Capítulo 5
Marlow volvió de Ohio el dos de enero con la maleta todavía sin deshacer en la entrada del apartamento y la sensación, poco frecuente en ella, de no tener ganas de volver al trabajo.
Sus padres se habían pasado los tres días de Navidad preguntándole, con la insistencia educada de la gente del Medio Oeste, si salía con alguien, y ella había contestado que no las tres veces, mientras pensaba, sin poder evitarlo, en un hombre que tenía cita con ella todos los jueves a las cuatro y al que no se le permitía pensar de esa manera.
—¿Vas a contarme qué te pasa o vas a seguir mirando el yogur como si te hubiera insultado? —preguntó Delphine desde la encimera, sirviéndose café antes de su turno de noche.
—No me pasa nada.
—Llevas cinco minutos removiendo ese yogur sin comértelo.
—Estoy cansada del vuelo.
—Marlow.
—¿Qué?
—Es jueves.
Marlow levantó la vista, sorprendida de que su compañera de piso, que apenas prestaba atención a los días de la semana por culpa de sus turnos rotativos, supiera con tanta precisión qué día era.
—¿Y qué tiene eso que ver?
—Que llevas mirando el calendario de la cocina desde que has llegado de Ohio. El de hoy es el primer jueves que tienes consulta con él desde antes de Navidad. No hace falta ser psiquiatra para sumar dos y dos, aunque tú seas la que tiene el título.
—Es mi paciente, Delphine.
—Eso ya me lo dijiste hace un mes. Sigue sin contestar a la pregunta que no te he hecho.
Marlow dejó la cuchara en el cuenco, sin terminarse el yogur, y se fue a vestirse para el turno sin decir nada más, en parte porque no tenía una respuesta que no la incriminara y en parte porque, si era sincera consigo misma, tampoco quería tenerla.
• • •
La consulta de las cuatro llegó cargada de una expectación que Marlow se esforzó en disimular delante de Connie, delante del espejo del baño del personal donde se retocó el moño dos veces sin necesidad real de hacerlo, y delante de sí misma, sin demasiado éxito en ese último caso.
Holt entró con la misma chaqueta de lana gris, el pelo algo más corto de lo que ella recordaba, como si se lo hubiera cortado durante las vacaciones, y una bolsa de papel marrón en la mano que dejó sobre el escritorio antes de sentarse.
—¿Qué es eso?
—Café. O lo que sea que tome en su descanso. No sabía si tomaba café, así que he comprado dos cosas.
Marlow abrió la bolsa. Dentro había un café con leche de avena y, junto a él, un chocolate caliente con nata, de la cafetería que había justo enfrente del hospital, la que tenía las mesas de madera desgastada y un cartel pintado a mano que decía ABIERTO TODO EL AÑO, INCLUSO CUANDO NIEVA.
—¿Cómo sabía que iba a tener turno hoy?
—No lo sabía. He venido todos los días desde el dos de enero por si acaso.
—Eso es...
—Ridículo, lo sé. Pero el insomnio me deja mucho tiempo libre por las mañanas, y la cafetería de enfrente tiene buen café, así que no ha sido un esfuerzo enorme.
Marlow cogió el chocolate caliente, porque le pareció el que más encajaba con la tarde fría que hacía fuera, y le dio las gracias con un gesto de cabeza que esperaba que pareciera más profesional de lo que se sentía.
—¿Qué tal las fiestas? —preguntó, una pregunta de manual que normalmente abría las sesiones de enero con cualquier paciente.
—Fui a Pueblo a ver a mi madre el día de Navidad. Comimos en silencio la mayor parte del tiempo, como siempre, pero al final, mientras lavábamos los platos, me preguntó si dormía mejor.
—¿Y qué le dijo?
—Le dije la verdad. Que un poco mejor.
—¿Por qué le sorprende habérselo dicho?
—Porque normalmente le digo que estoy bien aunque no lo esté. Es lo que hemos hecho siempre en mi familia. Pero esta vez no me salió la mentira automática. Me salió la verdad, sin pensarlo.
—¿Y cómo se sintió después de decirla?
—Raro. Como si hubiera hecho trampa en un juego que llevábamos jugando toda la vida.
Marlow tomó nota mental de aquello, un avance pequeño pero real: la honestidad empezando a filtrarse fuera de la consulta, hacia la vida de Holt fuera de los jueves a las cuatro.
—Eso no es hacer trampa, Holt. Es romper un patrón. Son cosas muy distintas.
—Se parecen bastante desde dentro.
—La mayoría de los patrones se parecen a trampas cuando uno lleva toda la vida dentro de ellos. Eso no los hace menos necesarios de romper.
Él bebió un trago de su café, en silencio, mirándola por encima del vaso de cartón con una atención que ella ya conocía bien y que, contra todo pronóstico profesional, había dejado de incomodarle del todo.
—¿Y usted, doctora Hale? ¿Qué tal sus fiestas?
—Eso no es parte de la sesión.
—Lo sé. Se lo pregunto de todas formas.
—Bien. Tranquilas. Mi familia es de Ohio, así que hubo nieve, comida con demasiada mantequilla y mi madre preguntándome tres veces si salgo con alguien.
—¿Y sale con alguien?
La pregunta cayó en la consulta con un peso que ninguno de los dos pareció esperar del todo. Marlow notó que el silencio que siguió duraba un segundo más de lo razonable.
—Esa pregunta tampoco es parte de la sesión, Holt.
—Tiene razón. Retiro la pregunta.
—No hace falta que la retire. Solo digo que no voy a contestarla aquí.
—¿Eso significa que la contestaría en otro sitio?
Marlow cogió el bolígrafo, un gesto reflejo que usaba cuando necesitaba poner algo sólido entre sus manos y la conversación.
—Significa que tenemos que centrarnos en por qué está usted aquí, que no es para hablar de mi vida sentimental.
—Está bien. —Holt levantó las manos en un gesto de rendición que no parecía del todo sincero—. Volvamos a mí, entonces. ¿Qué quiere saber?
—Quiero saber si los flashbacks han cambiado de frecuencia desde la última vez que hablamos.
—Han bajado un poco. Sigo soñando con la curva de la I-70 casi todas las noches, pero la sensación al despertar es distinta.
Antes me despertaba con el corazón a mil, sudando, como si acabara de pasar de verdad.
Ahora me despierto y tardo un par de segundos en darme cuenta de que ha sido un sueño, en vez de sentir que sigo dentro de él.
—Eso es un cambio real, Holt. La disociación durante el episodio está disminuyendo. Es justo lo que buscamos con el trabajo que estamos haciendo.
—¿Es por la terapia o por la medicación?
—Probablemente por las dos. Pero sobre todo creo que es porque ha empezado a hablar de lo que pasó en vez de guardárselo, como hizo durante meses.
—¿Sabe qué es lo más raro de todo esto?
—¿Qué?
—Que usted es la única persona con la que hablo de Reese sin sentir que tengo que protegerla de lo que digo.
Con mi madre tengo que medir cada palabra.
Con mis amigos, si es que se les puede llamar así, tengo que fingir que ya lo he superado porque llevan meses incómodos con el tema. Con usted no tengo que fingir nada.
—Esa es exactamente la función de este espacio, Holt. Un sitio donde no tiene que proteger a nadie de su propio dolor.
—Lo sé. Y se lo agradezco más de lo que probablemente debería agradecérselo a una psiquiatra.
Marlow sintió la frase como un anzuelo lanzado con cuidado, casi sin querer que ella picara, y decidió no morderlo del todo.
—No tiene que agradecérmelo de ninguna manera especial. Es mi trabajo, y además es un trabajo que me importa hacer bien.
—Ya hemos tenido esta conversación antes. Lo de que las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
—Y sigue siendo verdad.
La sesión terminó con Holt deteniéndose en la puerta, como siempre, con la mano en el marco, pero esta vez se quedó un segundo más de lo habitual antes de hablar.
—Doctora Hale.
—¿Sí?
—Gracias por el chocolate caliente. Quiero decir, gracias por aceptarlo. Sé que probablemente no debería haberlo traído.
—No debería —dijo Marlow, con una sonrisa que se permitió por primera vez en toda la sesión—. Pero estaba bueno.
Cuando se fue, ella se quedó con el vaso de chocolate frío entre las manos, pensando que aquella frase, "no debería", se estaba convirtiendo en la columna vertebral silenciosa de toda su relación con Holt Calloway, y que cada semana que pasaba le costaba un poco más recordar por qué.