Capítulo 36 La carta en Hamburgo #3
Constanza visitó Las Higueras una semana después del sí, con Mercedes y Rosa, sin ceremonia y sin vestido nuevo.
Rodrigo las recibió en el corredor, pero no convirtió la visita en desfile de dueño feliz.
Teresa tomó el mando casi de inmediato: la ropa blanca debía airearse, la despensa requería reorganización, una gotera en la pieza del fondo seguía sin arreglo y había que decidir qué muebles de Clara debían mantenerse, moverse o usarse sin tanta reverencia.
Mercedes observó todo con ojos de madre, administradora y mujer que medía el sitio donde su hija quizá viviría.
Rosa fue directamente a la cocina y declaró que el pan de Las Higueras seguía mejorando, aunque no debía confiarse.
Constanza pidió ver la pieza de Clara otra vez. Rodrigo la acompañó hasta la puerta y luego se detuvo.
—¿Quiere entrar sola?
—Sí.
No le dolió que él aceptara. O le dolió bien.
Abrió la puerta y la dejó pasar. La pieza estaba ventilada, como la primera vez, pero menos detenida.
Una silla había cambiado de lugar. Sobre la mesa había una canasta con telas que Teresa había dejado allí porque la luz era buena.
El retrato pequeño no estaba en la pieza; seguía en la sala.
Constanza tocó el respaldo de la silla donde se había sentado meses atrás.
No pidió permiso en voz alta. Tampoco entró como dueña.
Se quedó unos minutos mirando la luz, las telas, el polvo mínimo en una esquina.
Clara no desaparecía porque ella hubiera dicho sí.
La memoria no obedecía al estado civil. Pero tampoco parecía expulsarla.
—No entro contra usted —dijo en voz baja, sintiéndose un poco ridícula y un poco honesta—. Entro si puedo aprender a no mentir dentro de esta casa.
Nadie respondió. Eso estuvo bien. Algunas conversaciones con los muertos no necesitan respuesta; solo necesitan no usarse como teatro.
Cuando salió, Rodrigo estaba al otro lado del corredor, no junto a la puerta. Esa distancia elegida le confirmó algo. Él no había escuchado. O había hecho lo posible por no hacerlo. Le agradeció sin decirlo.
—¿Está bien? —preguntó.
—No sé si bien. Está respirable.
Rodrigo recibió la palabra como quien reconoce un pacto.
—Entonces seguiremos ventilando.
En Los Robles, la carta a Anselmo ya había salido y la espera de su recepción comenzó a actuar de otra manera.
Constanza no dudó de su sí, pero sí sintió el duelo posterior.
Algunas mañanas despertaba con una ligereza inesperada al pensar en Las Higueras: Teresa enseñándole armarios, Rodrigo trabajando en el potrero, Capitán estorbando, una mesa donde sus libros podrían vivir sin pedir perdón.
Otras mañanas la alcanzaba el galpón de trigo: Anselmo con el puñado en la mano, la carta quemada, la promesa no hecha, la partida.
No tomó esas punzadas como señal de error.
Las tomó como parte del precio de haber elegido sin borrar.
Mercedes lo notó. No dijo “¿te arrepientes?”, porque había aprendido. Dijo:
—El duelo después del sí no invalida el sí.
Constanza, que estaba doblando una sábana en la sala, la miró.
—¿Eso lo aprendió dónde?
—En la vida. Tarde, como casi todo.
—A veces me siento cruel.
—Entonces revisa tus actos, no te quedes adorando el sentimiento. ¿Escribiste la carta?
—Sí.
—¿Fue limpia?
—Creo que sí.
—¿Rodrigo sabe que la escribiste?
—Sí.
—¿Estás usando a Anselmo para detenerte?
—No.
—Entonces no llames crueldad a que otro sufra por una verdad que no podías cambiar sin mentir.
Constanza siguió doblando. La sábana quedó mal alineada. Mercedes la corrigió sin comentario. Ese gesto, pequeño y doméstico, hizo más por su calma que cualquier abrazo. A veces una madre sostiene a una hija no consolándola, sino doblando con ella lo que no debe quedar torcido.
La respuesta de Anselmo a Constanza salió de Hamburgo a fines de febrero, casi al mismo tiempo que se confirmaba su embarque.
Frida la recibiría semanas después, pero eso pertenecía a otro tramo del camino.
Antes de cerrar su baúl, Anselmo hizo algo que no había previsto: separó la planta de trigo de la ventana.
No podía llevarla entera sin matarla probablemente.
Tampoco quería dejarla como reliquia abandonada en casa Hartmann.
Ilse lo encontró con la maceta en las manos y tierra sobre la mesa.
—Está pensando demasiado cerca de una planta —dijo.
—No puedo llevarla así.
—No.
—Si la dejo, parece que dejo todo.
—Si la arranca, quizá mata lo único que no le pidió nada.
Anselmo apoyó la maceta en la mesa. La hoja principal tembló apenas por el movimiento. Ilse tomó un pequeño sobre de papel, uno de los que usaban para semillas, y lo dejó junto a él.
—Cuando madure, si madura, guardaré lo que dé —dijo.
—¿Usted?
—Sí. No por romance ni por santuario. Por curiosidad agrícola y por terquedad. Algún día quizá vaya a Chile y podré devolverle a su tierra algo que aprendió a crecer aquí. O quizá no. Pero mientras tanto, la planta se queda donde está viva.
Anselmo la miró. Ilse, con las manos manchadas de tinta, el rostro cansado y la voz práctica, estaba ofreciéndole una forma de continuidad que no dependía de poseer.
—Gracias —dijo.
—No me agradezca demasiado. Si se muere, no aceptaré culpa poética.
—No la tendrá.
—Bien.
Anselmo abrió el pañuelo donde aún guardaba los otros granos. Tomó uno, no el último, y lo puso en el sobre vacío.
—Llevaré este —dijo.
—¿Como reliquia?
Pensó antes de responder.
—Como recordatorio de no convertirlo todo en reliquia.
Ilse pareció conforme.
—Ha mejorado.
—Eso suena a elogio pobre.
—Es el único tipo que doy sin arrepentirme.