Capítulo 31 La conversación bajo el nogal #4
Pensó en la propuesta. No era evasión completa. Tampoco urgencia. Le entregaba a ella una responsabilidad que no podía delegar: avisar cuándo estaba lista para oír la pregunta. No decidir en ese instante, pero tampoco dejar que los jueves siguieran acumulándose como si no pesaran.
—Acepto esa forma —dijo.
Rodrigo cerró los ojos brevemente otra vez. Se estaba volviendo, pensó Constanza, un hombre que recibía pequeñas respuestas como quien recibe sacos: midiendo peso antes de cantar victoria.
—Gracias —dijo.
—Otra vez agradece demasiado.
—Es que hoy ha dicho cosas que me permiten seguir viniendo sin sentirme fantasma de mí mismo.
Constanza bajó la mirada. Esa frase le dolió. No había pensado que su indecisión pudiera volverlo fantasma. Había pensado en evitar daño, no en la forma lenta del daño que produce la espera sin borde.
—Lo siento —dijo.
—No se lo dije para que pida perdón. Yo elegí venir. Pero necesitaba dejar de venir sin saber si estaba caminando hacia una conversación o solo dando vueltas alrededor de su cajón.
—Ahora camina hacia una conversación.
—Ya empezó.
—Sí.
Se quedaron callados. El día había avanzado.
La sombra del nogal se había movido sobre la tierra.
El agua de la jarra estaba a medio terminar.
La casa, que al principio parecía sostener la respiración, empezaba a recuperar ruidos: una puerta, pasos de Rosa, la voz de Fernando con alguien en el escritorio, quizá don Eulogio llegado por una cuenta inoportuna.
La vida retomaba su derecho a interrumpir.
Rodrigo se puso de pie primero. Constanza también. Ninguno hizo ademán de tocar al otro. El contacto habría sido demasiado pequeño para lo hablado o demasiado grande para lo no decidido.
—¿Quiere que diga algo a sus padres? —preguntó él.
—Diga que hablamos.
—Eso ya lo saben.
—Entonces diga que hablamos bien.
Rodrigo sonrió apenas.
—Eso quizá no lo sepan desde la sala.
—Mi madre cree saberlo todo desde cualquier parte.
—Y Rosa desde la cocina.
—Rosa sí lo sabe todo.
Caminaron hacia el corredor. Mercedes levantó la vista cuando entraron.
Fernando salió del escritorio casi al mismo tiempo, no con ansiedad visible, sino con esa falsa casualidad de los padres que pretenden no haber esperado.
Rosa apareció detrás con harina en las manos.
Rodrigo se quitó el sombrero que había dejado sobre una silla.
—Hablamos bien —dijo.
La frase, sencilla, produjo un silencio más profundo de lo que merecían dos palabras. Mercedes miró a Constanza. Constanza asintió. Fernando soltó el aire.
—Bien entonces —dijo él.
Rosa observó a Rodrigo con severidad.
—¿Tomó agua?
—Sí, doña Rosa.
—Entonces algo se hizo bien.
La normalidad volvió por esa rendija absurda. Rodrigo se despidió sin prolongar la escena. En el corredor, antes de bajar los escalones, miró a Constanza una vez más.
—Volveré el jueves —dijo.
—Lo sé.
—Pero no como antes.
—No.
Esa respuesta bastó. Rodrigo montó y tomó el camino a Las Higueras.
Constanza lo vio alejarse hasta que el caballo cruzó las piedras del tramo compartido.
No sintió alivio simple ni tristeza limpia.
Sintió cansancio, ternura, miedo y una extraña firmeza.
Habían hablado de dinero, muertos, autoridad, libros, hijos, Anselmo, orgullo y caminos.
Nada de eso resolvía una vida. Pero impedía que la vida se disfrazara de sueño fácil.
Esa noche, Constanza no abrió el cajón de inmediato. Bajó a la cocina, donde Rosa amasaba para el día siguiente. La mujer la miró sin sorpresa.
—¿Y? —preguntó.
—Hablamos.
—Eso dijeron.
—Hablamos de verdad.
Rosa hundió las manos en la masa.
—Entonces debe de estar cansada.
—Mucho.
—Bien. Las conversaciones que no cansan suelen ser visita, no trabajo.
Constanza se apoyó en la mesa de la cocina. El olor a harina y levadura era fuerte, terrenal, sin paciencia para dramas delicados.
—No sé qué voy a responder cuando pregunte.
—Hoy no tenía que saberlo.
—Pero debo saberlo algún día.
—Sí. La masa no se puede quedar eternamente en la artesa.
Constanza sonrió.
—Estaba esperando esa comparación.
—Para eso me tiene.
Rosa cubrió la masa con un paño. Luego, sin mirarla, añadió:
—Pero antes de horno se deja reposar. No por flojera. Para que tome cuerpo.
La frase, como casi todas las de Rosa, venía con harina pegada y por eso servía. Constanza la guardó. Subió después a su pieza. Abrió el cajón. Allí estaban los papeles, pero no los tocó. Tomó una hoja limpia y escribió una lista, no una carta.
Lo que Rodrigo ofrece. Lo que Rodrigo no promete. Lo que temo de Las Higueras. Lo que temo de Hamburgo. Lo que temo de mí.
Se quedó mirando la última línea. Después agregó otra:
Lo que deseo, aunque todavía no sepa llamarlo.
No escribió debajo. Apagó la lámpara con la lista en blanco.
No era evasión. Era comienzo. Afuera, el camino a Las Higueras estaba oscuro y firme.
Más lejos, el mar seguía haciendo su trabajo sin consultar a nadie.
En Hamburgo, quizá un grano de trigo crecía un poco más junto a una ventana.
En Los Robles, bajo el nogal, la conversación había dejado de ser promesa futura y se había vuelto tierra removida.
Nada brota el mismo día en que se abre el surco.
Pero, por primera vez, Constanza supo dónde estaba la tierra que debía mirar.