Capítulo 11
El local se llamaba Cardamomo, una cafetería pequeña en una esquina del barrio de Highlands con las paredes pintadas de un verde oscuro y plantas colgantes que llegaban casi hasta las mesas, lo bastante alejada del hospital como para que Marlow no reconociera a nadie cuando entró el sábado a las once de la mañana, vestida con ropa que no era de trabajo por primera vez en meses delante de Holt Calloway: un jersey color crudo, vaqueros, el pelo suelto en vez del moño que llevaba siempre en consulta.
Holt ya estaba sentado en una mesa junto a la ventana, con dos tazas de té chai esperando, y se levantó en cuanto la vio entrar, un gesto de cortesía que en cualquier otra circunstancia le habría parecido excesivo y que en aquel momento le pareció exactamente lo contrario.
—Llegas puntual —dijo él, sonriendo—. Sigues siendo la misma persona que aparecía siempre cinco minutos antes en consulta.
—Es una deformación profesional difícil de quitar.
—No la quites. Me gustaba esa puntualidad. Significaba que te tomabas en serio las cosas, incluso las que no tenían por qué importarte tanto como te importaban.
Se sentaron, y durante un momento incómodo ninguno de los dos supo muy bien cómo empezar una conversación que no estuviera estructurada por las reglas de una consulta clínica, sin un formulario de derivación, sin un reloj marcando los cincuenta minutos exactos de la sesión.
—Esto es raro —admitió Marlow finalmente, con una risa pequeña—. Llevo meses hablando contigo, pero nunca hemos hablado sin que yo tuviera que medir cada pregunta que te hacía.
—Para mí también es raro. Llevo meses queriendo hacerte preguntas que no tenían nada que ver con mi tratamiento y obligándome a tragármelas.
—¿Como cuáles?
—Como de dónde eres exactamente de Ohio, porque nunca me lo dijiste con detalle.
O por qué elegiste psiquiatría en vez de cualquier otra especialidad.
O si el dueño de la tienda de discos que mencionaste una vez, el que te guarda los vinilos de Nina Simone, sigue existiendo o me lo inventé yo en mi cabeza de tanto pensar en los detalles que me contabas.
Marlow se rio, sorprendida de que él recordara un detalle tan pequeño, mencionado de pasada meses atrás en una sesión que ni siquiera había sido sobre ella.
—Earl. Sigue existiendo. Tiene setenta años y una opinión muy firme sobre por qué el vinilo suena mejor que cualquier otra cosa, aunque nadie le haya preguntado.
—Me cae bien Earl sin conocerlo.
—Le caerías bien tú también. Le gusta la gente que escucha con atención, y tú pareces ser bueno en eso.
—Es lo único que he hecho durante meses en terapia. Escuchar, aunque fuera a mí mismo, que es la parte más difícil.
—¿Cómo va eso, por cierto? Sé que técnicamente no debería preguntarlo, pero...
—Puedes preguntarlo. Ya no eres mi médica, Marlow. Puedes preguntarme lo que quieras y yo puedo decidir si te lo cuento como amigo, como... lo que sea que estemos siendo ahora mismo, en vez de como paciente.
—Está bien. ¿Cómo va?
Holt se quedó pensando un momento, removiendo el té chai con la cucharilla sin necesidad real de hacerlo.
—Va bien. La doctora Okonkwo es muy buena, distinta a ti en su forma de trabajar, más directa, menos paciencia para los rodeos que yo daba contigo al principio.
Hemos hecho EMDR, que es una técnica rara, con movimientos oculares, pero que de alguna manera ha conseguido que la memoria del accidente deje de sentirse como si estuviera pasando ahora mismo cada vez que la recuerdo.
Ahora se siente como un recuerdo. Solo eso ya es un cambio enorme.
—Me alegro muchísimo, Holt. De verdad.
—Hay algo que quiero decirte, y quiero decírtelo bien, sin que suene como las cosas que decía antes, cuando todavía estaba mezclando la gratitud con otra cosa sin saber distinguirlas del todo.
—Te escucho.
—Lo que siento por ti no desapareció en estos tres meses.
Si acaso, se hizo más claro, porque tuve tiempo de mirarlo de verdad, sin la confusión de estar sentado frente a ti cada semana contándote la peor parte de mi vida.
Trabajé mucho en terapia, no solo el trauma de Reese, sino también esto, lo que siento por ti, intentando entender si era real o si era, como tú dijiste aquella vez, transferencia disfrazada de otra cosa.
—¿Y qué concluiste?
—Que es real. Que no tiene nada que ver con que me cosieras la mano o con que fueras la primera persona con la que pude hablar de verdad de mi hermano.
Tiene que ver con quién eres tú, con la manera en que escuchas, con cómo te ríes cuando algo te sorprende de verdad, como te has reído hace un momento por lo de Earl.
Quiero conocer a esa persona, Marlow, no a la doctora Hale de la consulta cuatro doce.
Marlow sintió que los ojos le picaban otra vez, de la misma manera que habían picado el día de la última sesión, y esta vez no se molestó en disimularlo.
—Yo también he pensado mucho en ti estos tres meses, Holt. Más de lo que probablemente era profesionalmente recomendable mientras todavía estabas en tratamiento, si te soy sincera.
—¿Y qué concluiste tú?
—Que también es real. Que llevo meses fingiendo, delante de mi compañera de piso, delante de mi supervisor, delante de mí misma, que lo que sentía era solo preocupación clínica por un caso interesante, y que esa mentira se hizo cada vez más difícil de sostener.
Se quedaron mirándose un momento, con las tazas de té chai enfriándose entre ellos, sin que ninguno de los dos hiciera nada por romper el silencio, hasta que Holt extendió la mano sobre la mesa, no para tocarla, solo para dejarla ahí, abierta, una invitación que no exigía nada.
Marlow la cogió.
—Esto es nuevo para los dos —dijo él, con la voz más baja—. No tenemos un manual para esta parte.
—No, no lo tenemos.
—¿Te parece bien que vayamos despacio? No porque no quiera todo lo demás, sino porque quiero hacerlo bien, esta vez. Quiero que cuando lleguemos a cualquier otra cosa, lleguemos sabiendo con certeza que es lo correcto, no solo lo que llevamos meses queriendo.
—Me parece perfecto, Holt.
Pasaron las siguientes tres horas en aquella mesa de Cardamomo, hablando de cosas que no tenían absolutamente nada que ver con traumas ni con consultas clínicas: de la infancia de Marlow en un pueblo pequeño de Ohio donde su padre era profesor de instituto y su madre llevaba la contabilidad de la ferretería local; de la hermana pequeña de Holt, Sutton, que vivía en Boulder y estudiaba ingeniería ambiental; de las películas que a los dos les daba vergüenza admitir que les gustaban; de la primera vez que Marlow supo que quería ser psiquiatra, durante un verano en que trabajó de voluntaria en un campamento para adolescentes con problemas de conducta y descubrió que se le daba mejor escuchar que casi cualquier otra cosa que hubiera intentado hacer en su vida.
Cuando finalmente salieron de la cafetería, ya había empezado a anochecer, ese anochecer temprano de abril en Denver que todavía conservaba algo del frío del invierno.
—¿Te acompaño a casa? —preguntó Holt.
—Vivo a quince minutos andando. Puedo ir sola.
—Lo sé. Te lo pregunto de todas formas, por si te apetece la compañía, no porque crea que la necesitas.
Marlow sonrió, una sonrisa que sintió en todo el cuerpo, no solo en la cara.
—Me apetece la compañía.
Caminaron por Capitol Hill con las manos rozándose de vez en cuando, sin llegar a entrelazarse del todo, en una especie de coreografía silenciosa donde ambos parecían estar de acuerdo en que ir despacio significaba exactamente eso: despacio, no nunca.
Frente al portal del apartamento de Marlow, encima de la tienda de discos de Earl, que ya tenía las luces apagadas porque eran más de las nueve, se detuvieron.
—Gracias por el día de hoy, Holt.
—Gracias a ti por decir que sí.
—¿Te veré pronto?
—Tan pronto como tú quieras. No tengo ninguna prisa por desaparecer otra vez de tu vida, Marlow Hale.
Se quedaron de pie frente a la puerta un momento más, ninguno de los dos queriendo ser quien terminara la noche primero, hasta que Holt levantó la mano despacio y le apartó un mechón de pelo de la cara, un gesto pequeño, casi nada, que sin embargo hizo que a Marlow se le cortara la respiración un segundo entero.
—Buenas noches, Marlow.
—Buenas noches, Holt.
No se besaron esa noche. Pero cuando Marlow subió las escaleras hacia su apartamento, con la mano todavía templada en el sitio donde él la había sostenido sobre la mesa de Cardamomo, supo, con una certeza que no había sentido por nada en mucho tiempo, que el beso que no habían compartido esa noche llegaría pronto, y que cuando llegara, no iba a parecerse a nada de lo que había sentido antes con nadie más.