El peso de la tierra Capítulo 34 El primer jueves de enero #2
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Capítulo 34 El primer jueves de enero #2

Constanza miró a su madre largo rato. Mercedes, que años atrás habría vestido el miedo de instrucciones sociales, acababa de devolverle derecho a no parecer estatua.

—¿Usted estaba serena cuando se casó con mi padre?

Mercedes soltó una risa breve, casi incrédula.

—No. Estaba joven, asustada y bastante convencida de que la vida iba a obedecerme más de lo que obedeció. También tenía menos palabras para decirlo. Quizá por eso empujé tantas después.

—¿Se arrepiente?

La pregunta salió antes de que Constanza la midiera. Mercedes no se ofendió. Miró hacia los potreros, hacia una línea de bueyes lentos a lo lejos.

—Me arrepiento de cosas que hice dentro del matrimonio, no del matrimonio como si hubiera sido una puerta equivocada única.

Tu padre y yo hemos tenido años torpes, años duros, años en que el silencio comió demasiado.

También hemos tenido esta mesa, estas hijas, este aprendizaje tardío que no esperaba.

La vida no permite arrepentimientos limpios.

Una quisiera decir “sí” o “no” sobre todo lo vivido, pero casi siempre debe separar sacos.

Separar sacos. La frase, que había empezado como observación comercial, se había vuelto gobierno moral de la familia.

Constanza asintió. No era consuelo fácil.

Era más útil: nadie elegía una vida completa sabiendo cómo la juzgaría treinta años después.

Solo podía elegir la clase de verdad con la que entraba.

Esa noche durmió poco. No por imaginar la pregunta, que ya conocía de tantas formas que casi había perdido sorpresa, sino por imaginar su propia cara al oírla.

Temía llorar. Temía no llorar. Temía sentir alivio.

Temía sentir encierro. Temía que, en el momento exacto, Anselmo entrara en su memoria con la luz del galpón y volviera mezquino todo lo demás.

Temía que no entrara y que esa ausencia pareciera traición.

En algún momento, cansada de temer con tanto orden, se levantó, abrió el cajón y sacó la lista.

No añadió líneas. Solo leyó la última: un límite, cuando no lo ponen otros para encerrarla, también puede ser una forma de camino.

Esa frase no estaba en la lista, pero pertenecía al día anterior de su vida.

La recordó y volvió a dormir cerca del amanecer.

El primer jueves de enero amaneció claro, con una luz limpia y cruel.

Los Robles despertó temprano. Fernando salió al patio antes del desayuno, revisó una cincha que no necesitaba revisión y volvió con polvo en los zapatos.

Mercedes eligió un vestido oscuro y sobrio, como si la casa tuviera que presentarse digna ante algo que no era ceremonia pública.

Rosa amasó desde antes de que saliera el sol y permitió que el pan se dorara de una manera casi insultante.

Josefina ayudó sin hacer preguntas. Amparo fue enviada a casa de doña Inés con una canasta y la advertencia de que no debía regresar antes de media tarde aunque la patria estuviera en peligro.

Amparo pidió definición de patria y de peligro; Mercedes señaló la puerta.

La niña obedeció con una dignidad ofendida que habría convencido a personas menos acostumbradas a ella.

Constanza se vistió sin adornos nuevos. Eligió el mismo vestido gris claro que había usado para la conversación formal, no por superstición, sino porque no quería que la ropa introdujera una promesa que ella todavía no sabía si podía dar.

Se peinó con cuidado. No se miró demasiado al espejo.

Antes de bajar, tomó la lista y la puso en el cajón, encima de las cartas.

Luego, después de pensarlo, sacó solo una hoja pequeña donde había escrito las dos fechas.

La dobló y la guardó en el bolsillo. No para mostrarla.

Para recordar que una de esas fechas era suya.

Rodrigo llegó a la hora acostumbrada. Venía con la camisa limpia que Teresa le había preparado, chaqueta sencilla, botas sin barro excesivo y la cara de un hombre que no había dormido mucho pero había decidido no pedir compasión por eso.

No traía flores. No traía regalo. No traía papel.

Esa ausencia de objetos le dio a la escena una desnudez más seria.

Saludó a Fernando primero, luego a Mercedes.

Rosa apareció en la puerta de la cocina y lo miró de arriba abajo.

—Comió —dijo ella, no como pregunta.

—Sí, doña Rosa.

—¿Bien?

—Teresa se aseguró.

—Entonces una cosa menos.

Mercedes cerró los ojos un instante, quizá para no reír en un momento que todos pretendían mantener dentro de cierta gravedad. Fernando indicó el corredor con una mano.

—El nogal está como siempre.

—Gracias, don Fernando.

Rodrigo volvió hacia Constanza. Ella estaba junto a la puerta de la sala.

No hubo saludo especial. Caminaron juntos hacia la mesa bajo el nogal.

El camino desde el corredor hasta el árbol era corto, pero pareció contener demasiados años: la primera carta leída con luz encima, la conversación sobre Las Higueras, la fecha de Hamburgo, el agua de Rosa, las discusiones sobre caminos, la vida entera de una casa aprendiendo a no esconder cada frase difícil.

Se sentaron frente a frente. La mañana era tibia. Una sombra ligera caía sobre la mesa. Desde la cocina llegaba un ruido apagado de platos. Desde el escritorio, ninguno. Fernando debía de estar allí, pero no se hacía oír. Mercedes no estaba en la ventana. O había aprendido a volverse menos visible.

Rodrigo apoyó las manos sobre la mesa. Constanza notó que no temblaban, pero estaban demasiado quietas.

—Señorita Constanza —dijo.

El tratamiento formal, después de tantas conversaciones, la conmovió de manera inesperada. No porque pusiera distancia, sino porque reconocía la gravedad de pedir.

—Don Rodrigo —respondió ella.

Él respiró hondo una vez. No miró al camino ni a la casa. La miró a ella.

—Vine hoy porque usted me dio esta fecha.

No porque Hamburgo tenga la suya. Quiero decir eso primero para que no haya sombra torcida en lo que sigue.

Si Anselmo vuelve en marzo o abril, volverá como hombre que debe ser mirado con verdad.

No quiero competir con un barco ni con un recuerdo.

Tampoco quiero dejar que un barco o un recuerdo hablen por mí.

Yo estoy aquí, en esta tierra, en esta mesa, con la casa que tengo, los muertos que tengo, el carácter que tengo y el cariño que aprendí a tenerle. Y desde ahí quiero preguntarle.

Constanza sintió que la frase no buscaba belleza, aunque la tenía de otra forma. Rodrigo siguió antes de que el silencio creciera demasiado.

—Le he hablado de Las Higueras. Le he dicho lo que puedo ofrecer y lo que no.

He tratado de no hacerme mejor de lo que soy.

Tal vez algo se me habrá escapado, porque nadie se conoce entero justo cuando más le conviene.

Pero no quiero que esta pregunta salga de una imagen falsa.

Soy viudo. Amé a Clara y no siempre la escuché bien.

Tengo una casa buena que puede pesar. Tengo orgullo, hábito de mando y miedo a no bastar.

Tengo una mujer como Teresa sosteniendo lo que yo no veo y un perro que no obedece ni siquiera por cortesía.

Tengo campo, trigo, trabajo, cuentas que deseo claras y una vida que no será descanso para usted, sino tarea compartida si decide entrar.

También tengo cariño. No el primero de su vida, quizá no el más limpio de historia, pero sí uno que ha aprendido a respetarla más de lo que al principio sabía.

Constanza no apartó la mirada. El nombre de Clara, dicho allí, no dolió como amenaza. El nombre no pronunciado de Anselmo, sostenido en la primera frase, tampoco. Rodrigo estaba haciendo lo que prometió: preguntar desde su propia vida, no desde la necesidad de vencer otra.

—Por eso —continuó él, y ahora sí la voz se le volvió más baja—, le pregunto si aceptaría casarse conmigo.

No hoy mismo, no sin los tiempos y formas que correspondan, no como solución de Los Robles ni como modo de cerrar una puerta a Hamburgo.

Le pregunto si aceptaría construir conmigo una vida en Las Higueras, con verdad suficiente para que los errores no tengan que esconderse debajo de los manteles.

Le pregunto si aceptaría ser mi esposa, no como mujer que viene a ocupar un hueco, sino como persona a quien quiero pedirle que camine conmigo dentro de una casa que todavía debe aprender a hacerle sitio.

La pregunta quedó sobre la mesa sin ruido.

No hubo música, ni viento oportuno, ni caída de flor.

Una gallina cacareó en algún lugar de la parte trasera de la casa y Constanza, en otra vida, habría encontrado la interrupción ridícula.

En esa, le pareció una misericordia. La tierra, los animales y las cocinas se negaban a permitir que las palabras se despegaran demasiado del mundo.

Rodrigo no añadió nada. Esa fue, quizás, su mayor acierto. No rellenó el silencio con méritos, promesas repetidas ni temor. Dejó que la pregunta existiera sola. Constanza apoyó las manos sobre su falda. Notó el papel de las fechas en el bolsillo. No lo sacó.

Había imaginado muchas respuestas. Algunas empezaban con “no puedo todavía”, otras con “necesito ver a Anselmo”, otras con “sí, pero”, otras con un llanto que la avergonzaba incluso en la imaginación.

Ninguna apareció. Lo primero que llegó fue una certeza pequeña, no definitiva, pero firme: la pregunta de Rodrigo no la encerraba. Eso le permitió respirar.

—Gracias por preguntar así —dijo.

Rodrigo aceptó la frase con un movimiento leve de cabeza. No sonrió.

—No responderé todavía con sí o no —continuó ella.

El dolor cruzó su rostro antes de que pudiera gobernarlo del todo. No se quebró. No la castigó con él. Solo lo tuvo.

—Lo entiendo —dijo.

—No sé si lo entiende completo.

—Probablemente no.

La honestidad breve abrió un espacio.

—No le digo que no —dijo Constanza.

Rodrigo cerró los ojos un instante. Ella no supo si por alivio o por miedo a creer demasiado.