Capítulo 35 El último jueves de enero #2
—Yo quise una vez a un hombre que tocaba guitarra en las trillas.
Muy bonito el condenado. Habría servido para mirar el cielo y pasar hambre.
Me casé con nadie porque la vida se me fue por otro lado, así que no le daré discurso de esposa sabia.
Pero aprendí esto: hay quereres que brillan más porque no tuvieron que levantarse al alba.
No por eso son mentira. Pero tampoco por eso son destino.
Constanza nunca había oído a Rosa hablar de un hombre propio. La revelación no venía con sentimentalismo ni invitación a preguntar más. Era un trozo de pan entregado: suficiente, no entero.
—¿Lo olvidó? —preguntó.
Rosa soltó una risa baja.
—Qué idea más de señorita. Una no olvida todo lo que no eligió. Aprende dónde ponerlo para que no se le queme la comida.
Constanza se quedó mirando la artesa. Rosa, que no soportaba exceso de solemnidad en su territorio, le entregó un paño.
—Ahora ayude a limpiar. Pensar parada sin hacer nada engorda los fantasmas.
El miércoles llegó carta de Presentación.
Era breve. Decía que iría a Los Robles el viernes, después de la respuesta, cualquiera fuera, “porque antes una hermana estorba y después una hermana sirve”.
Añadía una sola línea: “No confundas paz con falta de miedo. A veces una decisión correcta tiembla igual.” Constanza dobló la carta y la guardó junto a la lista.
Esa noche durmió mejor de lo esperado. No porque ya no tuviera miedo, sino porque el miedo había dejado de correr en todas direcciones. Tenía una puerta frente a sí.
El último jueves de enero amaneció con calor bajo, de esos que empiezan en la tierra antes que en el aire.
Los Robles se movió con una sobriedad casi ceremonial, aunque nadie nombró ceremonia alguna.
Mercedes no eligió vestido por ella. Fernando no dijo consejo de última hora.
Rosa hizo pan y no obligó a Constanza a comer más de lo que pudo.
Josefina le apretó la mano al pasar junto a la sala, sin frase.
Amparo, por una vez, no preguntó nada antes de ser enviada a ayudar a doña Inés.
Esa abstención fue tan extraordinaria que Constanza la miró con gratitud. Amparo se encogió de hombros.
—No soy salvaje todos los días —dijo.
—No todos —concedió Constanza.
—Además Josefina me explicó que hoy si pregunto mucho puedo terminar castigada hasta que Anselmo llegue o no llegue, y eso es demasiado largo.
La lógica era imperfecta, pero eficaz. Constanza rió. Esa risa, antes de la respuesta, le hizo bien.
Subió a su pieza después del desayuno. Sacó la lista, las dos fechas y la carta posible para Anselmo.
Las puso sobre la mesa. Leyó primero lo que deseaba: una casa donde su pensamiento no fuera visita; no ser salvación ni reliquia; una vida que pudiera ensuciarse sin volverse mentira; querer sin pedirle al amor que le quitara la responsabilidad de elegir.
Después leyó la fecha de Hamburgo. Después, la de Rodrigo.
Finalmente tomó la carta posible a Anselmo y añadió al final, sin sellarla: “Después de hoy podré escribirle sin pedirle que me sostenga la mano desde el mar.” No sabía todavía si esa línea quedaría en la versión final. Pero escribirla le ordenó el pulso.
Miró las cartas antiguas de Anselmo. No las abrió.
Les puso la mano encima un momento, como quien se despide de una habitación sin odiarla.
Luego tocó las notas de Rodrigo, el grano de trigo que aún conservaba y la lista.
No había modo de que todas esas cosas dejaran de coexistir.
La respuesta no borraría nada. Tal vez esa era la parte más adulta: elegir sin exigirle al corazón que destruyera las pruebas de haber vivido antes.
Rodrigo llegó a media tarde. Venía como el primer jueves, sin flores, sin regalo, sin papel.
Esta vez, sin embargo, algo en su rostro no buscaba protegerse tanto.
Había miedo, sí, pero también una serenidad trabajada, probablemente a fuerza de cercos, cuentas y mandatos de Teresa.
Saludó a Fernando y Mercedes. Rosa apareció con la pregunta más importante de su protocolo.
—¿Comió?
—Sí, doña Rosa.
—¿Como persona o como hombre con nudo en el estómago?
Rodrigo miró un segundo a Constanza, luego respondió:
—Como hombre con nudo que obedeció a Teresa.
—Sirve.
Mercedes llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa. Fernando se aclaró la garganta. La tensión, tocada por Rosa, bajó lo suficiente para que todos pudieran respirar. Constanza agradeció en silencio esa manera de cuidar sin suavidad.
—Bajo el nogal —dijo ella.
Rodrigo asintió. Caminaron juntos. La mesa estaba limpia. Había una jarra de agua y dos vasos, puestos allí por Rosa antes de que nadie los pidiera. La sombra del árbol era más corta que otras veces. Enero estaba alto. Desde algún lugar lejano llegaba el ruido de una carreta, pero no se acercaba.
Se sentaron. Rodrigo no habló primero. Eso también era una forma de respeto: la pregunta ya estaba hecha; ese día pertenecía a la respuesta.
Constanza puso las manos sobre la mesa. No llevaba la lista, ni las cartas, ni los granos. Había pensado llevar algo y luego entendió que no. La respuesta debía salir de ella, no de un objeto capaz de actuar como testigo o defensa.
—He pensado estas semanas —dijo.
Rodrigo no sonrió. Solo escuchó.
—He pensado en usted, en Las Higueras, en Clara, en Teresa, en Capitán, en Los Robles, en mi padre, en mi madre, en Rosa, en Presentación.
He pensado en Anselmo y en Hamburgo. He pensado demasiado en mí misma, lo cual no siempre mejora a una persona, pero a veces la obliga a hacerse cargo.
Hice una lista. No de razones para elegirlo a usted o no elegirlo, sino de la forma de vida que deseo.
Presentación me dijo que no escribiera primero el nombre de un hombre. Tenía razón.
Rodrigo sostuvo el silencio con dificultad. Se le notaba en la mandíbula, en los dedos quietos cerca del vaso.
—Lo que deseo —continuó Constanza— no es una vida sin dolor.
Eso ya no me parece posible ni, quizá, interesante.
Tampoco deseo una vida donde me salven. No quiero ser reparación de mi padre, ni recompensa por su paciencia, ni reemplazo de Clara, ni mujer que entra agradecida a una casa más firme.
Quiero una casa donde mi pensamiento no sea visita.
Quiero poder equivocarme sin que mi error se use para mandarme callar.
Quiero cuidar sin desaparecer. Quiero querer a un hombre sin pedirle que me quite la responsabilidad de haber elegido.
Rodrigo bajó la vista un instante. Tal vez porque la frase le daba esperanza y le pedía más de lo que una esperanza cómoda soporta.
—Las Higueras me da miedo —dijo ella.
—Lo sé.
—No. Escúcheme completo. Me da miedo porque la veo posible.
Si fuera solo techo conveniente, podría rechazarlo con orgullo.
Si fuera solo casa de Clara, podría decir que no pertenezco.
Si usted fuera menos decente, podría defenderme de usted.
Pero Las Higueras, con todo lo que pesa, respira.
Eso me asusta más que una casa cerrada. Una casa cerrada se rechaza.
Una respirable obliga a preguntarse si una puede vivir allí.
Rodrigo tomó el vaso de agua, pero no bebió. Lo sostuvo como si necesitara ocupar la mano.
—Anselmo vuelve —siguió Constanza—, o puede volver.
Su fecha está en papel. Lo amo todavía. No le diré otra cosa porque empezar una vida con usted escondiendo esa verdad sería una mentira demasiado grande.
Pero he mirado ese amor estas semanas y ya no sé si pide la misma vida que pidió en 1908.
A veces lo amo como se ama una puerta que una no cruzó y que por eso conserva la luz intacta.
A veces lo amo como se ama a un hombre real que tuvo la decencia de no reclamarme desde el mar.
Esas dos cosas no son iguales. Ninguna desaparece hoy.
Rodrigo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había dolor, pero también una atención firme.
—No necesito que desaparezcan hoy —dijo.
—Necesito que entienda algo antes de oír mi respuesta.
Si digo sí, no será porque Anselmo se atrasó, ni porque usted estuvo aquí, ni porque mi familia respire mejor con Las Higueras cerca.
Será porque elijo la vida que usted me ofrece sabiendo que no borra todo lo demás.
Y si digo sí, tendré que escribirle a Anselmo antes de que embarque, no para pedir permiso ni para explicarle cada rincón de mi corazón, sino para que no reciba por rumor una decisión que también toca la historia que compartimos.
—Lo acepto —dijo Rodrigo.
La respuesta salió ronca. No fácil. Por eso importó.
Constanza respiró. El momento exacto no tuvo grandeza externa.
Una hoja cayó sobre la mesa, rozó la jarra y quedó junto al vaso de Rodrigo.
La gallina que había interrumpido la pregunta días antes volvió a cacarear en algún punto de la casa.
Rosa, si la oía, quizá estaría orgullosa de que el mundo siguiera negándose a volverse cuadro.
—Entonces mi respuesta es sí —dijo Constanza.
Rodrigo no se movió. Durante un segundo pareció no haber entendido o no permitirse entender.
Después el aire salió de su cuerpo como si hubiera estado cargando un saco demasiado grande desde hacía meses.
No sonrió de inmediato. Se cubrió la boca con una mano y miró hacia la mesa.
Constanza vio que los ojos se le humedecían.
Él no los escondió del todo, pero tampoco hizo teatro con ellos.