Capítulo 2
El doctor Aldous Penrith tenía la consulta más desordenada de toda la cuarta planta del Saint Aurelia, llena de libros apilados en el suelo porque las estanterías llevaban años desbordadas, y una planta de interior que llevaba muerta desde primavera y que nadie se había atrevido a tirar.
Ni a mencionar, como si realmente de pronto ya no existiera o nadie pudiera verla mustia y muerta en una esquina.
—Cuéntame algo interesante de la guardia de anoche —dijo, dejándose caer en su butaca de cuero gastado, con una taza de té de menta en la mano.
Marlow dudó. En realidad no había nada interesante en la guardia de la noche anterior pero siempre que entraba por esa puerta Aldous Penrith le hacía la misma pregunta así que se limitó a encogerse de hombros.
—Un paciente con una herida en la mano que dijo que se la había hecho con un vaso roto, pero que tenía los nudillos de la otra mano hinchados y olía a whisky.
—Clásico. ¿Y?
—Y nada. Le di puntos y le di el alta. No era mi paciente, era de urgencias.
Penrith la miró por encima de las gafas, ese gesto suyo que Marlow había aprendido a temer porque siempre precedía a una pregunta incómoda.
—Pero estás aquí contándomelo a mí, en la sesión de supervisión, en vez de hablarme del paciente con ideación suicida que tienes en planta. ¿Por qué?
Marlow se removió en la silla.
—Porque me pareció... no sé. Distinto.
—¿Distinto cómo?
—Miraba la aguja entrar en su propia piel como si nada. No apartó la vista ni una vez. Y cuando le pregunté si le dolía, dijo que no tanto como debería.
—¿Y qué interpretas tú de eso?
—Podría ser disociación. Podría ser una tolerancia al dolor aprendida, de alguien acostumbrado a hacerse daño o a que se lo hagan. Podría ser simplemente que estuviera muy borracho y no sintiera bien la anestesia.
—¿Cuál de esas tres opciones te convence menos?
—La última.
Penrith asintió despacio, como si aquello confirmara algo que ya sospechaba sobre ella, aunque no dijo qué.
—Mira, Hale. Llevas dos años aquí y eres buena.
Mejor que buena. Pero tienes una tendencia que quiero que vigiles: te enganchas a los pacientes que no entiendes del todo.
No es necesariamente malo, la curiosidad clínica bien dirigida es lo que hace a un buen psiquiatra.
Pero hay una línea entre la curiosidad clínica y otra cosa, y tú todavía no sabes muy bien dónde está esa línea.
Marlow pasó el peso de un pie al otro. Odiaba eso.
—No voy a volver a verle —dijo despacio—. Era un paciente de urgencias de una sola noche.
—Eso espero —dijo Penrith, y bebió un trago de su té—. Ahora cuéntame de verdad lo del paciente con ideación suicida, que es por lo que te pago la supervisión.
• • •
Se equivocaba, claro. O Penrith se equivocaba, o el universo tenía un sentido del humor particularmente cruel, porque tres semanas después, un jueves, Holt Calloway apareció en la lista de pacientes de la consulta externa de psiquiatría del Saint Aurelia, derivado por su médico de cabecera por insomnio persistente y, según la nota de derivación, episodios de lo que el médico de familia había descrito vagamente como flashbacks.
Marlow vio el nombre en la pantalla del ordenador y se quedó mirándolo más tiempo del necesario.
—¿Algún problema con el siguiente paciente? —preguntó Connie, la auxiliar administrativa de la planta, asomando la cabeza por la puerta.
—No. Ningún problema. —Marlow cerró la pestaña y volvió a abrirla—. ¿Está fuera?
—Lleva diez minutos sentado sin decir una palabra. He intentado darle conversación y me ha mirado como si le hubiera preguntado por su talla de calzoncillos.
La guiñó un ojo y Marlow sonrió sin demasiadas ganas.
—Hazle pasar.
Cuando Holt entró en la consulta, llevaba la mano derecha sin vendaje, con la cicatriz todavía rosada cerrando la herida en una línea limpia.
Vestía de manera distinta a como Marlow lo recordaba: una chaqueta de lana gris, sin la urgencia desaliñada de la noche en urgencias, como si hubiera tenido tiempo de prepararse para aquella cita de un modo en que no se había preparado para la pelea con la pared.
Se quedó parado en el umbral medio segundo de más.
—Doctora Hale —dijo—. No esperaba que la psiquiatra de guardia y la psiquiatra de consulta externa fueran la misma persona.
—Residente de psiquiatría, técnicamente, todavía. Y el mundo de la medicina es más pequeño de lo que parece, sobre todo en Denver. Siéntese, por favor.
Él se sentó en la silla frente a su escritorio, no en el sofá que había contra la pared, lo cual Marlow anotó mentalmente: la gente que elegía la silla en vez del sofá solía querer mantener cierta distancia formal, una mesa de por medio, algo sólido entre ellos y la persona que iba a hacerles preguntas.
—¿Quiere que pida que me asignen a otro médico? —preguntó Marlow—. Es perfectamente razonable si le incomoda que ya nos conociéramos.
—¿Le incomoda a usted?
—Le he preguntado yo primero.
—No me incomoda. —Se recostó en la silla—. De hecho, prefiero no tener que repetir la mentira del vaso roto delante de alguien nuevo.
—Entonces ya sabe que esto empieza distinto a la mayoría de las primeras consultas.
—Empieza con usted sabiendo que le mentí.
—Empieza con usted sabiendo que yo lo sé. No es lo mismo.
Algo cruzó la cara de Holt, una especie de reconocimiento breve, casi divertido.
—Es buena en esto.
—Llevo dos años de residencia. Todavía estoy aprendiendo.
—Pues no se lo note a la gente.
Marlow cogió su bolígrafo y abrió la carpeta con la nota de derivación.
—Su médico de cabecera menciona insomnio y episodios de flashback. ¿Quiere contarme con sus propias palabras qué está pasando?
—¿Tiene que ser con mis propias palabras? Pensaba que ustedes preferían diagnosticarnos con las suyas.
—Las mías solo sirven para escribir el informe después. Las primeras tienen que ser las suyas, o no sirve de nada.
Holt se quedó mirando un punto indeterminado de la pared detrás de ella, donde había un cuadro pequeño con un paisaje de las Rocosas que Marlow había heredado de la consulta anterior y que nunca se había molestado en cambiar.
—No duermo bien desde hace meses. Cuando duermo, sueño con cosas que ya pasaron, pero las sueño como si estuvieran pasando ahora. Y a veces, despierto, en mitad del día, me encuentro en sitios sin saber muy bien cómo he llegado hasta ahí. No mucho tiempo. Minutos. Pero suficiente para que sea raro.
—¿Cuánto hace que pasa esto?
—Cinco meses, más o menos.
—¿Pasó algo hace cinco meses?
Holt no contestó enseguida. Cruzó los brazos, un gesto defensivo que Marlow reconocía bien, y por primera vez desde que había entrado en la consulta, pareció más joven de lo que era, como si los treinta y dos años se le hubieran caído de encima por un segundo.
—Pasaron muchas cosas hace cinco meses.
—¿Quiere contarme alguna?
—No hoy.
Marlow no insistió. Apuntó algo en la carpeta y levantó la vista.
—Está bien. No hoy. Pero antes o después tendremos que hablar de lo que pasó, porque el insomnio y los flashbacks no salen de la nada, señor Calloway. Salen de algún sitio muy concreto, y mi trabajo es ayudarle a llegar hasta ahí sin que le destroce por el camino.
—Qué reconfortante.
—No estoy aquí para reconfortarle. Estoy aquí para que mejore. A veces son la misma cosa, a veces no.
Él la miró entonces con una intensidad distinta a la de la noche en urgencias, algo más quieto, más deliberado.
—¿Por qué dejó usted que la viera coserle la mano sin decirle que era psiquiatra hasta que se lo pregunté?
—No me lo preguntó. Se lo dije yo, al principio, antes de empezar a curarle.
—Es verdad. —Sonrió ligeramente—. Lo había olvidado. O quizás quería olvidarlo.
—¿Por qué querría olvidarlo?
—Porque es más fácil hablar con un médico cualquiera que con alguien que después va a sentarse delante de ti durante una hora a la semana intentando descifrarte.
—¿Es eso lo que cree que voy a hacer? ¿Descifrarle?
—¿No es su trabajo?
—Mi trabajo es escuchar lo suficiente para que usted mismo se descifre. Yo solo hago las preguntas.
Quedaron en verse semanalmente, los jueves a las cuatro de la tarde, una hora que Connie anotó en la agenda con una mirada que Marlow prefirió no interpretar.
Antes de irse, Holt se detuvo en la puerta, con la mano en el marco, en un gesto que repetiría, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, durante meses.
—Doctora Hale.
—¿Sí?
—El cuadro era de verdad feo. Por si seguía dudándolo.
Y se fue, dejándola con la sensación extraña de haber ganado algo pequeño en una partida cuyas reglas todavía no conocía del todo.