Capítulo 34 El primer jueves de enero #3
—Tampoco le digo sí todavía. Y necesito que esa falta de sí no se convierta en una sala donde usted venga cada jueves a esperar como si yo ya lo hubiera recibido a medias.
—Bien.
—Quiero responderle antes de que Anselmo embarque, si la fecha de su carta se mantiene.
No porque tenga que ganarle al barco, ni porque yo quiera quitarle a Anselmo el derecho de llegar con una verdad propia.
Quiero hacerlo antes porque si espero hasta que el barco decida por mí, habré faltado a lo que yo misma escribí.
La fecha de Hamburgo no puede ser mi única medida.
Mi respuesta debe nacer aquí, antes de que el mar entre a la casa.
Rodrigo la miró con atención dolorosa.
—¿Cuándo?
Constanza respiró. La fecha estaba en su bolsillo, pero la había elegido antes de tocar el papel.
—El último jueves de enero.
El límite quedó en la mesa. No era inmediato. No era indefinido. Rodrigo lo recibió como se recibe una carga pesada que al menos tiene bordes.
—El último jueves de enero —repitió.
—Sí.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces no quiero que usted corte sus visitas como castigo ni que las mantenga como si nada hubiera cambiado.
Venga los jueves si quiere venir, pero no a convencerme.
No traiga méritos nuevos. No arregle un camino, un techo o una vida para inclinar la balanza.
No me regale nada que parezca argumento.
Hablemos si podemos hablar. Trabajemos si hay que trabajar.
Si necesita no venir alguna semana para no hacerse daño, dígalo. No lo llamaré abandono.
Rodrigo bajó la vista. La petición era justa y difícil. Constanza lo sabía.
—Vendré —dijo al fin—. Pero si algún jueves siento que venir sería convertirme en súplica, se lo diré antes. No desapareceré sin nombre.
—Eso le pido.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Sí.
—¿Qué necesita mirar de aquí al último jueves?
Constanza agradeció que no preguntara “qué falta para que diga sí”. La diferencia importaba.
—Necesito mirar mi deseo sin la urgencia de aliviar a nadie.
Necesito escribir a Presentación y quizá hablar con mi madre sin defenderme de ella antes de oírla.
Necesito volver a Las Higueras una vez más, pero no como prueba de su bondad.
Como casa donde podría vivir. Necesito decidir si debo responder a Anselmo antes de darle a usted respuesta.
No para pedirle permiso, sino para no dejar una carta suya con fecha sin palabra mía.
Rodrigo apretó apenas los dedos sobre la mesa.
—Eso último me cuesta.
—Lo sé.
—Pero lo entiendo.
—No tiene que gustarle.
—No me gusta.
—Gracias por no fingir.
Él respiró con una risa mínima, más cansancio que humor.
—Estoy aprendiendo que fingir nobleza cansa más que decir una verdad fea con cuidado.
—También duele menos después.
—A veces.
El silencio que siguió fue más liviano que el anterior, no porque hubiera menos en juego, sino porque la pregunta ya había dejado de amenazarlos desde el futuro. Estaba dicha. No podía volver a guardarse. Eso, por sí solo, cambió la forma del día.
—Hay algo más —dijo Constanza.
Rodrigo levantó la vista.
—Si mi respuesta fuera sí el último jueves, no quiero compromiso público inmediato al día siguiente.
Necesitaría hablar con Anselmo si llega, o escribirle si aún no embarca, no para pedirle nada, sino para no dejarlo recibir mi vida por boca de otros.
Y necesitaría que Las Higueras y Los Robles sigan con cuentas claras.
Nada de empezar a mover dinero, animales, sacos o favores como si la respuesta hubiera autorizado mezclas.
Rodrigo escuchó con seriedad. Si la palabra sí le produjo un golpe de esperanza, lo contuvo lo suficiente para no ensuciar la condición.
—Lo acepto —dijo.
—¿Todo?
—Sí. Si usted me dice sí, no quiero que lo primero que hagamos sea convertir la alegría en desorden.
Hablaremos con su padre y su madre. Después con Teresa.
Después, cuando corresponda, con la parroquia y el pueblo, aunque doña Elvira seguramente intentará saltarse todos los después.
Y Anselmo deberá saberlo por una vía limpia.
Me dolerá que usted le escriba, pero me dolería más ser parte de una vida empezada con una noticia escondida.
Constanza sintió que esa respuesta movía algo dentro de ella. No era la esperanza de Rodrigo lo que la conmovía, sino su voluntad de no exigirle una crueldad para tranquilizarlo.
—Y si mi respuesta fuera no —dijo ella.
Rodrigo no se apartó. Se obligó a quedarse.
—Entonces me lo dirá con la misma claridad.
No me deje esperando por piedad. No me diga no como quien pide perdón por existir.
Yo tendré que retirarme un tiempo. No sé cuánto.
Seguiré honrando los tratos de las casas, pero no podré venir los jueves como si mi pregunta no hubiera existido.
El camino seguirá. Mis visitas no. Al menos por un tiempo.
La frase dolió. Tenía que doler. Constanza la aceptó porque volvía libre el sí: el no tenía consecuencia, pero no venganza.
—Eso es justo —dijo.
—No sé si seré justo en todos mis sentimientos. Pero intentaré serlo en mis actos.
—A veces es lo más que se puede pedir.
Rodrigo asintió. Luego miró hacia la casa.
—¿Quiere que les diga a sus padres que pregunté y que responderá el último jueves?
—Sí. Lo diremos juntos.
La palabra juntos salió antes de que ella pudiera medirla. Rodrigo la oyó. No la tomó como promesa. Pero la oyó. Esa contención le costó; se le vio en el modo en que bajó la mirada y volvió a levantarla con cuidado.
—Juntos entonces —dijo.
Se levantaron. Antes de caminar hacia la casa, Constanza se detuvo.
—Rodrigo.
Él volvió hacia ella.
—Yo no sé aún mi respuesta completa. Pero sí sé algo que quiero que tenga antes de irse hoy.
El rostro de Rodrigo se tensó apenas.
—Lo escucho.
—Su pregunta no me dio miedo como encierro. Me dio miedo como vida. Eso no es lo mismo.
Por primera vez en toda la mañana, Rodrigo sonrió. No con alegría abierta, sino con algo más humilde, casi quebrado.
—No —dijo—. No es lo mismo.
Entraron a la sala. Mercedes estaba sentada con una costura que claramente no había avanzado.
Fernando permanecía de pie junto al escritorio, y Rosa estaba en la puerta de la cocina, demasiado presente para fingir ocupación.
Josefina había regresado antes de lo esperado y se escondía mal junto al corredor.
Amparo, por fortuna o por cálculo de Mercedes, seguía ausente.
Rodrigo habló primero.
—Pregunté —dijo.
Fernando miró a Constanza, no a él.
—Y yo responderé el último jueves de enero —dijo ella—. No hoy. Tampoco después del barco. Esa fecha es mía.
Mercedes cerró los ojos un segundo, como si la frase hubiera hecho algo que ella no sabía pedir sin estropearlo. Fernando asintió despacio.
—Entonces respetaremos esa fecha —dijo.
Rosa cruzó los brazos.
—Y hasta entonces nadie va a andar comiendo como pajarito ni mirando por ventanas como ánima. Lo digo en general.
—Rosa —dijo Mercedes, aunque sin fuerza real.