Capítulo 36 La carta en Hamburgo #4
El día antes de partir, Markus le entregó los últimos documentos con una corrección seca y un apretón de manos más largo de lo necesario. No se disculpó. Markus no era hombre de disculpas cuando podía ofrecer eficiencia. Heinrich, en cambio, llamó a Anselmo a la biblioteca.
—Dígale a su padre que llegamos tarde a algunas decencias —dijo el viejo—. Pero no todas tarde del todo.
—Se lo diré.
—Y si ve a Fernando Zúñiga, dígale que las cuentas antiguas no se borran por hablarlas, pero al menos dejan de mandar tanto desde la sombra.
Anselmo asintió. Pensó en Fernando, en Los Robles, en Rodrigo, en Constanza.
Volvería a una red distinta de la que dejó.
Ya no era hijo enviado a pagar promesas; no era amante secreto; no era novio esperado ni víctima legítima.
Era un hombre con una carta en el bolsillo, un grano en un sobre y una fecha que ya no podía usar para cobrar.
Ilse lo acompañó hasta la puerta la mañana del viaje. No al puerto. Eso fue decisión de ambos. Los puertos ya tenían suficiente teatro.
—Cuando llegue —dijo ella—, no busque primero lo que perdió. Mire lo que hay. Después verá si corresponde hablar.
—¿Y usted?
—Yo revisaré los contratos que Markus cree que solo usted entiende y cuidaré una planta que no debería importarme. También escribiré a Chile cuando tenga algo más interesante que decir que “los hombres se van y dejan papeles”.
Anselmo sonrió con tristeza.
—Usted debería ir algún día.
—Lo sé.
No fue promesa. Fue reconocimiento. Ilse extendió la mano.
Anselmo la tomó. No hubo beso, ni escena ambigua, ni sustitución apresurada de un amor por otro.
Había algo allí, sí: respeto, alianza, quizá una semilla de futuro que ninguno tenía derecho a nombrar todavía. Precisamente por eso no la nombraron.
—No desaparezca ahora por otro camino —dijo ella.
—Intentaré no hacerlo.
—No intente demasiado bonito. Hágalo.
Se despidieron así. Anselmo salió con su baúl, su abrigo y el sobre pequeño guardado en el bolsillo.
Hamburgo quedaba detrás sin haber sido solo cárcel.
También había sido lugar donde una parte de él aprendió a no usar la distancia como excusa.
El barco lo esperaba no como salvación, sino como medio de transporte, que era una reducción saludable.
En Los Robles, todavía no sabían que Anselmo había embarcado.
Constanza y Rodrigo, entretanto, hablaron con el padre Anacleto en privado, sin doña Elvira, lo cual exigió una coordinación casi militar entre Mercedes, Rosa y Teresa.
El compromiso se anunciaría después de que Frida confirmara el envío de la carta a Hamburgo y antes de que el pueblo inventara una versión más ruidosa.
No habría boda inmediata. Habría tiempo para que Las Higueras se preparara sin fingir que una casa se transforma de un día a otro, y para que Los Robles aprendiera a no vivir la partida de Constanza como pérdida total ni como pago saldado.
Rodrigo llevó a Constanza una tarde al borde del camino, no más allá, porque todavía cuidaban las formas. Allí, con la casa de ella a la espalda y Las Higueras al fondo, le dijo:
—Cuando Anselmo llegue, si quiere verlo, lo hablaremos.
Constanza miró las piedras del camino.
—No sé aún qué querré cuando llegue.
—Lo sé.
—Pero no quiero que su llegada sea secreto ni prueba.
—Entonces no lo será.
—¿Le dolerá?
Rodrigo soltó una risa baja, cansada.
—Ya me duele antes de ocurrir. Pero eso no significa que deba mandar.
Ella lo miró. Había en él una tristeza que no buscaba culpa y una firmeza que no pedía premio. Por eso pudo decirle:
—Elegí esta vida. No se lo diré todos los días como defensa contra cada miedo, pero necesito que lo sepa hoy.
Rodrigo no la tocó. Solo inclinó la cabeza.
—Lo sé hoy —dijo—. Mañana lo trabajaremos otra vez.
Esa respuesta le pareció mejor que cualquier juramento. El peso de la tierra no se levantaba de una vez. Se cargaba por días.
Semanas después, cuando el vapor dejó Hamburgo, Anselmo permaneció un rato en cubierta sin buscar una imagen final de la ciudad.
La niebla volvía difusas las bodegas, las grúas, los mástiles y las chimeneas.
En el bolsillo llevaba la carta de Constanza y el grano guardado en el sobre de Ilse.
No llevaba la planta. No llevaba derecho.
No llevaba promesa. Eso, que meses antes le habría parecido despojo, empezaba a parecer una forma severa de libertad.
Mientras el barco se movía, pensó en la frase que aún no había escrito a nadie: vuelvo sin saber qué lugar tengo, y quizá eso sea volver de verdad.
No la escribió. El viento habría secado la tinta demasiado rápido.
La guardó en la memoria, donde tendría que probarse contra cosas más duras que el papel: Valparaíso, Los Robles, Rodrigo, Constanza, Fernando, Frida, Otto, la tierra que no perdona del todo y tampoco olvida para siempre.
El mar se abrió frente al barco con una indiferencia antigua. Anselmo miró el agua y no pidió que lo absolviera. Por primera vez desde que había partido, no confundió movimiento con destino. El destino, si existía, no estaba en el barco. Estaba en la forma en que bajaría de él.