Capítulo 37 El hombre que vuelve #2
En Los Robles, la nota llegó mientras Constanza y Mercedes revisaban telas en la sala.
La casa estaba en esa fase extraña del compromiso no plenamente convertido en boda: había conversaciones sobre ropa que aún fingían ser inventarios, consultas sobre Las Higueras disfrazadas de visitas prácticas y una vigilancia constante para que el pueblo no se adelantara a la intimidad de las familias.
Cuando Karl entregó la nota, Mercedes la tomó primero por costumbre y luego se la dio a Constanza sin abrirla.
—Es para la casa —dijo Karl—. De Anselmo.
La mano de Constanza no tembló tanto como esperaba.
Tal vez porque había temblado ya durante semanas.
Leyó la nota en voz alta, con Mercedes y Fernando presentes.
Rosa apareció en la puerta de la cocina antes de que terminara la primera línea.
Josefina, desde el corredor, no fingió desinterés.
Amparo no estaba; una providencia menor.
Fernando fue el primero en hablar.
—Es correcto.
Mercedes tomó la nota y la leyó otra vez.
—Demasiado correcto para no estar dolido.
—Eso no lo vuelve falso —dijo Constanza.
—No. Lo vuelve más difícil.
Rosa cruzó los brazos.
—Si va a venir, que venga a la luz. Y que coma algo si se queda, aunque no sé si esa clase de visita traga bien.
Fernando miró a su hija.
—La decisión es tuya.
No dijo “y de Rodrigo”. No dijo “con permiso de”. Dijo tuya. Pero todos sabían que la limpieza exigía otra cosa. Constanza dobló la nota.
—Quiero verlo —dijo—. No para cambiar nada. Para no convertir su regreso en sombra. Rodrigo debe saberlo antes. Le mandaré recado a Las Higueras hoy mismo.
Mercedes asintió. Fernando también. Rosa hizo un gesto de aprobación con la barbilla, como si la casa hubiera recordado cerrar una puerta antes de que entrara polvo.
La nota para Rodrigo fue breve. Anselmo llegó hoy.
Pide venir mañana a presentar respetos. Quiero verlo a la luz y sin secreto.
No le pido permiso, pero sí quiero que lo sepa antes de que ocurra.
Si desea venir a Los Robles después de esa visita, lo espero.
C. Z. La escribió de una vez. No la corrigió.
Un muchacho la llevó por el camino de piedras.
Rodrigo la recibió en Las Higueras mientras revisaba con Teresa una lista de ropa blanca que, según él, ya había sido revisada tres veces y, según Teresa, apenas empezaba a revelar sus verdaderos defectos.
Leyó el recado de pie. Teresa no preguntó.
Esperó con la paciencia severa de las personas que saben que algunas noticias no deben arrancarse de la mano ajena.
—Llegó —dijo Rodrigo.
—Eso parece.
—Quiere verlo mañana. Ella quiere verlo. Me avisa antes.
Teresa dobló una sábana con precisión.
—Bien.
Rodrigo la miró, casi irritado por la falta de dramatismo.
—¿Bien?
—¿Preferiría que lo viera a escondidas? ¿Que fingiera no querer verlo y después mirara por ventanas? ¿Que usted se convierta en carcelero antes de casarse?
—No.
—Entonces bien.
Rodrigo caminó hasta la ventana. Las Higueras estaba viva alrededor: un peón cruzaba con una herramienta, Capitán dormía donde no debía, la cocina olía a pan ajeno que Teresa había decidido probar bajo protesta, y el campo seguía reclamando agua, cuentas y cercos.
Anselmo había llegado. El dolor que Rodrigo había imaginado durante meses no fue menor por haberlo previsto. Lo fue apenas más reconocible.
—No quiero ir mañana como guardia —dijo.
—Entonces no vaya durante la visita.
—Pero tampoco quiero parecer que me retiro por miedo.
—Después de la visita, vaya. O mande recado. Pero no haga teatro de confianza ni de dolor. Las dos cosas aburren cuando se sobreactúan.
Rodrigo soltó una risa sin alegría completa.
—Usted debería acompañarme a todas partes para impedirme ser ridículo.
—No alcanzaría el día.
La respuesta lo salvó de sí mismo lo justo.
Tomó papel y respondió a Constanza: Gracias por decírmelo antes.
Véalo a la luz, como dice. No iré durante esa visita para no convertirla en prueba.
Pasaré después, si usted aún quiere que vaya.
No desaparezco. R. O. Al sellar la nota, sintió que aquellas dos palabras —no desaparezco— eran para ella y también para él.
Entregó el papel a Segundo y volvió a la lista de ropa blanca.
Teresa lo hizo revisar fundas hasta que la tensión dejó de dominarle las manos.
Anselmo llegó a Los Robles la mañana siguiente, acompañado por Karl hasta la entrada del camino y luego solo.
No quería que su hermano funcionara como testigo de una herida que debía aprender a sostener.
La casa apareció entre árboles, igual y distinta.
El nogal seguía allí, más ancho quizá, o tal vez era él quien volvía más estrecho por dentro.
El galpón de trigo se veía a un lado, con tablas reparadas y sacos ordenados.
No miró demasiado tiempo. No era necesario negarse la memoria, pero tampoco arrodillarse ante ella.
Fernando lo recibió en el corredor. Estaba más erguido que en 1908, aunque no menos cansado. Los años entre ambos no habían sido muchos, pero ciertas deudas envejecen como décadas.
—Anselmo —dijo.
—Don Fernando.
Se dieron la mano. No hubo abrazo, ni falta hacía.
—Bienvenido de vuelta —dijo Fernando.
—Gracias.
Mercedes estaba en la sala. Lo saludó con una cortesía cálida y vigilante, una mezcla que solo las madres de hijas comprometidas dominan por instinto.
Rosa apareció detrás con una bandeja de agua y pan, mirándolo como si evaluara no al antiguo muchacho sino al hombre que sería capaz, o no, de comer sin hacer drama.
—El viaje debe dejar hueco en el estómago —dijo.
Anselmo recibió el vaso.
—Gracias, Rosa.
—Doña Rosa para los que vuelven de Alemania creyéndose muy grandes.
La frase cayó en la sala con un efecto inesperado. Fernando miró al suelo para ocultar una sonrisa. Mercedes cerró los ojos. Anselmo, después de un segundo de sorpresa, inclinó la cabeza.
—Doña Rosa.
—Mejor.
Esa pequeña corrección doméstica hizo más por devolverlo a la tierra que cualquier discurso. No era víctima ni héroe. Era un hombre que debía beber agua y respetar a quien había mantenido pan en esa casa mientras él aprendía lecciones en otro continente.
Constanza entró poco después. No venía vestida para escena.
Llevaba un vestido claro, sencillo, el cabello recogido sin adornos excesivos.
En la mano no traía cartas. Anselmo se puso de pie.
Durante un instante, todo lo que habían sido quiso ocupar la sala: el libro devuelto, la manzana, la noche clara, el galpón, el trigo, Hamburgo, las cartas.
Pero Constanza no era la muchacha detenida en esos momentos y él no era el muchacho que partía. Esa verdad se vio antes de decirse.
—Señor Brandt —dijo ella.
El tratamiento dolió y ordenó.
—Señorita Zúñiga.
Mercedes miró hacia el nogal.
—Pueden hablar bajo el árbol. La sala tiene demasiadas sillas para una conversación que no necesita fingir visita.
Fernando asintió. Rosa dejó la bandeja en la mesa.
—Y tomen agua. Hablar con la boca seca hace que la gente diga frases peores.
Salieron al patio. No fueron al galpón. Ninguno lo propuso. Bajo el nogal, la mesa esperaba con su madera marcada por tantas conversaciones que ya parecía menos un mueble que una especie de registro. Se sentaron frente a frente. La jarra de agua estaba allí, previsora y humilde.
Anselmo habló primero.
—Gracias por recibirme.
—Gracias por avisar antes de venir.
—No quería caer sobre su casa como si mi regreso tuviera derecho a escena.
—No lo tuvo.
La frase fue suave, pero no débil. Anselmo asintió. Miró la mesa. Recordó, sin querer y sin poder impedirlo, la tarde en que ella había leído una de sus primeras cartas con luz encima. Ahora la luz era otra.
—Recibí su carta en Hamburgo —dijo—. Le respondí. Tal vez mi respuesta llegue tarde, o quizá ya vaya en camino. No sé.
—No ha llegado todavía.
—Le decía que me dolió. Se lo digo también ahora. No para cobrarle, sino porque fingir otra cosa sería empezar mal esta conversación.
Constanza sostuvo la mirada.
—Lo sé. Y lamento el dolor, aunque no lamento haberle escrito.
—No debería lamentarlo. Me dio una verdad antes que un rumor. Eso no quitó el golpe, pero le quitó suciedad.
Una hoja cayó entre ellos. Ninguno la movió.
—¿Por eso volvió? —preguntó ella.
La pregunta no era acusación. Era necesaria.
—Volví porque debía volver a mi vida antes de que Hamburgo se convirtiera en excusa. Antes creí que volver significaba recuperar algo. Después de su carta entendí que volver, si valía algo, debía significar mirar lo que existe sin exigirle que se parezca a lo que yo guardé. No sé si lo haré bien.
—Nadie lo hace bien completo.
—Ilse diría algo parecido con menos compasión.
Constanza sonrió apenas al oír ese nombre.
—Ilse parece tener talento para decir lo necesario sin adornarlo.
—Demasiado talento.
La mención de Ilse no produjo celos ni amenaza. Produjo una especie de alivio extraño. Hamburgo no había sido solo distancia entre ellos; había sido también una vida donde Anselmo había encontrado alguien capaz de devolverle verdad sin ternura fácil.
—¿La planta? —preguntó Constanza.
Anselmo miró hacia sus manos.
—Quedó en Hamburgo. Viva, cuando partí. Ilse la cuida. No como altar —añadió, casi con vergüenza—. Ella habría detestado eso. Llevo conmigo un grano. Uno de los que quedaban.
No sacó el sobre. La conversación no necesitaba objeto entre ambos.
—Me alegra que la planta quedara viva —dijo Constanza.
—A mí también. Me costó no traerla.
—Habría sido arrancarla.
—Sí.
El silencio que siguió no fue vacío. Había en él una comprensión triste: no todo lo que se ama debe trasladarse para probar que importa. Algunas cosas viven precisamente porque no se las obliga a acompañar todos los regresos.
—Rodrigo sabe que estoy aquí —dijo Anselmo.
—Sí. Le escribí ayer.
—Gracias.
—No es cortesía hacia usted solamente. Es la vida que elegí. No quiero empezar escondiendo.