo permitía, y los domingos por la mañana, cuando ella tenía el día libre.

Holt le enseñó el sitio donde hacía escalada en roca los fines de semana, en un gimnasio de bloques cerca de su apartamento en el barrio de RiNo, y Marlow descubrió que tenía una paciencia infinita para enseñarle a colocar los pies en las presas pequeñas, sin reírse nunca de lo mal que se le daba al principio.

—Estás pensando demasiado —le dijo un domingo, observándola colgada de una pared a metro y medio del suelo, paralizada delante de una presa que le quedaba demasiado lejos—.

La escalada se parece mucho a la terapia, en eso.

Cuando piensas demasiado el siguiente paso, te quedas atascada.

A veces solo hay que confiar en que el cuerpo sabe lo que hace.

—Eso suena a algo que debería decirte yo a ti, no al revés.

—Puede ser. Pero resulta que también es verdad cuando se trata de una pared de escalada.

Marlow estiró el brazo, encontró la presa, y por un segundo sintió la satisfacción pura de un cuerpo que hace exactamente lo que se le pide, sin la interferencia constante de la mente analizando cada decisión.

—¿Lo ves? —dijo Holt desde abajo, sonriendo—. A veces hay que dejar de psicoanalizarlo todo.

—Eso es un golpe bajo, viniendo de mi expaciente.

—Expaciente con todo el derecho a tomarte el pelo ahora que ya no estás obligada a tratarme con seriedad clínica.

Bajó de la pared riéndose, y él la cogió por la cintura cuando llegó al suelo, un gesto natural, sin pensar, que solo después de hacerlo pareció darse cuenta de lo íntimo que era, porque se quedó quieto un momento, con las manos todavía en su cintura, mirándola.

—¿Está bien esto? —preguntó, con una vacilación que no era habitual en él.

—Está muy bien esto.

No se habían besado todavía, casi tres semanas después de Cardamomo, en un ejercicio de paciencia deliberada que ambos sostenían sin necesidad de hablarlo explícitamente, como si supieran, sin haberlo dicho en voz alta, que el primer beso iba a marcar el final de una espera y el principio de algo que ya no tendría freno fácil.

Pero de pie en aquel gimnasio de escalada, con el olor a magnesio y goma en el aire, con las manos de Holt todavía en su cintura, Marlow sintió que la espera, por fin, había llegado a su límite natural.

—Holt.

—¿Sí?

—Creo que voy a besarte ahora, si te parece bien.

Él sonrió, esa sonrisa entera que ella ya conocía y que cada vez le gustaba más.

—Me parece muy bien.

El beso fue breve la primera vez, casi tímido, una pregunta más que una afirmación, las manos de él todavía en su cintura, las de ella subiendo despacio hasta su pecho, sintiendo el corazón de Holt latiendo tan rápido como el suyo propio.

Cuando se separaron, ninguno de los dos dijo nada durante un momento, simplemente se miraron, como si estuvieran comprobando que lo que acababa de pasar había sido real.

—Llevo siete meses queriendo hacer eso —dijo Holt finalmente, con la voz un poco ronca.

—Yo también.

—¿Solo siete? Yo diría que más bien desde la noche que me cosiste la mano.

—Esa noche todavía no te conocía lo suficiente como para querer besarte, Holt. Solo me pareciste raro.

—Raro de buena manera, espero.

—Raro de la manera más interesante que he conocido en mucho tiempo.

Volvió a besarla, esta vez sin la timidez de la primera vez, con una intención clara que hizo que a Marlow se le doblaran un poco las rodillas, sujetándose a sus brazos para no perder el equilibrio del todo.

El beso se prolongó más de lo razonable para un gimnasio público, lo suficiente para que un par de personas que pasaban cerca carraspearan con disimulo, lo cual hizo que los dos se separaran riéndose, avergonzados de una manera ligera, sin verdadera vergüenza detrás.

—Deberíamos irnos de aquí antes de que nos echen por escándalo público —dijo Holt.

—Buena idea.

Salieron del gimnasio cogidos de la mano, algo que tampoco habían hecho hasta entonces de manera tan abierta, y caminaron hasta el coche de Holt sin soltarse, con el sol de mayo cayendo sobre RiNo de esa manera particular que tenía Denver de hacer que la luz pareciera más limpia que en cualquier otro sitio que Marlow hubiera vivido antes.

—¿Tienes hambre? —preguntó él, abriéndole la puerta del coche—. Conozco un sitio que hace las mejores enchiladas verdes de la ciudad, y después de la escalada me parece que nos hemos ganado algo más sustancioso que un té chai.

—Me muero de hambre, la verdad.

Condujeron hasta un restaurante pequeño en el barrio de Sunnyside, sin pretensiones, con manteles de plástico y una abuela que llevaba cocinando ahí desde hacía treinta años, según contó Holt, que conocía el sitio porque su compañero de trabajo, Desmond, vivía a dos calles y los había llevado una vez después de un turno especialmente duro en una obra del centro.

—Cuéntame de tu trabajo —dijo Marlow, mientras esperaban la comida—. Sé que eres ingeniero estructural, pero nunca me has explicado realmente qué hace eso en el día a día.

—Reviso edificios antiguos antes de que los reformen, sobre todo en el centro de Denver, donde hay mucho edificio de principios de siglo veinte que la gente quiere convertir en lofts de lujo sin entender que las estructuras no fueron pensadas para aguantar ese tipo de cargas.

Calculo si los muros aguantan, si hay que reforzar las vigas, si el suelo va a ceder cuando metan tres toneladas de hormigón pulido y una cocina industrial donde antes había un almacén vacío.

—Suena meticuloso.

—Lo es. Me gusta, en realidad, ese tipo de meticulosidad. Hay algo reconfortante en trabajar con materiales que obedecen reglas físicas predecibles. El acero hace lo que el acero tiene que hacer. La gente, en cambio...

—La gente es mucho más complicada que el acero.

—Mucho más. Pero también mucho más interesante, he descubierto, sobre todo cuando la gente en cuestión es una psiquiatra de Ohio con una compañera de piso entrometida y un dueño de tienda de discos al que todavía no he conocido en persona.

—Eso se puede arreglar. Earl estaría encantado de conocerte. Lleva semanas preguntándome quién es el hombre que me hace sonreír de esa manera tan boba cuando miro el móvil.

—¿Sonríes de manera boba cuando miro el móvil? Quiero decir, ¿cuando te escribo?

—Según Delphine, de manera vergonzosamente boba.

Holt sonrió, ese tipo de sonrisa que parecía costarle un esfuerzo contener del todo.

—Me alegra ser la causa de eso.

La cena transcurrió entre risas y conversación fácil, la clase de conversación que Marlow no recordaba haber tenido con nadie en mucho tiempo, sin la cautela calculada de las primeras citas habituales, como si los meses de consulta les hubieran dado ya una base de confianza que la mayoría de las parejas tardaban años en construir.

—¿Puedo preguntarte algo que llevo tiempo queriendo preguntarte? —dijo Marlow, mientras compartían un postre de tres leches que Holt había insistido en pedir.

—Lo que quieras.

—¿Cómo está tu madre? No he vuelto a preguntarte por ella desde que dejaste de ser mi paciente, y me preocupa que parezca que he dejado de importarme, cuando no es así.

—Está mejor. Le conté lo nuestro hace dos semanas, por teléfono. No le di todos los detalles, claro, pero le dije que había alguien, que era importante, que era la doctora que me había ayudado el año pasado.

—¿Y qué dijo?

—Se quedó callada un rato, y luego me preguntó si eras buena persona. Le dije que sí, la mejor persona que había conocido en mucho tiempo. Y entonces me preguntó si yo era lo bastante bueno para ti, lo cual, viniendo de mi madre, que apenas habla, fue casi un discurso entero.

—¿Qué le contestaste?

—Le dije que estaba trabajando en serlo, todos los días, y que tú me ayudabas a serlo sin ni siquiera intentarlo.

Marlow sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido y denso, una sensación que llevaba meses esperando sin saber del todo que la estaba esperando.

—Eso es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo, Holt.

—Es solo la verdad.

Cuando Holt la dejó en casa esa noche, el beso de despedida duró mucho más que el primero, en la puerta del portal, con Earl cerrando la persiana metálica de la tienda de discos al otro lado de la calle y fingiendo, con poco éxito, que no los estaba mirando con una sonrisa de oreja a oreja.

—Buenas noches, Marlow.

—Buenas noches, Holt.

—¿El próximo fin de semana?

—El próximo fin de semana.

Subió las escaleras de su apartamento flotando, en el sentido más literal que esa expresión podía tener, y encontró a Delphine en el sofá, todavía despierta a pesar de la hora.

—¿Y bien? —preguntó, sin levantar la vista de la revista que estaba leyendo, aunque era evidente que llevaba un rato esperando para preguntarlo.

—Nos hemos besado.

Delphine soltó la revista de golpe.

—¡Ya era hora, por Dios! Llevo meses esperando esta conversación.

—Lo sé.

—¿Y qué tal?

Marlow se dejó caer en el sofá a su lado, todavía con la sonrisa que no se le había borrado de la cara desde el gimnasio de escalada.

—Mejor de lo que había imaginado, y eso que llevaba meses imaginándolo más de lo que debería admitir.

—Bienvenida al club de las personas que admiten cosas, Hale. Es un club agradable.

Las dos se rieron, y Marlow se quedó esa noche despierta más tiempo del habitual, repasando cada momento del día, cada palabra, cada beso, con la sensación clara y poco frecuente de que algo bueno, algo de verdad, había empezado por fin, después de meses de esperarlo sin atreverse a nombrarlo.