Capítulo 32 La lista en blanco
La lista amaneció sobre la mesa de Constanza con la insolencia de las cosas que una misma escribe y después ya no puede culpar a nadie por haberlas puesto allí.
No tenía más que títulos, pero los títulos bastaban para estorbar el desayuno, la costura, las visitas y hasta el silencio.
Lo que Rodrigo ofrece. Lo que Rodrigo no promete.
Lo que temo de Las Higueras. Lo que temo de Hamburgo.
Lo que temo de mí. Lo que deseo, aunque todavía no sepa llamarlo.
La última línea era la peor, no por indecente ni por exagerada, sino porque no permitía esconderse detrás de hombres, casas o barcos.
Una podía discutir con Rodrigo, esperar una fecha de Anselmo, defender a Los Robles de Molina, corregir a doña Elvira o resistir las costumbres de Las Higueras.
Pero, tarde o temprano, quedaba esa pregunta sin apellido: qué deseaba ella cuando nadie la estaba empujando.
Durante dos días no escribió nada debajo.
La hoja estuvo primero en su escritorio, luego dentro del cajón, luego otra vez sobre la mesa, como si cambiarla de sitio pudiera darle contenido.
Constanza cumplió con sus tareas, ayudó a Mercedes a revisar ropa para el bajo, leyó una carta de Presentación donde Tomás volvía a discutir con una gotera de la casa Rioseco, soportó a Amparo preguntando si una lista en blanco servía para castigar a alguien y corrigió una cuenta menor de Fernando porque don Eulogio había escrito una cifra con tanta prisa que parecía otro número.
Todo siguió andando. Eso era lo más injusto de los asuntos graves: la casa no se detenía para que una pensara.
El pan había que hacerlo, las gallinas seguían escapando, las mantas necesitaban remiendo y Rosa no aceptaba que el conflicto sentimental de una señorita justificara dejar mal tapada una olla.
La tercera mañana, Mercedes encontró la hoja mientras subía a llevarle una camisa doblada. No la tomó. Solo la miró desde la puerta, con esa prudencia nueva que todavía le costaba como un zapato duro.
—Una lista en blanco es más peligrosa que una llena —dijo.
Constanza, sentada junto a la ventana, no levantó la vista del libro que no estaba leyendo.
—¿Por qué?
—Porque una llena al menos muestra dónde miente. La blanca deja que una se imagine muy honesta.
—Gracias por la visita maternal.
—De nada. Vine a traer ropa y a estorbar con propósito.
Mercedes dejó la camisa sobre la silla y se acercó a la ventana.
Desde allí se veía el nogal, el patio y una parte del camino.
El día estaba claro, con esa luz de octubre que prometía calor sin cumplirlo de inmediato.
Durante un rato, madre e hija miraron hacia afuera sin hablar.
Constanza pensó que antes ese silencio habría sido una batalla: Mercedes esperando confesión, ella defendiendo su derecho al secreto.
Ahora era otra cosa. No cómoda, pero menos cargada de armas.
—Rodrigo habló bien —dijo Mercedes al fin.
—Usted no escuchó.
—No todo se escucha con palabras. Entró con una cara y salió con otra. Tú también.
—Eso no significa que pueda decidir.
—No dije decidir. Dije que habló bien.
Constanza cerró el libro. La conversación bajo el nogal seguía dentro de ella con una nitidez que no se desvanecía.
Las Higueras buena pero no liviana. Clara mujer, no medida.
Teresa como autoridad, no enemiga. Hijos como posibilidad y peligro.
Anselmo no como ladrón ni santo. El no que no debía romper el camino.
El sí que también traería miedo. Rodrigo había hecho lo que prometió: poner la casa sobre la mesa sin cubrir sus grietas.
Desde entonces, la pregunta ya no era si él era suficientemente bueno.
Esa respuesta, con todas sus salvedades, empezaba a ser sí.
La pregunta era otra: si ella podía querer una vida con él sin usarlo para dejar de sufrir por otra.
—Me asusta que cuanto más correcto es, más responsable me vuelve —dijo.
Mercedes asintió, como si esa frase no la sorprendiera.
—Los hombres malos simplifican a las mujeres. Una puede rechazarlos con la conciencia limpia y hasta con aplausos de cocina. Los hombres decentes complican más. Obligan a mirarse.
—Eso parece injusto.
—Lo es. La decencia no debería trabajar tanto, pero trabaja.
Constanza sonrió apenas. Luego miró la lista.
—No sé por dónde empezar.
Mercedes tomó la camisa otra vez, solo para doblarla mejor, aunque ya estaba doblada.
—Empieza por lo que no depende de que Anselmo vuelva o no vuelva.
La frase cayó como una piedra en agua quieta. Constanza no respondió. Mercedes continuó, con la vista en la tela.
—Si todo lo que puedes escribir cambia según una fecha de barco, entonces no estás haciendo lista. Estás mirando el puerto desde Los Robles. Anselmo debe pesar, claro. Sería absurdo decir que no. Pero no puede ser la vara única para medir a Rodrigo, ni a ti, ni a Las Higueras.
—¿Y si al verlo todo cambia?
—Entonces cambiará. Pero también debes saber qué cosas eran verdaderas antes de verlo. Si no, cuando llegue, su sola presencia parecerá respuesta, y eso tampoco sería justo para él.
Era una idea dura. Constanza la recibió como se recibe una medicina de mal sabor: sin gratitud inmediata, pero sin poder negar su utilidad.
Anselmo podía volver después de enero. Esa posibilidad tenía fuerza.
Pero, incluso si el barco se atrasaba, incluso si nunca volvía, incluso si volvía cambiado, la conversación con Rodrigo ya había ocurrido.
Las Higueras ya estaba allí. Su propio querer, imperfecto y sin nombre, no dependía de que Hamburgo se moviera primero.
—Presentación vendrá mañana —dijo Mercedes, cambiando de tono.
—¿La llamó usted?
—Le escribí después de la conversación. No le conté nada que no debiera, pero le dije que quizá te haría bien verla.
—Eso se parece mucho a organizarme el alma por correspondencia.
—Antes habría organizado más y avisado menos. Reconoce el progreso.
Constanza quiso molestarse. No pudo del todo. La idea de ver a Presentación le produjo alivio, y ese alivio desarmaba la queja.
—Está bien —dijo.
Mercedes dejó la camisa, esta vez definitivamente, y se dirigió a la puerta. Antes de salir, miró la lista.
—No intentes llenarla con frases elegantes. Las frases elegantes se portan muy bien hasta que toca vivir con ellas.
—Otra máxima para el archivo familiar.
—Tenemos muchas. Casi todas aprendidas tarde.
Presentación llegó al día siguiente con Tomás, una canasta de huevos, dos frascos de dulce y una expresión de hermana mayor que venía dispuesta a no preguntar hasta que fuera necesario, lo cual era peor que preguntar de inmediato.
La casa la recibió como siempre: Mercedes revisó si el chal era suficiente, Fernando la abrazó con una ternura que aún parecía pedir disculpas, Amparo la interrogó sobre perros, suegras y la posibilidad de que Tomás ya tuviera manías insoportables, y Rosa tomó la canasta de huevos con una inspección que equivalía a saludo.
Tomás se quedó con Fernando en el patio, hablando de un arado, y Presentación subió con Constanza a la pieza casi sin pedirlo.
Las hermanas habían aprendido que algunas conversaciones necesitaban techo bajo y puerta entornada.
La lista estaba sobre la mesa. Presentación la leyó en silencio. No sonrió ni levantó las cejas. Eso molestó un poco a Constanza, que habría preferido una reacción más fácil de combatir.
—Está bien ordenada —dijo al fin.
—Está vacía.
—Las cosas vacías también pueden estar bien ordenadas. Las despensas antes de cosecha, por ejemplo.
—Por favor, no empieces tú también con metáforas de harina.
—No era de harina. Era de despensa.
—Peor.
Presentación se sentó en la cama, en la misma que había sido suya y ya era de la casa más que de ella. Tomó la lista y señaló la línea de Las Higueras.
—¿Qué temes de esa casa?
Constanza caminó hasta la ventana. La pregunta era demasiado directa para responder con una frase bonita.
—Temo no saber entrar. Temo que Teresa me mida y tenga razón al encontrarme torpe.
Temo que Clara esté en cada mueble y que yo tenga que pedir permiso hasta para respirar.
Temo que Rodrigo me quiera con toda su decencia y que igual termine mandando cuando tenga miedo.
Temo tener hijos porque todos los esperen, y temo no quererlos o quererlos demasiado tarde.
Temo que Los Robles se vuelva más pequeño si me voy.
Temo que Rosa no me perdone aunque diga que sí.
Temo extrañar esta casa justo cuando deba defender otra.
Presentación la escuchó sin interrumpir. Cuando Constanza terminó, tomó la pluma y escribió bajo el título: No saber entrar. Clara. Teresa. Autoridad de Rodrigo. Hijos. Los Robles. Rosa. Extrañar.
—Eso ya no está en blanco —dijo.
Constanza miró la lista como si su hermana hubiera cometido una invasión. Luego respiró. Ver las palabras escritas las volvía menos grandes, o al menos menos dispuestas a atacarla desde todas partes al mismo tiempo.
—¿Y Hamburgo? —preguntó Presentación.
Constanza volvió a sentarse.
—Temo que Anselmo vuelva y yo quiera ser otra vez la de antes.
Temo que no vuelva y una parte de mí lo espere igual, solo por no perder la costumbre.
Temo verlo y descubrir que lo que amo ya no está, o que está demasiado.
Temo que haya brotado ese grano y que yo lo convierta en señal aunque él me pidió no hacerlo.
Temo escribirle para contarle la conversación con Rodrigo y usar su respuesta como permiso.
Temo no escribirle y usar el silencio como cobardía.
Presentación escribió: volver a ser la de antes. Esperar por costumbre. Verlo. Grano brotado. Pedir permiso. Callar por miedo.
—¿Y de ti? —preguntó.
Esa era la línea peor. Constanza sintió un cansancio repentino.