El peso de lo que callamos Capítulo 9
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Capítulo 9

La transición no fue tan limpia como Marlow había prometido que sería.

Tardó once días en encontrar al profesional adecuado, una psiquiatra especializada en trauma llamada Adaeze Okonkwo, que trabajaba en una consulta privada a quince minutos del Saint Aurelia y que tenía, según las referencias que Marlow consiguió a través de dos colegas distintos, una reputación excelente con pacientes que habían vivido accidentes de tráfico con fallecidos.

—¿Por qué no puedo simplemente quedarme sin terapia un tiempo? —preguntó Holt, la última semana de enero, cuando Marlow le entregó el contacto de la doctora Okonkwo en un papel doblado, como si fuera algo que pudiera quemarle los dedos si lo sostenía demasiado tiempo.

—Porque lleva siete meses construyendo herramientas para gestionar los flashbacks y el insomnio, y dejarlo de golpe podría suponer un retroceso real.

La doctora Okonkwo es buena, Holt. Mejor que buena.

He hablado con ella esta mañana y le he pasado un resumen completo del caso, con su permiso, claro.

—¿Le ha contado todo? ¿También lo de Reese?

—Le he contado el contenido clínico relevante. No le he contado nada que no fuera necesario para que pueda seguir su tratamiento sin tener que empezar desde cero.

Holt cogió el papel, lo miró un momento sin desdoblarlo, y luego lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta de lana gris, el mismo gesto que hacía siempre con cualquier cosa que le costara aceptar.

—¿Y usted? ¿Qué va a hacer con el hueco en su agenda de los jueves a las cuatro?

—Tengo lista de espera, Holt. El hueco no va a durar vacío ni un día.

—No me refería a eso.

Marlow sabía exactamente a qué se refería, pero decidió, como llevaba haciendo desde hacía semanas, no darle ese terreno.

—Tengo trabajo de sobra, no se preocupe por mi agenda.

—No estoy preocupado por su agenda, doctora Hale.

—Holt.

—Es la última sesión. Puedo decir lo que quiera en la última sesión, ¿no? Son las reglas que usted misma puso.

Marlow se quedó callada, consciente de que tenía razón, de que las reglas que ella había impuesto se habían convertido, en las últimas semanas, en una especie de cuenta atrás que ahora llegaba a su fin natural, y de que no tenía ningún argumento clínico sólido para impedir que Holt dijera lo que llevaba semanas sin decir.

—Diga lo que tenga que decir.

—Voy a esperar tres meses. Eso es lo que dicen las normas de su profesión, ¿verdad? Tiempo prudencial después de terminar una relación terapéutica antes de que algo así sea... apropiado.

—No hay una norma universal exacta, varía según el estado y el colegio profesional, pero sí, existe ese principio general.

—Entonces voy a esperar tres meses, exactamente, ni un día menos, y voy a empezar terapia con la doctora Okonkwo, y voy a trabajar de verdad en lo de Reese, no solo para sentirme mejor, sino porque quiero llegar a ese café que voy a pedirle siendo la mejor versión de mí mismo que pueda ser, no la versión rota que llegó a su urgencias en octubre.

Marlow sintió que los ojos le picaban, una reacción completamente inapropiada para una despedida clínica, y parpadeó rápido para que no se notara.

—Eso es... una manera muy madura de plantearlo, Holt.

—He tenido una buena maestra.

—No diga eso. Suena raro viniendo de alguien que en un minuto va a dejar de ser mi paciente.

—Entonces lo diré de otra forma. —Se levantó, se puso la chaqueta despacio, alargando el momento de un modo que ella reconoció porque ella también lo estaba alargando—.

He tenido una psiquiatra extraordinaria.

Y dentro de tres meses, espero tener la oportunidad de conocer a la mujer que hay detrás de ella, si todavía está interesada.

—Holt...

—No tiene que contestar ahora. Tiene tres meses para pensarlo. Yo ya he pensado mi parte.

Se fue sin detenerse en la puerta esta vez, sin el gesto de la mano en el marco que se había convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara, en una especie de ritual entre ellos.

Marlow se quedó mirando la puerta cerrada durante un buen rato, y luego, por primera vez en meses, lloró en su despacho, sola, sin saber muy bien si era tristeza, alivio, o las dos cosas mezcladas de una manera que no tenía nombre clínico.

•  •  •

Los tres meses siguientes pasaron de una manera extraña, suspendidos entre la normalidad del trabajo y una expectación que Marlow se negaba a admitir en voz alta, ni siquiera ante Delphine, que la observaba con la paciencia de quien sabe que no merece la pena insistir hasta que la otra persona esté lista para hablar.

Febrero trajo una ola de gripe que llenó las urgencias de Saint Aurelia, marzo trajo el deshielo que convirtió las calles de Denver en un lodazal gris durante tres semanas, y en algún momento de ese tránsito, sin que Marlow se diera cuenta exactamente de cuándo, dejó de contar los días que faltaban para que se cumplieran los tres meses.

O eso se decía a sí misma. La verdad, que solo admitía en los minutos antes de dormirse, era que los contaba con una precisión que la avergonzaba un poco, marcando mentalmente cada jueves que pasaba como quien tacha días en un calendario de cárcel.

—¿Has sabido algo de él? —le preguntó Delphine un sábado de marzo, mientras las dos veían una película sin prestarle demasiada atención, cada una con el móvil en la mano.

—No debería saber nada de él. Sigue siendo, técnicamente, paciente del sistema, aunque ya no sea mío.

—Esa no es la pregunta que te he hecho.

—No. No he sabido nada de él.

—¿Y eso te parece bien o te parece mal?

Marlow se quedó mirando la pantalla sin verla realmente.

—Me parece correcto. Que es distinto a parecerme bien.

—Eso es lo más triste y lo más adulto que te he oído decir en mucho tiempo.

—Gracias, supongo.

—No era un cumplido del todo.

Marlow se rio, una risa real, la primera en varios días, y por un momento dejó de pensar en jueves, en cuentas atrás, en una chaqueta de lana gris que no había vuelto a ver desde finales de enero.