El peso de lo que callamos Capítulo 1
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El peso de lo que callamos

El peso de lo que callamos

Por R.R. Sallow

© inepub.com

Capítulo 1

La sala de urgencias del Hospital Saint Aurelia olía a alcohol etílico y a desinfectante, una combinación que Marlow Hale había dejado de notar hacía dos años, cuando empezó la residencia.

Eran las once y veinte de la noche de un martes de octubre, y llevaba puestas las mismas zapatillas blancas desde las siete de la mañana.

Tenía una mancha de betadine en el bolsillo de la bata que no se había molestado en limpiar.

—Hale, box tres —dijo Renata, la enfermera jefe del turno de noche, sin levantar la vista del ordenador—. Varón, treinta y dos años, herida abierta en el dorso de la mano derecha. Dice que se la cortó con un vaso.

—¿Dice?

—Dice. —Renata por fin la miró—. Viene oliendo a whisky y tiene los nudillos de la otra mano hinchados. Saca tus propias conclusiones.

Marlow cogió la tablilla con el historial y caminó hacia el box tres apartando la cortina azul con el dorso de la mano.

El hombre que estaba sentado en la camilla no se parecía a ninguno de los pacientes que solía atender.

Llevaba una camisa de franela arremangada hasta el codo, vaqueros oscuros y una herida que sangraba despacio sobre una gasa que alguien le había dado en triaje y que él sostenía mal, como si no le importara demasiado contener la sangre.

—Buenas noches —dijo Marlow—. Soy la doctora Hale, residente de psiquiatría, pero esta noche estoy de rotación en urgencias. Voy a coserle eso.

Él levantó la cabeza. Tenía el pelo oscuro, demasiado largo para la temporada, y unos ojos de un gris muy claro que parecían fuera de lugar en una cara que, por lo demás, era completamente vulgar: pómulos normales, mandíbula normal, una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda que tampoco era nada del otro mundo.

Lo único que distinguía a aquel hombre del resto de la sala era la manera en que la miraba, como si estuviera calculando algo.

—Psiquiatría —repitió él—. ¿Y le dejan coser?

—Me dejan hacer de todo el primer año. Forma parte de la gracia.

—Holt Calloway —dijo, y le tendió la mano izquierda porque la derecha estaba ocupada sangrando—. No hace falta que me psicoanalice mientras me cose, doctora.

—No es mi trabajo psicoanalizar a nadie esta noche, señor Calloway. Mi trabajo es que no se le infecte la mano. Enséñemela.

Él retiró la gasa. El corte era limpio, de unos cinco centímetros, justo en el dorso, entre el segundo y el tercer metacarpiano. Demasiado limpio para haber sido un vaso roto al azar.

—¿Le importa si le pregunto qué pasó de verdad? —dijo Marlow mientras preparaba el campo estéril—. No voy a escribirlo en ningún sitio que le perjudique. Solo necesito saber si hay riesgo de cuerpo extraño.

—Le pegué a una pared.

—Las paredes no suelen cortar tan limpio.

—Esta tenía un marco de cuadro colgado. Un cuadro feo, además. Hice un favor al mundo.

Marlow no se rio, pero algo en la comisura de su boca se movió hacia arriba. Empezó a limpiar la herida con suero, despacio, sintiendo cómo él se tensaba bajo sus dedos cada vez que el algodón rozaba el borde de la piel abierta.

—¿Le duele?

—No tanto como debería.

—Eso no es buena señal.

—Ya me lo han dicho.

Ella levantó la vista un segundo. Él no apartó la mirada.

Había algo en su tono, una especie de familiaridad con el dolor que no encajaba con un hombre que se había peleado con una pared por culpa de un cuadro feo.

Marlow había pasado los últimos dos años aprendiendo a distinguir el sarcasmo del síntoma, y aquello sonaba más a lo segundo.

—¿Quién le ha traído esta noche?

—Nadie. He venido conduciendo.

—¿Con la mano así?

—Con la izquierda —dijo y se la mostró y hasta se permitió dibujar una sonrisilla en los labios—. Tengo carné de las dos.

Ella puso los ojos en blanco.

—Eso es ilegal y temerario, por si no lo sabía.

—Soy consciente de las dos cosas, doctora.

Marlow infiltró el anestésico local en los bordes de la herida y esperó los minutos necesarios mientras anotaba en el historial.

Treinta y dos años. Sin alergias conocidas, según él.

Sin antecedentes que constaran en el sistema del hospital, lo cual, en una ciudad como Denver, donde la mayoría de los habitantes acababan pasando por Saint Aurelia tarde o temprano, era en sí mismo un dato curioso.

—¿Es la primera vez que viene a este hospital?

—La primera vez que vengo a cualquier hospital en mucho tiempo.

—¿Cuánto es mucho tiempo?

—Doctora Hale. —Dijo su nombre despacio, con un tono ronco y pausado manteniendo la mirada en ella. Sonaba a advertencia—. Me está psicoanalizando.

—Le estoy cosiendo la mano y manteniendo una conversación. Son cosas distintas.

—Para usted, seguro.

—¿Tiene algún problema con los psicologos?

—Ninguno.

—Ya.

Cuando empezó a suturar, él no apartó la mirada de la aguja.

La mayoría de los pacientes miraban hacia otro lado, hacia el techo, hacia el móvil, hacia cualquier cosa que no fuera la prueba física de que su cuerpo se estaba abriendo y cerrando bajo manos ajenas.

Holt Calloway miraba el punto exacto donde la aguja entraba y salía, con la misma atención con que otra persona miraría una película.

—¿No le incomoda mirar?

—Me incomodan más otras cosas.

—¿Como cuáles?

—Las preguntas con trampa de las residentes de psiquiatría a las once de la noche cuando ya hemos llegado al acuerdo de nada de psicoanálisis.

Marlow no respondió; dio el quinto punto y cortó el hilo. Eran ocho en total, una herida que cerraría bien, sin necesidad de cirugía plástica, sin daño tendinoso visible. Le vendó la mano con cuidado, comprobando el rango de movimiento de los dedos.

—¿Puede moverlos todos?

Él flexionó el índice, el corazón, el anular, el meñique. Todos respondieron.

—Funcionan.

—Bien. Antiinflamatorios si le duele, antibiótico tópico dos veces al día, y vuelva si ve la zona enrojecida, caliente o si tiene fiebre. Le doy de alta.

—¿Así de fácil?

—La mano sí. —Marlow se quitó los guantes y los tiró al contenedor—. Lo otro no es asunto mío esta noche.

—¿Lo otro?

Marlow se dio la vuelta para mirarlo muy seria.

—Estoy segura de que sabe de lo que estoy hablando.

—¿No me diga?

Marlow suspiró.

—Pero ya le he dicho que no es asunto mío.

Al menos no lo era en ese momento y dado su historial, suponía que si en algún momento era asunto de algún psiquiatra o psicólogo no sería en ese hospital.

Holt se quedó callado un momento, mirándola y Marlow le sostuvo la mirada sin vacilar. Podía percibir las dudas en su expresión y sabía que retroceder no era lo mejor en ese momento.

—¿Y si quisiera que fuera asunto suyo?

—Entonces tendría que pedir cita en consulta externa de psiquiatría, como todo el mundo, y esperar seis semanas como todo el mundo.

—Seis semanas es mucho tiempo.

—La vida es así de injusta a veces, señor Calloway.

Él sonrió, y fue la primera vez en toda la consulta que algo en su cara se relajó del todo.

No era una sonrisa grande, ni siquiera bonita en el sentido convencional, pero cambiaba por completo la forma de su expresión, como si hubiera estado sosteniendo algo pesado y, por un segundo, lo hubiera dejado en el suelo.

—Gracias por la mano, doctora Hale.

—De nada. Cuídese los nudillos de la otra también. Y las paredes con cuadros feos. Yo si fuera usted por muy feos que fueran los dejaría tal y como están. No merecen el esfuerzo.

Él volvió a sonreír y asintió con la cabeza.

Cuando salió del box, Renata la esperaba apoyada en el mostrador con los brazos cruzados.

—¿Y bien?

—Herida limpia, ocho puntos, alta con instrucciones.

—No me refiero a la mano, Hale.

Marlow no contestó enseguida. Apuntó algo más en el historial, una nota breve que no tenía estrictamente que ver con la sutura: paciente refiere causa de lesión incongruente con el patrón de la herida; afecto contenido; sin antecedentes psiquiátricos registrados en el sistema; valorar derivación si reincide.

—Nada —dijo finalmente—. Solo me ha parecido raro.

—Todo el mundo te parece raro, Hale. Es deformación profesional.

—Puede ser.

Pero cuando se fue a casa esa noche, conduciendo por la I-25 con la calefacción del coche puesta al máximo porque ya empezaba a refrescar bastante por la noche, no dejó de pensar en la manera en que Holt Calloway había mirado la aguja entrar y salir de su propia piel, como si el dolor fuera un idioma que conocía mejor que el resto de las personas en aquella sala.

•  •  •

Marlow vivía en un apartamento de un dormitorio en el barrio de Capitol Hill, encima de una tienda de discos de vinilo que cerraba a las nueve y cuyo dueño, un hombre de setenta años llamado Earl, le guardaba siempre los discos de Nina Simone que llegaban nuevos al fondo del cajón.

Cuando llegó eran casi las doce y media.

Su compañera de piso, Delphine, una enfermera de quirófano que trabajaba turnos opuestos a los suyos casi por sistema, había dejado una nota en la nevera: HAY SOPA. CÓMETELA. NO LA MIRES NADA MÁS.

Se comió la sopa de pie, frente a la encimera, mientras repasaba mentalmente la guardia.

Había sido un turno normal: dos intoxicaciones etílicas, una crisis de ansiedad que en realidad era un infarto disimulado, tres laceraciones, una fractura de tobillo de un hombre que había intentado bajar las escaleras de su casa con patines. Y Holt Calloway.

No era inusual que un paciente se le quedara grabado.

Llevaba dos años formándose como psiquiatra precisamente porque había algo en las personas rotas que la atraía más que cualquier otra cosa: la manera en que el dolor se disfrazaba, los lenguajes que inventaba la gente para no decir lo que de verdad sentía.

Pero normalmente ese interés se quedaba en el terreno profesional.

Holt Calloway era distinto. Holt Calloway la había mirado como si supiera algo sobre ella que ni siquiera ella misma sabía todavía.

Apartó el pensamiento, lavó el cuenco y se fue a la cama.

Tenía turno de consulta a las ocho de la mañana siguiente, con el doctor Aldous Penrith, su supervisor, un hombre de sesenta y tantos años que llevaba treinta ejerciendo y que tenía la costumbre de hacer silencios larguísimos durante las sesiones de supervisión, como si esperara que el silencio le sacara a Marlow algo que ella no sabía que llevaba dentro.

No soñó con Holt Calloway esa noche, aunque a la mañana siguiente, mientras se duchaba, se sorprendió pensando en sus manos: la derecha vendada, la izquierda con los nudillos hinchados, y se preguntó contra qué pared de verdad había golpeado, y si el cuadro feo había sido invención suya o si de verdad existía, colgado en algún apartamento de Denver, con el cristal roto y una mancha de sangre seca en el marco.