Capítulo 35 El último jueves de enero
Durante las tres semanas que siguieron a la pregunta de Rodrigo, Los Robles aprendió una forma nueva de andar despacio.
No fue calma. La calma habría sido demasiado generosa.
Fue más bien una disciplina común, un cuidado de no empujar muebles, palabras ni miradas hacia el centro de la casa, donde todos sabían que había una respuesta pendiente.
El pan siguió saliendo del horno, las gallinas siguieron escapando con la misma estupidez de siempre, Fernando siguió revisando cuentas con don Eulogio, Mercedes siguió doblando telas que no necesitaban doblez nuevo y Rosa siguió mandando sobre la cocina como si ninguna pregunta matrimonial tuviera derecho a alterar el punto de la masa.
Pero debajo de cada gesto había una espera con fecha.
El último jueves de enero se acercaba como se acercan los cambios verdaderos: sin hacer ruido propio, pero modificando el modo en que todos escuchan los ruidos de siempre.
Rodrigo vino los jueves intermedios, tal como había dicho, y cumplió la regla de no traer argumentos.
El primero llegó con noticias del ternero enfermo, que había sobrevivido con una terquedad digna de Capitán, y con una consulta de Teresa sobre las cantidades de harina que habían quedado de las mezclas del Centenario.
No habló de la pregunta. Constanza tampoco.
Trabajaron con una lista, discutieron una medida, bebieron agua bajo el nogal y se despidieron con una formalidad menos fría que antes.
El segundo jueves vino más cansado, con una sombra bajo los ojos que la camisa limpia no alcanzaba a disimular.
Confesó, después de media hora de conversación sobre cercos, que casi no había venido porque temió que su presencia se volviera súplica.
Constanza le agradeció que hubiera venido y que lo dijera.
Esa tarde no hablaron de matrimonio, pero sí de orgullo, que a veces es la manera más honesta de hablar de matrimonio sin pronunciarlo.
Entre esos jueves, Constanza escribió mucho y mandó poco.
Escribió a Presentación y recibió respuesta rápida, porque Tomás había encontrado un mensajero que iba al pueblo por asuntos de su casa.
Presentación le decía que una respuesta no se prueba pensando solo en la mañana de decirla, sino imaginando el día siguiente, la semana siguiente y el primer enojo serio después de haberla dado.
“No me refiero a imaginar desgracias para huir”, escribía.
“Me refiero a imaginar la vida cuando ya no tenga música. Si aun así la idea respira, atiéndela. Si solo funciona mientras todos hablan bajo y te miran como protagonista, desconfía.” Constanza leyó esa línea varias veces.
Le molestó lo suficiente para volverse útil.
También escribió una carta a Anselmo. La primera versión era larga y estaba llena de explicaciones que se defendían antes de ser acusadas.
Le contaba la pregunta de Rodrigo, la fecha de respuesta, la lista, Las Higueras, Teresa, el temor de convertir el barco en juez, el grano brotado, la sensación de estar traicionando no a un hombre sino a una versión de sí misma que había aprendido a sufrir con cierta hermosura.
Al terminar, vio que no era una carta: era un tribunal.
Anselmo aparecía allí sentado como juez involuntario de una decisión que ella decía no querer entregarle.
Rompió la hoja antes de que Rosa pudiera hacer comentario alguno, aunque sospechó que Rosa habría adivinado el destino de ese papel solo por la forma en que crujió al romperse.
La segunda versión fue más breve y tampoco salió.
Decía: “Rodrigo me preguntó si aceptaría casarme con él. Responderé el último jueves de enero. No le pido nada con esta noticia. Solo no quiero que le llegue por otras bocas.” La leyó a la luz de la tarde y la encontró limpia en apariencia, pero no del todo.
Si la mandaba antes de responder, Anselmo recibiría una puerta entreabierta y una fecha que no podía habitar.
Su carta llegaría quizá cuando ella ya hubiera decidido, quizá cuando él estuviera por embarcar, quizá tarde, y aun así lo habría puesto a esperar una resolución que no le pertenecía.
La guardó una noche y la rompió al amanecer.
La tercera no hablaba de Rodrigo al comienzo.
Hablaba del trigo. “Supe que brotó el grano. No sé qué significa y quizá está bien que nadie lo sepa demasiado rápido.” Al escribir esa frase, sintió una calma distinta.
Luego añadió: “Si escribo de lo que ocurre aquí antes de decidir, convierto una carta en corredor donde no debo quedarme.” Esa fue la primera vez que una línea suya no buscó belleza ni defensa.
La dejó sobre la mesa, sin romperla, pero tampoco la selló.
Comprendió que había cosas que solo podrían escribirse después del último jueves.
No por ocultamiento; por orden. Una carta enviada antes podía parecer decencia y ser, en el fondo, otra forma de pedir que el mar le dijera quién era.
Mercedes la encontró una mañana con los papeles ordenados en tres pilas: cartas recibidas, cartas rotas, carta posible.
No preguntó cuál era cuál. Se sentó junto a la ventana con una labor y dejó que el silencio hiciera parte de su trabajo.
Constanza, que antes se habría irritado por esa presencia, la recibió con una fatiga casi agradecida.
—No sé si debo escribirle antes —dijo al fin.
—¿A Anselmo?
—Sí.
Mercedes no fingió sorpresa.
—¿Para qué?
La pregunta, tan simple, desarmó varias razones elegantes.
—Para que no se entere por otros.
—Eso puede hacerse después.
—Para no ocultarle que Rodrigo preguntó.
—También puede hacerse después.
—Para ser justa.
Mercedes dejó la aguja sobre la tela.
—La justicia no siempre consiste en decir todo cuanto antes. A veces consiste en no poner a otro a cargar una espera que no puede resolver. Si escribes antes de responder, ¿qué le das? ¿Verdad o inquietud?
Constanza miró la hoja posible. No quiso contestar de inmediato porque la respuesta ya estaba demasiado cerca.
—Inquietud —dijo.
—Entonces no la llames justicia todavía.
La frase fue dura, pero no cruel. Mercedes había aprendido a no envolver cada verdad en miedo. Constanza tomó la hoja y la dobló.
—¿Y si después parece que lo usé? —preguntó—. Si respondo a Rodrigo y recién entonces escribo a Anselmo, ¿no parecerá que guardé silencio para decidir tranquila y luego le mandé el resultado como una sentencia?
—Puede parecer muchas cosas. Las apariencias son trabajadoras incansables.
La pregunta es qué será. Si decides sin pedirle permiso, y después le escribes para que lo sepa por ti, eso no es usarlo.
Es reconocerlo sin entregarle el timón. Distinto sería decidir por miedo a su respuesta, o escribir para que te libere antes de elegir.
Constanza bajó la vista.
—Mi madre se volvió muy razonable últimamente. Es incómodo.
Mercedes tomó de nuevo la aguja.
—No te acostumbres demasiado. Puedo recaer.
La risa pequeña ayudó. Después quedaron calladas.
Afuera, bajo el nogal, la mesa estaba vacía, pero Constanza ya no podía mirarla como simple mueble.
Allí se había leído, preguntado, esperado, bebido agua, discutido deudas, recibido fechas.
Las mesas, como los caminos, terminan acumulando lo que se les confía.
Rosa tuvo su propia conversación con Constanza dos días antes del último jueves.
No la buscó en la sala ni en la pieza. La llamó a la cocina con el pretexto de revisar una masa que, según dijo, estaba “indecisa como gente fina”.
Constanza obedeció porque había aprendido que las metáforas de Rosa rara vez eran casuales.
—Mire —dijo la mujer, levantando el paño de la artesa—. Si se mete al horno antes de tiempo, queda pesada. Si se deja pasar, se agria. Y si una la toca cada cinco minutos para ver si ya decidió, la arruina con sus propias manos.
—¿Estamos hablando de pan?
—También.
Constanza observó la masa. Había crecido lo justo, suave en la superficie, con pequeñas burbujas bajo la piel.
—¿Y cómo sabe una el momento?
Rosa hundió dos dedos en el borde, no en el centro.
—No se sabe con campana. Se sabe porque una ha mirado bastante, porque conoce la harina y porque acepta que igual puede fallar un poco. Los panes perfectos son vanidad de gente que compra hecho.
Constanza respiró el olor a levadura. La cocina de Los Robles tenía una calidez que ninguna sala podía imitar. Allí las decisiones perdían parte de su adorno. Todo era materia: harina, agua, sal, calor, manos.
—¿Usted cree que debo decir que sí? —preguntó.
Rosa la miró como si hubiera preguntado si convenía echar el pan al pozo.
—No me haga cargar su respuesta, señorita.
—No intento eso.
—Un poco sí. Pero se le perdona porque está asustada.
Constanza aceptó el reproche.
—Entonces dígame otra cosa.
Rosa cubrió la masa de nuevo.
—Le diré lo que veo. Don Rodrigo no viene a sacarla de una casa como quien rescata una gallina del zorro.
Eso es bueno. Tampoco viene limpio de todo, porque ningún hombre con casa grande viene limpio.
Eso es verdad. Usted mira Las Higueras y no se le apaga la cara.
Mira Hamburgo y tampoco. Ahí está el problema.
Pero no todo querer pide la misma vida. A veces una cosa se guarda en el pecho y otra se pone en la mesa todos los días.
No porque una sea falsa. Porque no todo lo verdadero sirve para hacer pan.
Constanza sintió que esa última frase la golpeaba con una precisión casi dolorosa.
—¿Y lo que no sirve para hacer pan? —preguntó.
—No se bota por eso. Se guarda donde no pudra lo demás. O se reza. O se escribe. O se llora cuando toque. Pero no se pone a mandar la cocina si no alimenta a nadie.
Rosa se limpió las manos en el delantal y, después de una pausa, añadió: