Capítulo 7
Durante las tres semanas siguientes, las sesiones de los jueves se volvieron un ejercicio de disciplina para los dos.
Holt llegaba puntual, se sentaba en la silla y no en el sofá, y hablaba de su sueño, de su trabajo, de los avances reales que seguía teniendo en el tratamiento, sin volver a mencionar la conversación de aquel martes.
Marlow, por su parte, se ceñía a las preguntas clínicas con una precisión casi quirúrgica, evitando cualquier comentario que pudiera interpretarse como personal, y anotaba en la carpeta solo lo estrictamente relevante, recordando cada vez la pregunta de Penrith: para quién estás escribiendo esto.
Pero la disciplina, descubrió Marlow, no apagaba nada. Solo lo escondía mejor.
El último jueves de enero, una tormenta de nieve cerró buena parte de las carreteras secundarias de Denver, y la consulta de las cuatro estuvo a punto de cancelarse.
Holt llegó con quince minutos de retraso, el pelo cubierto de nieve, las botas empapadas, y una expresión tensa que Marlow no le había visto desde la primera noche en urgencias.
—No pasa nada. Siéntese, ¿quiere agua?
—Estoy bien.
Pero no lo estaba. Marlow lo notó en la manera en que se sentó, demasiado erguido, con las manos apretadas sobre las rodillas, en la palidez de su cara que no tenía nada que ver con el frío de fuera.
—Holt, ¿qué ha pasado?
—Nada. La carretera estaba mal. Ya está.
—No me está mirando a los ojos.
Él respiró hondo, una respiración que le tembló al final, y por primera vez desde que Marlow lo conocía, pareció genuinamente al borde de algo.
—He pasado por la I-70. Por el desvío. No quería, pero el GPS me mandó por ahí por culpa del corte en la 25, y para cuando me di cuenta ya estaba en la curva. La misma curva.
—¿La curva del accidente?
Holt asintió, sin poder hablar durante un momento.
—No había vuelto a pasar por ahí desde aquel día.
Hago rodeos de cuarenta minutos para evitarla, siempre, sin decírselo a nadie porque suena ridículo decirlo en voz alta.
Y hoy, sin previo aviso, estaba ahí, en mitad de la curva, con la nieve cayendo igual que entonces, y por un segundo no supe si estaba conduciendo en enero o si estaba conduciendo en julio, el día que pasó todo.
—¿Qué sintió exactamente?
—Vi las luces de un camión que no estaba ahí. Lo vi tan claro como la estoy viendo a usted ahora. Tuve que parar el coche en el arcén, con las luces de emergencia puestas, durante no sé cuánto tiempo, hasta que conseguí volver a respirar bien.
—¿Cuánto tiempo, aproximadamente?
—No lo sé. Diez minutos. Puede que más. Por eso he llegado tarde.
Marlow dejó el bolígrafo sobre la mesa, el gesto que usaba para señalar que lo que iba a decir no era procedimiento estándar, y se permitió, solo por un momento, dejar de lado la distancia formal de las últimas semanas.
—Holt, mírame.
Él levantó la vista, con los ojos brillantes de una manera que no llegaba a ser llanto pero que estaba cerca.
—Lo que acaba de pasar tiene un nombre clínico, y se lo voy a explicar, pero antes quiero que sepa una cosa: no está roto.
Lo que le ha pasado en esa carretera es exactamente lo que le pasa al cerebro de alguien que ha vivido un trauma cuando se enfrenta, sin avisar, al lugar donde ocurrió.
Se llama flashback disociativo inducido por un desencadenante ambiental.
No es debilidad. Es una respuesta neurológica predecible.
—Se siente como debilidad.
—Lo sé. Pero no lo es.
—¿Cuándo se va a acabar esto, doctora Hale? Han pasado siete meses.
—No hay un plazo fijo. Pero le voy a decir algo que es verdad: cada vez que ha pasado por algo así, desde que empezamos a trabajar juntos, la intensidad ha sido menor que la vez anterior, y el tiempo de recuperación, también.
Eso es exactamente lo que esperamos ver cuando el tratamiento funciona.
No es que el dolor desaparezca de golpe.
Es que se vuelve manejable, poco a poco, hasta que un día pasa por esa curva y solo es una curva.
Holt se pasó la mano por la cara, respirando ya con más calma.
—¿Puedo pedirle algo que probablemente no debería pedirle?
—Dígame.
—¿Puede quedarse sentada aquí conmigo cinco minutos sin decir nada clínico? Solo... estar.
Marlow dudó. Sabía, con la misma claridad con que sabía cualquier cosa de su entrenamiento clínico, que aquello era exactamente el tipo de gesto que Penrith le había advertido que vigilara.
Y sin embargo, mirando a Holt Calloway sentado frente a ella, todavía con nieve derritiéndosele en el pelo, con la respiración aún irregular, decidió que había momentos en los que ser humana antes que profesional no era un error, sino la decisión correcta.
—Cinco minutos —dijo—. Pero solo porque hoy ha sido un día difícil.
Se quedaron así, en silencio, durante los cinco minutos que Marlow había prometido, con el reloj de pared marcando el tictac perceptible que normalmente le resultaba molesto y que aquella tarde, por algún motivo, le pareció reconfortante.
Fuera, la nieve seguía cayendo sobre el aparcamiento del hospital, cubriendo poco a poco los coches, las farolas, las huellas de quien fuera que hubiera pasado por ahí antes que ellos.
—Gracias —dijo Holt finalmente, con la voz más firme—. Lo necesitaba.
—Lo sé.
—¿Va a anotar esto en mi expediente?
—Voy a anotar que tuvo un episodio disociativo desencadenado por exposición al lugar del accidente, que duró aproximadamente diez minutos, y que se resolvió con técnicas de contención. Eso es lo que ha pasado clínicamente.
—¿Y los cinco minutos de silencio?
—Esos no van en ningún sitio, Holt. Esos son solo nuestros.
Él la miró entonces con una expresión que Marlow tardaría semanas en dejar de recordar, una mezcla de gratitud y algo más profundo, algo que ninguno de los dos estaba todavía en condiciones de nombrar en voz alta.