El peso de la tierra Capítulo 32 La lista en blanco #4
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Capítulo 32 La lista en blanco #4

Bajo Lo que temo de mí dejó la pluma mucho rato.

Después escribió: temo llamar libertad a no elegir; temo llamar deber a elegir por miedo; temo preferir la vida no vivida porque no me exige ser imperfecta todos los días; temo querer dos cosas de maneras distintas y castigarme por no poder volverlas una.

La última línea quedó sola. Lo que deseo, aunque todavía no sepa llamarlo.

Constanza apoyó la pluma, la levantó, volvió a apoyarla.

Pensó en Presentación diciendo que no escribiera primero un nombre de hombre.

Pensó en Mercedes pidiendo empezar por lo que no dependía del barco.

Pensó en Rosa y la masa, en Teresa y las sábanas, en Rodrigo con barro en la manga, en Anselmo sembrando un grano. Finalmente escribió:

Deseo una casa donde mi pensamiento no sea visita. Deseo no ser salvación ni reliquia. Deseo una vida que pueda ensuciarse sin volverse mentira. Deseo querer sin pedirle al amor que me quite la responsabilidad de elegir.

La frase la dejó sin aire un momento. No decía Rodrigo.

No decía Anselmo. Decía algo más difícil.

Dobló la hoja, no para esconderla, sino para que descansara.

Luego la puso dentro del cajón, encima de las cartas y no debajo.

Esa ubicación fue deliberada. No iba a dejar que los papeles antiguos taparan la primera lista escrita por ella para sí misma.

Al día siguiente, mostró la lista a Presentación antes de que su hermana regresara a casa Rioseco. Presentación la leyó sin hacer comentario hasta el final. Después la dobló con cuidado y se la devolvió.

—Ahora tienes una medida —dijo.

—¿Para elegir?

—Para no dejar que el miedo elija solo.

—Eso no es lo mismo.

—No. Es más útil.

Tomás llamó desde el carruaje. Presentación abrazó a Constanza en el corredor, no con dramatismo, sino con la fuerza breve de quien sabe que el verdadero trabajo empezará cuando ya no haya hermana cerca.

—No esperes a ser una mujer sin contradicción —le dijo al oído—. No existen. Y si existen, deben de ser insoportables.

Constanza rió contra su hombro. Luego la dejó partir.

La semana siguiente transcurrió sin cartas de Hamburgo.

Esa ausencia, por primera vez, no vació la casa.

Rodrigo vino el jueves, como había dicho, y habló de los sacos revisados, del ternero que seguía vivo y de Teresa, que había declarado aceptable la ayuda de Constanza en la despensa con la misma expresión con que otros anuncian treguas diplomáticas.

No pidió saber qué había escrito en su lista.

No preguntó si estaba más cerca de decir que sí o de decir que no.

Constanza agradeció esa contención, pero también entendió que no podía pedirla para siempre.

Al despedirse, bajo el nogal, le dijo:

—Fui a Las Higueras sin visita y escribí parte de la lista.

Rodrigo se quedó quieto.

—¿Y la casa salió muy mal parada?

—Salió con polvo, harina discutible, sábanas que airear y un perro inútil.

—Eso suena exacto.

—También salió respirable.

La palabra le cambió el rostro. No en victoria. En algo más frágil.

—Me alegra —dijo.

—No es respuesta.

—No la tomaré como respuesta.

—Pero es parte de la conversación.

—Sí.

El eco de sus propias palabras de Las Higueras quedó entre ellos. Rodrigo no dio un paso hacia ella. Tal vez lo deseó. No lo hizo. La respetó de una manera que empezaba a volverse menos gesto y más hábito.

Esa noche, cuando la casa se apagó, llegó un jinete de la casa Brandt con un paquete para Fernando.

No traía carta para Constanza. Traía un telegrama copiado por Otto desde Valparaíso, relacionado con los envíos de Hamburgo y una nota breve: los cierres comerciales de Anselmo se retrasaban por un embarque retenido; no habría fecha firme antes de diciembre.

Fernando leyó la noticia en el escritorio y llamó a Constanza.

Ella bajó con la lista aún en la memoria y la recibió sin que el piso se moviera tanto como habría esperado.

—No hay fecha —dijo Fernando.

—Todavía no.

—Quise que lo supieras antes de que alguien le pusiera música.

—Gracias.

Tomó el papel. Anselmo seguía siendo posibilidad, pero no calendario.

El barco volvía a alejarse un poco. Meses atrás esa demora habría parecido permiso para seguir en el medio.

Esa noche no. La lista escrita sobre su mesa no dependía de que Hamburgo se atrasara.

Rodrigo no se volvía respuesta automática porque Anselmo no tuviera fecha, ni Anselmo se volvía destino superior porque el barco siguiera sin llegar.

Esa claridad era pequeña, pero era suya.

Subió a su pieza, abrió el cajón y no agregó nada a la lista.

Solo la tocó con la punta de los dedos. Afuera, el camino a Las Higueras estaba oscuro.

En alguna parte más allá del mar, un hombre esperaba cerrar papeles que otros seguían retrasando.

En Los Robles, una mujer joven entendió que una lista en blanco no se llenaba para resolver el corazón de una vez, sino para impedir que el corazón siguiera escribiendo con letra prestada.

No decidió. Pero por primera vez la falta de decisión no fue refugio. Fue preparación.