El peso de la tierra Capítulo 34 El primer jueves de enero #4
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Capítulo 34 El primer jueves de enero #4

—En general, patrona.

Josefina soltó una risa breve desde el corredor. Fernando, sorprendentemente, también. La casa necesitaba esa salida. De lo contrario, la emoción habría quedado demasiado alta para sostenerse con dignidad.

Rodrigo se despidió poco después. No se quedó a comer.

Mercedes ofreció por forma; él agradeció y dijo que Teresa lo esperaba con asuntos de casa.

Constanza comprendió que era verdad y también prudencia.

La pregunta no debía convertirse de inmediato en sobremesa.

Lo acompañó hasta el corredor. No bajó los escalones.

—Volveré el jueves próximo —dijo.

—Si quiere venir.

—Quiero. Y si algún día no puedo venir bien, escribiré.

—Bien.

Rodrigo se puso el sombrero.

—No traeré argumentos.

—Traiga usted mismo. Con eso habrá bastante.

La frase le produjo una emoción visible.

La recibió, esta vez, no como promesa sino como permiso de presencia.

Montó y tomó el camino a Las Higueras. Constanza lo miró alejarse.

El caballo avanzó sin prisa. Las piedras del tramo compartido no parecieron solemnes ni nuevas.

Solo sostuvieron el paso, que era lo que se les pedía.

Cuando Rodrigo llegó a Las Higueras, Teresa estaba en el corredor con una canasta de ropa y Capitán echado a sus pies. Lo miró una sola vez.

—Preguntó —dijo.

—Sí.

—¿Respondió?

—El último jueves de enero.

Teresa asintió.

—Buena fecha. Le da tiempo para no volverse insoportable si se ocupa.

—¿Eso era consuelo?

—Era plan de trabajo.

Segundo apareció desde el patio con un recado sobre una yunta.

Rodrigo lo escuchó, respondió y se dio cuenta de que Teresa lo había organizado sin decirlo: nada de entrar a su pieza a repasar cada palabra hasta pudrirla.

Cercos, animales, cuentas, harina, peones.

La vida de Las Higueras seguía exigiendo al hombre que acababa de preguntar por su futuro. Eso lo salvó un poco.

En Los Robles, Constanza subió a su pieza después de almuerzo.

Abrió el cajón y sacó la hoja de las fechas.

Debajo de Primer jueves después de Año Nuevo escribió: Rodrigo preguntó.

Preguntó bien. No como salvador, no como rival, no como dueño.

Debajo de Último jueves de enero añadió: responder.

Luego dudó y escribió una palabra más: mía.

No abrió las cartas de Anselmo todavía. No por miedo.

Porque el día pertenecía a la pregunta que acababa de ocurrir y mezclarlo todo en la misma hora sería falta de respeto a ambas verdades.

En la tarde, quizá, escribiría a Presentación.

Mañana, quizá, pensaría en si correspondía escribir a Hamburgo antes de la respuesta o después.

No hoy. Hoy la pregunta debía asentarse como harina recién mezclada, sin meterla al horno por impaciencia.

Al anochecer, Amparo regresó de casa de doña Inés con más información de la que probablemente había recibido y menos obediencia de la prometida. Entró a la sala, miró a todos y preguntó:

—¿Entonces el perro Capitán puede empezar a considerarse casi familia o todavía no?

Por primera vez en el día, la risa fue general. Incluso Mercedes rió. Incluso Fernando. Rosa declaró que ese perro había conseguido más lugar en la conversación familiar que varios cristianos respetables. Constanza rió también, con una ligereza que no resolvía nada y por lo mismo era necesaria.

Esa noche, antes de dormir, escribió a Presentación.

Le contó poco de la forma exterior y mucho de la interior.

Rodrigo había preguntado. Ella no había respondido.

Respondería el último jueves de enero. No porque el barco dejara de importar, sino porque el barco no podía ser juez.

Le escribió que la pregunta no le había parecido encierro, sino vida, y que eso la asustaba más honestamente.

Le escribió que, por primera vez, entendía que un sí no sería descanso ni un no sería pureza.

Ambos tendrían consecuencia. Ambos la obligarían a vivir con la mujer que eligiera ser.

Al final añadió: “No sé todavía qué responderé. Pero hoy no estoy escondida. Eso tendrá que bastar por esta noche.”

Dejó secar la tinta. Luego abrió la ventana.

Enero entró tibio y oscuro. En Las Higueras, Rodrigo estaría quizás revisando una cuenta que Teresa le puso delante para impedirle enfermar de espera.

En Hamburgo, Anselmo seguiría cerrando papeles con una fecha propia en el horizonte, sin saber que al otro lado del mar su carta había obligado a otra pregunta a ponerse de pie.

En Los Robles, la casa dormía alrededor de una respuesta pendiente que ya no era niebla, sino camino con día marcado.

Constanza apagó la lámpara. No había dicho sí.

No había dicho no. Pero había hecho algo que, para ella, quizá era más difícil: permitió que le preguntaran sin entregar la decisión al miedo.

El último jueves de enero esperaba al otro lado de tres semanas.

No como amenaza. Como una puerta que ella misma había aceptado mirar de frente.