Capítulo 32 La lista en blanco #2
—Temo elegir por orgullo. O por cansancio.
O por gratitud. Temo decir que no a Rodrigo para conservar una idea hermosa de mí misma.
Temo decir que sí para que la incertidumbre termine.
Temo que mi inteligencia sea solo una forma más fina de esconderme.
Temo lastimar a todos y después llamarlo libertad.
Temo no ser capaz de vivir una vida ordinaria sin creer que traicioné una vida más grande.
Presentación dejó la pluma un momento. Miró a su hermana con una seriedad que no tenía nada de juicio.
—Eso último es importante.
—¿Por qué?
—Porque las vidas ordinarias se defienden mal en la imaginación.
Una siempre cree que lo no vivido era más grande, más limpio, más verdadero.
Pero lo no vivido no debe barrer, no debe ajustar cuentas, no debe pedir perdón después de una mala frase, no debe ver enfermar a nadie, no debe decidir qué hacer con una gotera.
La vida no ocurrida siempre parece más alta porque no tiene que agacharse.
Constanza bajó la vista. Pensó en Anselmo en Hamburgo, en el grano brotado, en la carta limpia.
Pensó en Rodrigo bajo el nogal hablando de Capitán, Teresa, Clara y su orgullo.
Pensó que Presentación no estaba diciendo que eligiera lo ordinario por ser seguro.
Le estaba advirtiendo que no confundiera lo no ensuciado con lo superior.
—¿Amas a Tomás de manera ordinaria? —preguntó.
Presentación sonrió.
—Algunos días mucho. Otros días lo amo mientras le digo que si vuelve a ordenar los papeles de la despensa por tamaño en vez de uso, lo dejaré dormir con ellos. El amor en una casa tiene horas poco literarias.
—Eso no suena como los poemas.
—Los poemas no revisan despensas.
Rieron. La risa no resolvió nada, pero hizo posible seguir.
Presentación miró la última línea de la lista.
—Lo que deseo, aunque todavía no sepa llamarlo —leyó.
—Esa no la toques.
—No iba a hacerlo.
—Gracias.
—Solo te diré algo: no escribas primero el nombre de un hombre ahí. Escribe la forma de vida que deseas. Después mira si algún hombre cabe en ella sin romperla.
Constanza se quedó quieta. La frase abrió un espacio nuevo, tan simple que parecía haber estado escondido a plena vista.
Hasta entonces, incluso su lista seguía organizada alrededor de Rodrigo y Anselmo, Las Higueras y Hamburgo.
Presentación le estaba pidiendo una cosa más difícil: imaginar una vida no como premio de un amor ni consecuencia de una deuda, sino como forma en la que ella pudiera respirar.
—¿Y si la forma de vida que deseo no existe? —preguntó.
—Entonces tendrás que negociar con la realidad sin regalarle todo. Eso hacemos las mujeres casi siempre. Pero conviene saber primero qué se está negociando.
Tomás llamó desde abajo preguntando si Presentación había secuestrado a su hermana o si podía llevarse un frasco de dulce sin autorización.
Presentación respondió que un marido con sentido de supervivencia no tocaba dulces ajenos.
La conversación se rompió con esa normalidad doméstica que ya no parecía enemiga.
Antes de bajar, Presentación dejó la lista sobre la mesa.
—Ve a Las Higueras sin visita —dijo.
—¿Cómo se va sin visita a una casa ajena?
—Con una tarea. No a mirar si serías feliz. Eso es demasiado grande y se porta mal. Ve a hacer algo concreto. Ayuda a Teresa con una despensa, a Rosa con harina, a Amparo con el perro si no queda más remedio. Mira la casa cuando no esté tratando de recibirte.
—¿Y Rodrigo?
—Si él está, que trabaje. Si no, mejor. Una casa se entiende más cuando el hombre que la ofrece no está explicándola.
La oportunidad llegó antes de que Constanza tuviera tiempo de inventar objeciones.
Teresa mandó recado dos días después: la harina del último molino seguía saliendo desigual, Rosa había prometido revisar una mezcla con ella y, si Mercedes permitía, sería útil que Constanza llevara las notas de reparto del Centenario para comparar las cantidades usadas con las que quedaban guardadas.
El recado era tan práctico que no dejaba lugar a poesía.
Mercedes leyó la nota, miró a Constanza y no dijo nada durante un rato demasiado largo.
—Puedes ir —dijo al fin—. Iré contigo hasta la entrada y luego pasaré donde doña Inés. Rosa irá también. Amparo no.
Desde el corredor llegó un grito de protesta que demostró que Amparo escuchaba con oído de contrabandista.
—Amparo no —repitió Mercedes, más fuerte.
—¡Capitán me espera!
—Capitán ha esperado guerras que no conoces. Sobrevivirá a una tarde.
Rosa aprobó la exclusión con un ruido bajo. Constanza no preguntó si Rodrigo estaría. Mercedes tampoco lo dijo. Esa omisión fue un acuerdo tácito: si la visita debía ser práctica, no convenía convertirla desde la salida en encuentro.
Las Higueras las recibió sin adornos. No había mesa preparada en la sala ni flores en el corredor.
Había un peón lavando una rueda junto al pozo, dos gallinas donde no debían estar, Teresa discutiendo con un muchacho sobre sacos mal apilados y Capitán dormido en medio de un lugar de paso, convencido de que todo el mundo tenía obligación de rodearlo.
Rodrigo no apareció al comienzo. Según Teresa, estaba en el potrero alto con Segundo revisando un ternero enfermo.
La información le produjo a Constanza un alivio que no supo interpretar del todo.
Podría mirar la casa sin sentirse mirada por el hombre que la ofrecía.
—Llegan justo —dijo Teresa, tomando la canasta de Rosa sin preguntarle si pesaba—. La harina está comportándose como persona mañosa.
—La harina no se comporta —respondió Rosa—. La maltratan antes y después le echan culpa.
—Entonces venga a defenderla.
Las dos entraron a la cocina como generales de ejércitos aliados a disgusto.
Constanza las siguió con las notas del Centenario.
La cocina de Las Higueras era más amplia que la de Los Robles, con una mesa larga, hornos mejor asentados, despensa grande y ganchos donde colgaban ollas limpias.
Pero no era más cálida por eso. Tenía otra respiración: menos antigua, más ordenada, con la marca de Teresa en cada frasco, cada paño y cada llave.
Constanza sintió de inmediato que allí no bastaría con ser esposa del patrón para mandar.
Una casa bien gobernada por otra mujer no entrega su centro a una recién llegada por ceremonia.
Había que merecer sitio sin humillar a quien lo había sostenido antes.
Teresa abrió la despensa y mostró los sacos.
Rosa hundió la mano en uno, olió, frotó harina entre los dedos y dictaminó que el molino había dejado el grano demasiado grueso en una parte y demasiado muerto en otra.
Teresa coincidió con la mitad de la frase, discutió la otra, y durante diez minutos ambas hablaron de molienda, humedad, horno, reposo y mezcla como si debatieran un tratado de Estado.
Constanza tomó notas al principio para sentirse útil.
Después dejó de escribir y escuchó. Aquello era gobierno real: no el de los discursos ni el de los apellidos, sino el de saber cuándo una harina alimenta, cuándo engaña y cuánto pan puede prometer una casa sin faltar a la verdad.
—Señorita Constanza —dijo Teresa de pronto—, revise esa cuenta. Si con dos sacos salieron tantos panes en el bajo, aquí algo no calza.
La orden le llegó sin título ni suavidad especial. Constanza miró el papel, hizo el cálculo y encontró la diferencia.
—Faltan tres panes por saco, si las medidas fueron las mismas.
—No fueron las mismas —dijo Rosa—. En el bajo estiramos más la masa.
—Entonces faltan menos —respondió Constanza—. Pero igual falta.
Teresa la miró con atención.
—Bien.
No fue elogio. Fue registro. Constanza sintió una satisfacción absurda. En la cocina de Las Higueras, Teresa acababa de comprobar que ella no era solo señorita de sala ni posible mujer del patrón. Podía contar pan. Podía notar una diferencia. Era poco. Era algo.
El trabajo siguió hasta media tarde. Mercedes pasó apenas un rato, vio que las mujeres estaban demasiado ocupadas para necesitarla y se fue donde doña Inés con la tranquilidad inquieta de quien deja a una hija en territorio importante.
Constanza quedó en Las Higueras con Rosa y Teresa.
No había ceremonia. No había cortejo. Capitán entró a la cocina una vez, fue expulsado por Teresa, admitido por Rosa con un pedazo mínimo de pan y finalmente instalado bajo la mesa por decisión propia.
Una criada pidió instrucciones sobre unas sábanas guardadas; Teresa le dijo que esperara. Luego miró a Constanza.
—Venga —dijo.
La llevó por el corredor lateral hasta un cuarto de ropa blanca. No era la pieza de Clara. Era un cuarto práctico, con estantes, baúles, sábanas, manteles, colchas, paños, olor a lavanda y humedad contenida. Teresa abrió un armario y sacó dos juegos de sábanas amarillentas.
—Esto hay que airearlo o se pierde —dijo—. Algunas cosas eran de la señora Clara. Otras no. Las casas mezclan más que la memoria de los vivos.
Constanza tocó la tela con la punta de los dedos. No era reliquia. Era ropa. Buena, guardada demasiado tiempo.
—¿Por qué me muestra esto? —preguntó.
Teresa se volvió hacia ella. Tenía una mirada directa, sin hostilidad y sin ternura fácil.
—Porque si algún día entra a esta casa y cree que todo lo de antes debe quedarse quieto para no ofender a los muertos, se le va a pudrir medio armario.
Y si cree que todo lo anterior debe salir en una semana para que usted respire, va a romper más de lo que entiende.
Hay que saber qué se lava, qué se guarda, qué se usa, qué se regala y qué se deja donde está hasta que una sepa por qué.
Constanza no respondió. La lección era sobre sábanas y no era sobre sábanas. Teresa lo sabía. No la adornó.
—Don Rodrigo es buen hombre —continuó—. Pero los buenos hombres, cuando se sienten culpables, a veces dejan a las mujeres hacer cualquier cosa para parecer justos. Eso tampoco sirve. Una casa no se gobierna por culpa. Se gobierna por atención.