Capítulo 13
Mayo llegó a Denver con una vegetación explosiva que sorprendía cada año a quienes, como Marlow, no habían crecido en Colorado: los álamos de Capitol Hill reverdecían de golpe, los jardines delanteros de las casas victorianas del barrio se llenaban de tulipanes que alguien había plantado meticulosamente en octubre, y el aire, por fin, dejaba de doler al respirarlo por las mañanas.
Llevaban tres semanas viéndose con una regularidad que ya empezaba a parecerse a una rutina compartida: los miércoles por la noche, los domingos por la mañana, y cada vez más, mensajes durante el día que no tenían ningún propósito más allá de hacer saber al otro que estaba pensando en él.
Marlow había empezado a guardar, sin decírselo a nadie, las fotos que Holt le mandaba de los edificios en los que trabajaba, fachadas de ladrillo de principios de siglo con anotaciones suyas en los márgenes sobre dónde habría que reforzar la estructura, y se sorprendía a sí misma mirándolas en momentos muertos del trabajo, como quien mira fotos de algo que ya echa de menos sin que haya terminado todavía.
—Tengo una pregunta —dijo Holt un miércoles por la noche, mientras preparaban la cena en el apartamento de él, un piso luminoso en RiNo con vigas de madera vista que él mismo había insistido en comprobar antes de firmar el contrato de alquiler, "por deformación profesional", según había explicado entre risas la primera vez que ella lo visitó.
—Dime.
—¿Por qué dejaste Ohio? Nunca me lo has contado de verdad, solo que viniste a hacer la residencia aquí.
Marlow cortó un pimiento mientras pensaba la respuesta, una pregunta que llevaba meses esperando sin que nadie se la hiciera con tanta sencillez.
—Porque en Ohio todo el mundo sabía quién era yo antes de que yo decidiera quién quería ser.
La hija del profesor Hale, la chica que sacaba buenas notas, la que iba a ser médica algún día porque siempre lo decía en el instituto.
Denver me pareció un sitio donde podía empezar de cero, sin que nadie tuviera ya una opinión formada sobre mí.
—¿Y la has encontrado? ¿La persona que querías ser?
—Algunos días sí. Otros días sigo sintiéndome como si estuviera improvisando, esperando a que alguien se dé cuenta de que no tengo ni idea de lo que hago.
—Eso se llama síndrome del impostor, doctora Hale. Creo que lo he oído mencionar alguna vez en consulta.
—Mira quién habla de citar términos clínicos.
—He tenido una buena maestra, ya te lo dije una vez.
Se rieron, y Holt se acercó por detrás mientras ella seguía cortando verduras, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro, un gesto que se había vuelto frecuente entre ellos en las últimas semanas, fácil y sin pretensiones.
—¿Y tú? —preguntó ella, sin dejar de cortar—. ¿Has encontrado a la persona que querías ser, después de todo lo que ha pasado este año?
—Estoy más cerca de lo que he estado nunca. —Le besó el cuello despacio, un gesto que hizo que el cuchillo se detuviera del todo en su mano—. Y mucho de eso tiene que ver contigo, aunque sé que odias que te lo diga de manera tan directa.
—No lo odio. Solo me hace sentir cosas que son difíciles de explicar con palabras.
—¿Qué tipo de cosas?
Marlow dejó el cuchillo en la tabla y se dio la vuelta entre sus brazos, quedando frente a frente, lo bastante cerca para sentir su respiración.
—El tipo de cosas que llevo semanas sintiendo y que cada vez me cuesta más esperar.
Holt la miró un momento, con una intensidad que ella ya conocía bien, esa misma mirada de la primera noche en urgencias, cuando parecía estar calculando algo importante, solo que ahora, en vez de cálculo, había una certeza tranquila.
—¿Esperar qué, Marlow?
—Lo sabes perfectamente.
—Quiero que lo digas tú. Llevamos meses dejando que las cosas pasen a su ritmo, y me gusta que sea así, pero esto en concreto quiero que lo digas tú, en voz alta, para saber que es lo que realmente quieres y no solo lo que crees que yo quiero oír.
Marlow sintió que el corazón le latía con fuerza, una mezcla de nervios y de la misma certeza tranquila que veía en los ojos de él.
—Quiero acostarme contigo, Holt. Llevo queriéndolo desde hace semanas, puede que desde antes de lo que estoy dispuesta a admitir, y he dejado de tener ganas de seguir esperando un momento perfecto que probablemente no existe.
Algo cambió en la expresión de Holt, una mezcla de alivio y de deseo que no intentó disimular.
—Yo también lo quiero. Más de lo que probablemente es prudente admitir en voz alta.
—Entonces, ¿qué estamos esperando?
—Nada —dijo él, y la besó, esta vez sin la cautela medida de las últimas semanas, un beso que llevaba dentro toda la espera de los últimos siete meses, desde la primera noche en el box tres de urgencias hasta aquella cocina de RiNo con verduras a medio cortar y la cena completamente olvidada.
La cena, de hecho, se quedó sin terminar esa noche, los pimientos cortados a medias sobre la tabla, el aceite de oliva calentándose solo en la sartén hasta que Holt, sin dejar de besarla, alargó el brazo y apagó el fuego con un gesto torpe que hizo que los dos se rieran entre beso y beso.
—Deberíamos apagar eso bien —dijo Marlow, sin separarse de él.
—Ya está apagado.
—¿Seguro?
—Completamente seguro. —La levantó del suelo, un gesto que la sorprendió por su facilidad, sus piernas rodeándole la cintura de manera natural mientras él la llevaba hacia el dormitorio sin dejar de besarla, sorteando el sofá y una pila de libros sobre ingeniería estructural que llevaba semanas en el suelo del pasillo sin que ninguno de los dos se hubiera ocupado de moverlos.