Capítulo 32 La lista en blanco #3
—¿Me está advirtiendo contra él o contra mí?
—Contra ambos.
La respuesta fue tan seca que Constanza casi sonrió. Teresa sacó otra sábana, la sacudió y una nube mínima de polvo se levantó entre ellas.
—Yo no voy a pelearle un lugar si viene —dijo—.
Pero tampoco voy a entregarle las llaves fingiendo que una casa se aprende por anillo.
Si entra, tendrá que preguntar, mirar, equivocarse y corregir.
Y yo tendré que dejarla hacer cosas a su modo aunque me parezcan mal al principio. No prometo que me guste.
—Eso suena justo.
—La justicia rara vez suena amable.
Constanza tomó la sábana y la ayudó a doblarla.
Durante varios minutos trabajaron en silencio.
Ese silencio le enseñó más que una visita completa de sala.
La tela tenía peso, olor, resistencia. Había que estirarla entre dos para que no quedara mal doblada.
Si una tiraba demasiado, la otra tenía que corregir.
Si ambas soltaban, caía al suelo. Era una metáfora demasiado evidente; Constanza decidió no decirla por respeto a Rosa.
Rodrigo volvió cuando el sol empezaba a bajar.
Entró por la cocina, con barro en las botas y la manga manchada de algo que podía ser medicina de animales o simple tierra.
Se detuvo al ver a Constanza junto a la mesa, revisando cuentas de pan con Teresa y Rosa.
La sorpresa en su rostro fue breve, seguida por una alegría que tuvo la decencia de no hacerse grande.
—No sabía que vendría —dijo.
—Vine por la harina.
Rosa, sin levantar la vista, agregó:
—Y porque en esta casa creen que los panes desaparecen por inspiración divina.
Teresa respondió:
—Desaparecen porque alguien mide mal.
—Eso dije, con más religión.
Rodrigo miró a Constanza. No pidió conversación privada.
No convirtió la visita en señal. Se lavó las manos en la batea, preguntó por las cuentas, recibió de Teresa una corrección sobre los sacos y de Rosa una acusación preventiva contra el molino.
Luego se sentó a la mesa de la cocina con un café que nadie le ofreció con ceremonia.
Constanza lo observó sin querer demasiado: allí, en su propia cocina, obedeciendo a Teresa, aceptando la presencia de Rosa, cansado del potrero, manchado, menos dueño que pieza de una casa en movimiento.
Esa imagen hizo más por su lista que muchas palabras bajo el nogal.
—¿El ternero? —preguntó Teresa.
—Mejor. Segundo cree que pasará la noche.
—Segundo cree que todos pasarán la noche hasta que no la pasan.
—También dijo eso.
Rosa puso un plato de pan frente a Rodrigo, aunque no era su cocina. Teresa no protestó. Rodrigo tomó un trozo y miró a ambas.
—No sé quién manda aquí ahora.
—Eso es señal de que empieza a entender —dijo Teresa.
Constanza sonrió. Él la vio sonreír y no intentó quedarse con esa sonrisa. Bajó la vista al pan. Ese detalle pequeño le importó. Rodrigo, que tantas veces había sido observado como pretendiente, parecía estar aprendiendo a no apropiarse de cada gesto favorable como si fuera avance de campaña.
Al salir de Las Higueras, Teresa le entregó a Constanza una hoja con las cantidades corregidas.
—Para su lista —dijo.
Constanza la miró.
—¿Cuál lista?
Teresa no sonrió.
—Toda mujer que viene a mirar una casa lleva una, aunque no la traiga en la mano.
Rosa, ya subida al carruaje, soltó una risa seca.
—Esta la trae en la cara.
Rodrigo acompañó a Constanza hasta el escalón del carruaje. Mercedes aún no volvía de casa de doña Inés; irían a buscarla al pasar. El camino estaba dorado por la tarde. Capitán dormitaba junto a la puerta, indiferente al peso histórico de cualquier despedida.
—Me alegra que haya venido así —dijo él.
—Sin visita.
—Sin visita.
—Teresa me mostró sábanas.
Rodrigo cerró los ojos un instante, como si esa frase contuviera más peligro que una declaración.
—Entonces la examinó en serio.
—Creo que sí.
—¿Fue terrible?
—Fue útil.
—Eso en Teresa es casi cariño.
—Eso dijo Rosa de la harina una vez.
Rodrigo sonrió. Luego su rostro se volvió serio.
—No tomaré esta visita como respuesta.
—Bien.
—Pero sí como parte de la conversación.
—También.
La precisión les bastó. Constanza subió al carruaje.
Rodrigo se apartó y no retuvo la puerta con ninguna frase adicional.
Mientras avanzaban por el camino, ella miró Las Higueras hasta que los álamos la cubrieron.
No había sentido felicidad. No exactamente.
Había sentido trabajo, incomodidad, atención y una posibilidad menos brillante pero más respirable.
La casa no la había recibido como promesa.
La había puesto a contar pan y doblar sábanas.
Eso, inesperadamente, le pareció más serio.
De vuelta en Los Robles, la lista dejó de estar completamente en blanco. Constanza escribió de noche, con la lámpara baja y el cabello todavía oliendo a humo de cocina ajena.
Bajo Lo que Rodrigo ofrece escribió: una casa no perfecta; cuentas claras; una mesa donde puedo pensar si la defiendo; trabajo; una memoria que no se borra; un hombre que sabe que puede mandar mal; Teresa; Capitán; pan contado; camino que no se rompe con un no.
Bajo Lo que Rodrigo no promete escribió: facilidad; ausencia de celos; que Las Higueras no pese; que el pueblo calle; que no habrá hijos o que los habrá sin dolor; que sabrá escuchar siempre a la primera; que Anselmo no dolerá.
Bajo Lo que temo de Las Higueras añadió: no saber dónde está la harina; ser medida por Teresa y por mí misma; convertirme en patrona sin haber aprendido; que Clara sea más justa muerta de lo que yo pueda ser viva; extrañar Los Robles en una pieza donde todos crean que debo estar agradecida.
Bajo Lo que temo de Hamburgo escribió: que la fecha de regreso me robe el juicio; que el grano brotado parezca mandato; que Anselmo vuelva limpio y yo quiera ensuciar menos mi vida volviendo a una pena antigua; que no vuelva y yo siga escribiendo hacia una puerta cerrada.