Capítulo 34 El primer jueves de enero
La Navidad pasó por Los Robles sin resolver nada, lo cual no impidió que Rosa declarara la jornada razonablemente exitosa.
Hubo pan suficiente, dulces no demasiado secos, un pollo que salió mejor de lo esperado y una discusión menor entre Amparo y Josefina sobre si Capitán, ausente y por lo tanto indefenso, debía recibir un trozo de membrillo por representación.
Mercedes permitió más risas de las habituales y corrigió menos servilletas de las que veía torcidas.
Fernando sirvió vino con moderación y habló de la cosecha siguiente sin que la palabra deuda entrara a la mesa como un invitado sin silla.
Constanza participó, comió, rió un par de veces y no sintió que estuviera fingiendo por completo.
Eso, en una casa donde las emociones solían medirse por lo que no estropeaban, ya era bastante.
Pero la fecha estaba allí. No ocupaba una silla visible, aunque todos la rodeaban.
El primer jueves después de Año Nuevo se había instalado en la casa con una discreción más pesada que cualquier escándalo.
Mercedes no lo nombraba a cada rato, lo cual demostraba el tamaño de su esfuerzo.
Fernando tampoco, aunque más de una vez miró a su hija con la expresión de quien quisiera decir algo útil y temía arruinarlo por exceso de padre.
Rosa actuaba como si no pasara nada, salvo por la abundancia sospechosa de pan bien hecho, señal inequívoca de que estaba alimentando a la casa contra una tensión que no podía amasarse.
Amparo, menos considerada, preguntó si el jueves Rodrigo vendría “de visita o de pregunta”, y recibió de Mercedes una mirada tan helada que decidió retirarse a estudiar la moral del perro ausente.
Constanza sostuvo los días como se sostiene una fuente llena: con cuidado de no moverse demasiado rápido.
No volvió a escribir a Anselmo. No porque la carta de diciembre no mereciera respuesta, sino porque cualquier respuesta antes del jueves habría sido una forma de esconderse bajo la apariencia de honestidad.
Podía agradecerle la fecha limpia, podía decirle que no esperaría su barco por cortesía, podía contarle que Rodrigo preguntaría pronto.
Todas esas frases eran ciertas y todas podían convertirse, en el papel equivocado, en una solicitud de absolución.
La lista seguía arriba en el cajón. Debajo de las fechas escribió, dos días después de Navidad, una línea nueva: no usaré una carta como antesala de una respuesta que debo dar aquí.
La leyó a la luz de la mañana siguiente. No la avergonzó. Entonces la dejó.
Rodrigo no vino el día de Año Nuevo. Mandó, en cambio, una canasta con queso, duraznos tempranos, un pan hecho por Teresa que Rosa examinó con desconfianza profesional, y una nota dirigida a Fernando y Mercedes, no a Constanza.
Agradecía las atenciones del año, deseaba salud para la casa y avisaba que pasaría el jueves a la hora acostumbrada.
Nada más. La sobriedad del gesto le hizo más efecto a Constanza que si hubiera escrito una frase personal.
Rodrigo estaba cuidando la fecha sin adornarla.
No mandaba flores, no buscaba conversación por anticipado, no convertía la espera en escena.
Teresa había añadido una línea en papel aparte para Rosa: “El pan salió con harina mezclada. Si encuentra defecto, culpe al molino antes de culparme.” Rosa leyó la nota, probó el pan y dictaminó que Teresa estaba aprendiendo a defenderse con decencia, lo cual en su idioma equivalía a elogio alto.
En Las Higueras, Rodrigo recibió el Año Nuevo revisando cercos, tal como Teresa le había ordenado sin usar la palabra ordenar.
Pasó la mañana con Segundo en un potrero donde una parte del alambrado cedía cada vez que un animal más terco que inteligente decidía probarlo.
El trabajo le hizo bien. Cada estaca puesta en tierra era una frase menos ensayada frente al espejo que no tenía.
Cada alambre tensado le recordaba que un límite no existe por declararse, sino por sostener tensión sin romperse.
Segundo, que no sabía nada de la pregunta formal o sabía lo suficiente para fingir menos, comentó que el patrón estaba clavando como hombre con asunto en la cabeza.
—Todos los hombres tienen asuntos en la cabeza —respondió Rodrigo.
—Sí, pero algunos le pegan al poste como si el poste tuviera culpa.
Rodrigo miró el martillo, luego el poste.
—¿Estoy pegando así?
—Un poco.
—Entonces avise antes de que derribe el cerco por mejorar mi carácter.
Segundo sonrió y siguió trabajando. Ese tipo de lealtad, hecha de observaciones secas y ninguna reverencia excesiva, le pareció a Rodrigo una bendición más seria que varios saludos de Año Nuevo.
Al volver a la casa, Teresa lo esperaba con una lista de reparaciones y una camisa limpia sobre el respaldo de una silla.
—No la use todavía —dijo ella—. Se va a poner nervioso mirándola.
—¿La camisa?
—La camisa, el jueves, la vida entera. Lo que se le cruce.
—Usted tiene una confianza conmovedora en mí.
—Tengo conocimiento. Es distinto.
Rodrigo aceptó la corrección. En la noche, después de cenar, fue al corredor lateral y sacó la hoja donde había puesto por escrito lo que había dicho bajo el nogal.
No era una carta para Constanza; no debía serlo.
Era un registro para impedir que la memoria le mejorara sus propias palabras.
La leyó despacio. Casa buena, no liviana.
No solución de Los Robles. Clara mujer, no medida.
Teresa, no enemiga. Lectura, tiempo, hijos, autoridad, orgullo, Anselmo.
No ofrecer ausencia de dolor. No vivir injustamente a sabiendas.
No romper el camino con un no. Al final había agregado, después de una noche de mal dormir: si pregunta y ella no responde, no convertir la espera en castigo.
Si responde no, no hacer de la dignidad una venganza lenta.
Si responde sí, no creer que el sí termina el trabajo.
Esa última línea le dio más miedo que las otras.
Había pensado tanto en la pregunta que a veces olvidaba que una respuesta favorable no sería puerto, sino embarque.
La vida con Constanza, si alguna vez existía, no sería descanso después del cortejo.
Sería una casa donde su propio modo de mandar tendría que ser revisado todos los días por una mujer que no entraría para quedarse callada.
Ese pensamiento lo asustaba y lo atraía. Tal vez por eso le parecía verdadero.
Ilse, en Hamburgo, no sabía que el primer jueves de enero ya tenía peso propio en Chile, pero aquella misma semana escribió a Frida una carta donde hablaba poco de Anselmo y mucho de papeles.
Decía que los cierres de enero seguían en curso, que Markus presionaba con su habitual talento para presentar conveniencias propias como lógica universal, y que Heinrich se mantenía más firme de lo que su tos hacía suponer.
Al final añadió: “El señor Brandt trabaja como hombre que se prepara para irse y como hombre que teme llegar. No sé si eso es contradicción; quizá todo regreso decente la tiene. El trigo de la maceta sigue vivo. No lo hemos convertido en símbolo oficial. Esa abstinencia debe contar como virtud.” Frida leyó esa línea en casa Brandt, sonrió con tristeza y no la copió para nadie.
Algunas noticias eran mejores cuando llegaban tarde o no llegaban.
Otras, como la fecha del barco, debían llegar claras.
La sabiduría consistía en distinguirlas, y Frida había aprendido a costa de demasiadas cartas guardadas.
El miércoles anterior al jueves, Constanza acompañó a Mercedes al bajo con unas mantas y pan.
No era necesario que fuera ella, pero necesitaba caminar por una necesidad ajena que no tuviera relación con su corazón.
La tarde estaba calurosa, el polvo se pegaba al ruedo y las casas pobres del bajo parecían más bajas bajo el sol.
Jacinta recibió las mantas con gratitud sobria y miró a Constanza de una manera que no tenía la curiosidad afilada de doña Elvira, sino otra cosa más directa.
—Mañana viene el señor de Las Higueras —dijo.
Mercedes abrió la boca para corregir la intromisión, pero Jacinta siguió antes de darle tiempo.
—No lo digo por meterme. Lo digo porque cuando una casa espera pregunta, hasta las gallinas caminan distinto.
Constanza, contra todo pronóstico, sonrió.
—¿También se nota en el bajo?
—Aquí se nota todo lo que las casas grandes creen que guardan mejor. El viento baja con noticias, aunque no sepa leer.
Mercedes suspiró, pero no se enfadó. Tal vez porque Jacinta hablaba sin codicia narrativa, tal vez porque ya no quedaban suficientes fuerzas para pelear contra cada evidencia.
—Entonces rece para que nadie camine demasiado torcido —dijo Mercedes.
—Rezo para que la señorita coma bien antes. Las decisiones con estómago vacío salen flacas.
—Rosa ha extendido doctrina —murmuró Constanza.
Jacinta tomó el pan.
—Doña Rosa no necesita extenderla. El hambre entiende sola.
De vuelta a Los Robles, Mercedes no habló durante un rato.
La carreta avanzó despacio, con las ruedas golpeando el camino seco.
Al pasar por el tramo que llevaba a Las Higueras, Constanza miró las piedras, las zanjas limpias, las huellas de carretas.
No había nada solemne. Solo utilidad. Ese camino había aprendido a cargar rumor, pan, harina, perros viejos, hombres con orgullo, mujeres con listas, cartas de Hamburgo y ahora una pregunta.
Seguía siendo camino. Quizá por eso importaba.
—No tienes que estar serena mañana —dijo Mercedes de pronto.
Constanza volvió hacia ella.
—¿Eso es consejo o permiso?
—Ambas cosas. Las mujeres gastamos demasiada energía en parecer serenas para que los hombres puedan creer que hablaron bien. Si te tiembla la voz, que tiemble. Si necesitas pedir agua, pídela. Si necesitas decir “no sé”, dilo. Lo importante es no convertir el temblor en respuesta.