Capítulo 8
Marlow no le contó a Penrith lo de los cinco minutos de silencio.
Anotó el episodio disociativo con precisión clínica, como había prometido, pero la parte de la sesión que más le pesaba, la parte donde se había sentado frente a Holt sin decir nada, sosteniendo un espacio que no tenía nombre en ningún manual de psiquiatría, se quedó fuera del expediente y fuera de la supervisión semanal, guardada en algún sitio de su memoria que no estaba dispuesta a compartir con nadie.
—¿Cómo va el caso Calloway? —preguntó Penrith en la siguiente sesión de supervisión, con la taza de té de menta de siempre y la planta muerta de siempre detrás de él.
—Bien. Tuvo un episodio disociativo la semana pasada, desencadenado por pasar cerca del lugar del accidente. Lo gestionamos con técnicas de contención, respiración guiada y reencuadre cognitivo. Se resolvió en unos diez minutos.
—¿Y la línea de la que hablamos?
—Se mantiene. —Marlow procuró que su voz sonara tan firme como las palabras que estaba usando—. Volvimos al marco estrictamente profesional después de aquella conversación. No ha habido más cafés, ni preguntas personales.
Penrith la observó por encima de las gafas un momento más largo de lo cómodo.
—¿Te creo, Hale?
—Es la verdad.
—No he dicho que dudara de que sea la verdad sobre los hechos. He preguntado si te creo en general, sobre cómo te sientes con respecto a este paciente.
Marlow no contestó enseguida, lo cual, sospechaba, ya era en sí mismo una respuesta para alguien con treinta años de experiencia leyendo silencios.
—Sigo siendo objetiva en las decisiones clínicas que tomo con él, doctor Penrith. Eso es lo que importa.
—Es lo que importa para el paciente. No es necesariamente lo que importa para ti.
—¿Hay alguna diferencia, en este contexto?
—Siempre la hay, Hale. Solo que a veces tardamos años en darnos cuenta de cuál es.
Salió de la supervisión con la sensación, cada vez más frecuente esos días, de que Penrith veía algo en ella que ella misma se negaba a mirar de frente, y que esa negativa tenía fecha de caducidad, aunque todavía no supiera cuál.
• • •
La sesión de Holt esa semana transcurrió dentro del marco profesional acordado, sin incidentes, hasta los últimos cinco minutos, cuando él, en vez de levantarse hacia la puerta como hacía siempre, se quedó sentado.
—Tengo que decirle algo, doctora Hale, y necesito que me escuche hasta el final antes de contestar.
—La escucho.
—He pensado mucho en lo que dijo, lo de la transferencia, lo de que no podemos saber con certeza si lo que siento es real o es solo gratitud disfrazada de otra cosa.
Y tiene razón, probablemente, en que no puedo estar cien por cien seguro mientras siga siendo su paciente. Así que he tomado una decisión.
—¿Qué decisión?
—Voy a terminar el tratamiento con usted.
No porque no esté funcionando, está funcionando mejor que nada de lo que he intentado en siete meses.
Sino porque quiero quitar la variable de la transferencia de la ecuación, para que cuando le pida que tome un café conmigo, y voy a pedírselo, los dos sepamos con certeza que no es por nada de lo que pasa en esta consulta.
Marlow sintió que el aire de la habitación se volvía más denso de golpe.
—Holt, eso es... no tiene que tomar una decisión tan grande solo por...
—No es una decisión impulsiva. Llevo dos semanas pensándolo. He investigado otros psiquiatras en Denver, gente con buenas referencias para tratamiento de trauma. Puedo empezar con alguien nuevo el mes que viene, sin perder la continuidad del tratamiento.
—¿Está seguro de que es lo correcto para usted clínicamente? Hemos avanzado mucho juntos. Cambiar de terapeuta en este punto tiene riesgos reales.
—Lo sé. Y lo he sopesado. Pero también sé que llevo meses sentado en esa silla pensando en usted de una manera que no tiene nada que ver con la terapia, y fingir que eso no afecta a la honestidad del proceso sería mentirle a usted y mentirme a mí mismo.
Prefiero arriesgarme con un cambio de terapeuta que seguir construyendo mi recuperación sobre una mentira.
Marlow se quedó en silencio, debatiéndose entre la psiquiatra que llevaba dos años formándose para anteponer siempre el bienestar clínico del paciente y la mujer que, debajo de esa formación, sentía que el pecho se le encogía ante la idea de que Holt Calloway dejara de sentarse frente a ella los jueves a las cuatro.
—Si esa es su decisión, la voy a respetar —dijo finalmente—. Y le voy a ayudar a encontrar un buen profesional para la transición. Pero quiero que sepa que esto no tiene que ver con que yo quiera dejar de tratarle.
—Lo sé. —Holt se levantó, esta vez sin detenerse en la puerta como siempre hacía—. Por eso lo hago, doctora Hale. Precisamente por eso.
Cuando se fue, Marlow se quedó mirando la silla vacía un buen rato, preguntándose si lo que acababa de presenciar era el final de algo o, más probablemente, y de una manera que la asustaba un poco admitir, el verdadero principio.