El peso de lo que callamos Capítulo 4
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Capítulo 4

Diciembre llegó a Denver con nieve de verdad, no la nieve sucia y derretida que caía a veces en noviembre, sino capas gruesas que se acumulaban en los alféizares y obligaban a Marlow a salir veinte minutos antes de casa para raspar el parabrisas.

El hospital se llenó de la energía nerviosa propia de las fiestas: más ingresos por intentos de suicidio de lo habitual, más familias rotas pidiendo ayuda en el peor momento posible, turnos que se alargaban porque nadie quería ser el residente que dejaba a un paciente sin atender en Nochebuena.

Holt seguía acudiendo todos los jueves, puntual, con la misma chaqueta de lana gris que Marlow ya asociaba a él de manera automática.

Las sesiones habían cambiado de forma desde el día que le habló de Reese: menos rodeos, más silencios con sentido, una confianza incómoda que crecía despacio entre los dos sin que ninguno la nombrara en voz alta.

—Esta semana dormí cuatro horas seguidas un día —dijo un jueves, casi como quien no quiere darle importancia a la noticia—. No me había pasado en meses.

—Eso es un avance real, Holt.

—¿Por la medicación?

—Puede que ayude. Pero creo que tiene más que ver con que ha empezado a hablar de lo que pasó en vez de cargarlo solo.

—No hablo de ello con nadie más que con usted.

—Lo sé.

—¿Le parece sano eso?

Marlow se tomó un momento antes de responder, consciente de que la pregunta tenía más capas de las que parecía a simple vista.

—No es lo ideal a largo plazo. Idealmente, querría que tuviera una red de apoyo más amplia, gente en su vida con la que pudiera ser igual de honesto que conmigo. Pero ahora mismo, que tenga un sitio donde poder serlo, aunque sea solo este, es mejor que no tener ninguno.

—¿Y si ese sitio se convierte en el único sitio donde quiero estar?

La pregunta se quedó suspendida en el aire de la consulta, entre el cuadro feo de las Rocosas y la ventana por la que se veía caer la nieve sobre el aparcamiento del hospital.

—Eso sería un problema, Holt. Y tendríamos que hablarlo abiertamente si pasara.

—¿Está pasando?

Marlow notó que el pulso se le aceleraba un poco, una reacción física que llevaba semanas notando en las sesiones con él y que se obligaba sistemáticamente a ignorar.

—Creo que lo que está pasando es que confía en mí porque le he dado motivos para hacerlo, y eso, dentro de esta consulta, es exactamente lo que tiene que pasar para que el tratamiento funcione.

—Esa respuesta es muy profesional.

—Es la respuesta correcta.

—No he preguntado si era correcta. He preguntado si era verdad.

Marlow lo miró, y por un instante decidió no esconderse detrás de la formalidad que normalmente la protegía.

—Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, Holt. Igual que la última vez que hablamos de esto.

Él asintió, sin presionar más, aunque algo en su expresión dejaba claro que había escuchado exactamente lo que ella no había dicho.

Los minutos finales de la sesión transcurrieron sobre temas más neutros: el trabajo de Holt, que resultó ser ingeniero estructural en una constructora del centro de Denver, encargado de revisar la solidez de edificios antiguos antes de reformarlos; los planes de Marlow para Navidad, que se reducían a un vuelo a Ohio para ver a sus padres durante tres días.

Era la primera vez que hablaban de algo que no tuviera relación directa con el trauma de Holt, y a Marlow le sorprendió lo fácil que resultaba la conversación, lo poco que se parecía a una entrevista clínica y lo mucho que se parecía a otra cosa que prefería no nombrar.

—Feliz Navidad, doctora Hale —dijo él al levantarse, deteniéndose en la puerta como siempre, con la mano en el marco.

—Feliz Navidad, Holt. Nos vemos el dos de enero.

—Ahí estaré.

Cuando se fue, Marlow se quedó mirando la puerta cerrada durante más tiempo del que hubiera admitido ante nadie, y luego abrió la carpeta de Holt Calloway y escribió, con una letra más pequeña y apretada de lo habitual: paciente muestra mejoría clínica significativa en patrón de sueño; vínculo terapéutico fuerte, posiblemente excesivo; vigilar transferencia.

Se quedó mirando esa última palabra un buen rato antes de cerrar la carpeta, preguntándose, sin poder evitarlo, si la transferencia de la que hablaba era solo la de él.