Capítulo 33 La fecha en el papel #3
—Entonces hablaremos otra vez. Pero le pediré algo: no permita que mi pregunta quede suspendida sin nombre porque él pisó Chile.
Si al verlo cambia algo, dígamelo. Si no cambia, dígamelo también.
Si necesita hablar con él antes de responder, no lo llamaré traición.
Pero no me convierta en hombre esperando detrás de una puerta sin saber si la casa sigue habitada.
Constanza recibió la frase con un dolor justo. Había pedido claridad y él la estaba dando.
—No lo haré —dijo.
—Y yo no convertiré mi espera en vigilancia.
—Eso también importa.
Rodrigo asintió. Luego, después de un silencio más suave, añadió:
—Me alegra que Anselmo haya escrito así. Me duele, pero me alegra. Si volviera como reclamo, yo tendría una razón más fácil para odiarlo. No me la dio.
—No.
—Eso habla bien de él. Y me deja con menos excusas feas.
Constanza casi sonrió.
—Está usted lleno de deseos poco nobles que no se cumplen.
—Dios protege a veces incluso contra las propias mezquindades.
—Rosa diría que Dios tiene mucho trabajo en esta casa.
—Y en Las Higueras.
La risa breve que compartieron no borró la gravedad. La hizo humana. Rodrigo devolvió la carta. Constanza la guardó en el sobre. No lo puso en su falda como escudo ni sobre la mesa como prueba. Lo sostuvo apenas con una mano.
Desde la casa, Mercedes apareció en el corredor. No se acercó. Solo miró. Constanza entendió que necesitaba saber si la conversación había quebrado algo. Levantó la vista hacia su madre y asintió apenas. Mercedes aceptó el gesto, regresó adentro y dejó que el nogal siguiera haciendo su trabajo.
—Su madre ha aprendido a preguntar desde lejos —dijo Rodrigo.
—No crea que le resulta natural.
—A nadie le resulta natural mejorar.
—Eso es muy cierto.
Rodrigo se puso de pie. La conversación había llegado a un borde limpio y seguir por cansancio podía ensuciarlo. Constanza también se levantó.
—Vendré el jueves habitual —dijo él—. No hablaremos de la pregunta si usted no quiere.
—Hablemos de cosas normales.
—¿Harina, terneros y Capitán?
—Y si Teresa ya decidió si me reprueba.
—Teresa no reprueba. Deja en observación indefinida.
—Eso parece peor.
—Lo es.
Caminaron hacia el corredor. Fernando salió del escritorio al verlos entrar. Rosa apareció desde la cocina con las manos limpias, lo que delataba que había dejado el trabajo un rato antes. Mercedes estaba sentada, pero no cosía. Rodrigo se quitó el sombrero.
—La señorita Constanza me ha dado fecha para oír mi pregunta —dijo.
La sala recibió la frase como recibe una casa una visita esperada y todavía incómoda. Fernando miró a su hija primero, no a Rodrigo. Constanza asintió.
—Primer jueves después de Año Nuevo —dijo ella.
Fernando cerró la mano sobre el respaldo de una silla. Mercedes bajó los ojos un segundo. Rosa tomó aire por la nariz, como si evaluara una masa que por fin ha empezado a tomar cuerpo.
—Entonces ya hay dos fechas en la casa —dijo Mercedes.
—Sí —respondió Constanza—. La de Hamburgo y la mía.
Fernando miró a Rodrigo.
—Claro y sin apuro torcido —recordó.
—Así será —dijo Rodrigo.
Rosa, que no soportaba dejar una escena demasiado limpia, añadió:
—Y coman bien esos días. La gente con hambre decide puras tonteras.
La tensión se rompió lo justo. Rodrigo sonrió. Fernando también, aunque cansado. Mercedes se llevó una mano a la frente, no se supo si por paciencia o por gratitud.
Rodrigo se fue antes de que oscureciera.
Constanza lo vio tomar el camino a Las Higueras.
No caminaba como hombre que había ganado algo.
Tampoco como derrotado. Iba cargando una fecha.
Eso era bastante. El caballo cruzó las piedras del tramo compartido y luego se perdió tras los álamos.
Constanza se quedó en el corredor hasta que ya no se oyó la marcha.
En Las Higueras, Teresa lo esperaba con una lámpara y una expresión que no admitía poesía.
—Tiene cara de hombre con fecha —dijo.
Rodrigo se quitó los guantes.
—Primer jueves después de Año Nuevo.
Teresa no preguntó qué ocurriría ese día. Ya lo sabía o sabía lo suficiente.
—Entonces no pase las fiestas haciendo ensayos frente al espejo.
—No tengo espejo para eso.
—Los hombres ensayan igual, aunque digan que no.
—¿Y qué sugiere?
—Trabaje. Revise cercos. Pague lo que falta. Hable con Segundo de la siembra. No convierta la espera en enfermedad de patrón. Y cuando llegue el día, diga menos de lo que ha ensayado y más de lo que sea cierto.
Rodrigo colgó el sombrero.
—Usted y Rosa deberían escribir un manual.
—No nos pagan bastante para salvar a todos.
Capitán apareció desde el corredor, cojeando menos de lo habitual, y golpeó con el hocico la mano de Rodrigo. El gesto, viniendo de ese animal, era casi una ceremonia. Rodrigo se inclinó y le tocó la cabeza.
—Ni usted me mira como si ya hubiera ganado —murmuró.
El perro bostezó.
—Ese sí entiende —dijo Teresa.
En Hamburgo, mientras la fecha empezaba a caminar por Los Robles y Las Higueras, Anselmo ignoraba que su carta había producido otra fecha.
La planta de trigo seguía junto a la ventana, más alta, aunque débil.
Ilse había empezado a abrir la ventana algunos minutos cuando el frío lo permitía, no porque creyera que Hamburgo pudiera volverse campo, sino porque las plantas, como las personas, se enferman si solo reciben aire administrado.
Markus presionaba por cerrar ciertos papeles a su modo.
Heinrich permanecía firme, aunque tosía más.
Anselmo trabajaba sobre listas de embarque y aprendía que contar los días para volver no era lo mismo que estar preparado para llegar.
Una noche, mientras ordenaban documentos, Ilse le preguntó:
—¿Le dio una fecha limpia?
—Lo intenté.
—Eso no fue lo que pregunté.
Anselmo dejó la pluma.
—Le di la fecha y le dije que no esperara mi barco por cortesía. También le dije que me dolería. No sé si eso es limpio.
—Es más limpio que fingir que no le dolería.
—¿Y suficiente?
Ilse miró la planta.
—Las cartas no son suficientes. Solo son mejores o peores caminos para que la verdad llegue antes que uno.
Anselmo guardó el papel en que trabajaba.
Pensó en Constanza leyendo la fecha. Pensó en Rodrigo, a quien no conocía bien y sin embargo empezaba a respetar contra su propia comodidad.
Pensó en Chile, en Valparaíso, en Los Robles, en el galpón donde había dejado una versión de sí mismo que quizá ya no podría recuperar.
La fecha de febrero, escrita por él, había empezado a ordenar el regreso.
Pero el regreso no era solo llegar. Eso lo entendía cada vez más: un hombre puede volver a una tierra y seguir escondido si trae en la mano una cuenta que pretende cobrar.
—Si al llegar ya eligió otra vida —dijo, más para sí que para Ilse—, tendré que verla.
—Sí.
—No sé si sabré.
—Nadie sabe antes. Por eso se llama tener que hacerlo.
Ilse volvió a sus papeles. Anselmo miró el brote de trigo.
Una hoja mínima tocaba el vidrio frío. No era señal de victoria.
No era consuelo completo. Era solo vida insistiendo donde podía.
A veces, eso era lo más difícil de aceptar: que las cosas vivas no preguntan si conviene a los relatos que uno se cuenta.
En Los Robles, Constanza volvió a su pieza después de la cena.
No abrió primero las cartas de Anselmo ni las notas de Rodrigo.
Abrió la lista. Bajo Lo que una fecha cambia agregó: ahora el barco tiene cuerpo.
Bajo Lo que una fecha no cambia escribió: Las Higueras sigue siendo respirable.
Rodrigo sigue siendo hombre con límites y verdad.
Anselmo sigue siendo amor no resuelto, no dueño. Yo sigo siendo quien debe elegir.
Se quedó mirando la última línea. Después sacó una hoja nueva y escribió dos fechas:
Primer jueves después de Año Nuevo: oír la pregunta. Mediados de febrero: Anselmo embarca, si nada se tuerce.
Entre ambas dejó un espacio en blanco. No lo llenó.
Ese espacio era suyo. No pertenecía a Hamburgo ni a Las Higueras.
No pertenecía a Mercedes, ni a Fernando, ni a Rosa, ni a Presentación, ni al pueblo.
Era un tramo de semanas que no debía desperdiciar en pánico ni llenar de frases prestadas.
Tendría que vivirlo: Navidad, Año Nuevo, jueves, cartas, pan, camino, tal vez una visita más a Las Higueras, tal vez una respuesta a Anselmo, tal vez silencio. Pero ya no sería un medio sin borde.
Guardó la carta de Anselmo con las otras, aunque no debajo de la lista.
La lista quedó arriba. La fecha de Rodrigo, escrita por ella, quedó al lado.
Apagó la lámpara y abrió un poco la ventana.
La noche entró tibia, con olor a tierra seca.
En el corredor, la casa se aquietaba. Abajo, quizá Mercedes doblaba por tercera vez una tela que ya estaba bien; quizá Fernando revisaba una cuenta sin verla; quizá Rosa dejaba la masa preparada para la mañana; quizá Amparo soñaba con un perro que participaba en asuntos de adultos con más derecho que varias personas.
Constanza apoyó la mano sobre el borde de la mesa. Por primera vez, la fecha en el papel no fue solo amenaza. Fue límite. Y un límite, cuando no lo ponen otros para encerrarla, también puede ser una forma de camino.