El peso de la tierra Capítulo 31 La conversación bajo el nogal #3
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Capítulo 31 La conversación bajo el nogal #3

—Me temo que sí.

La risa pasó y dejó una calma extraña. Rodrigo no competía con Anselmo en ese momento. No ganaba ni perdía. Ayudaba a Constanza a mirar una trampa que podía llevarla de vuelta a una versión más bella y menos viva de sí misma.

—¿Lo ama todavía? —preguntó él.

La pregunta no fue brusca. Fue inevitable. Constanza sintió que toda la casa, aunque callada, se alejaba para dejarla sola con la respuesta.

—Sí —dijo.

Rodrigo bajó los ojos. No hubo gesto grande. Solo el golpe entrando donde debía.

—Gracias.

—Pero no sé si lo amo como se ama una vida posible o como se ama una vida que no ocurrió y por eso no se ensucia.

Él siguió mirando la mesa.

—Esa diferencia importa.

—Sí.

—¿Y a mí? —preguntó, con voz más baja—. ¿Me quiere?

Constanza no respondió enseguida. La palabra querer era menos peligrosa que amar y por eso, quizá, más concreta.

Se podía querer a un hombre por su decencia, por su trabajo, por su manera de no usar la necesidad, por una mano herida, por una casa ventilada, por una frase honesta cuando habría sido más fácil ser noble.

Se podía querer sin saber aún si ese querer alcanzaba para entrar a una vida.

—Sí —dijo al fin—. Lo quiero.

Rodrigo cerró los ojos. Esta vez no pudo ocultar del todo el alivio. Tampoco lo convirtió en victoria.

—No sé todavía cómo —añadió ella.

—Eso lo imaginaba.

—Ni si alcanza.

—También.

—Pero no es gratitud solamente. Ni conveniencia. Ni cansancio.

Rodrigo abrió los ojos. La miró como si esa frase, con todas sus negaciones, hubiera puesto una lámpara pequeña en el centro de la mesa.

—Eso es más de lo que me atreví a esperar hoy —dijo.

—No lo guarde como promesa.

—No. Lo guardaré como verdad del día. Las verdades del día también trabajan.

Constanza sintió ganas de llorar y no lloró. Había ternura en esa respuesta, pero no apropiación. Rodrigo no arrancaba la frase de su sitio. La dejaba ser lo que era: no un sí, no una antesala obligatoria, sino una verdad suficiente para seguir conversando.

—Ahora le diré qué puedo ofrecer —dijo él.

—Lo está diciendo desde que se sentó.

—No completo.

Se enderezó un poco. No como hombre que va a pronunciar discurso, sino como quien ordena sacos antes de contar.

—Puedo ofrecerle una casa con techo firme y ventanas que todavía aprendo a abrir.

Una mesa donde no quiero que usted pida permiso para pensar, aunque habrá días en que yo sea torpe y habrá que recordármelo.

Puedo ofrecerle trabajo, no descanso perpetuo.

Respeto, si lo cuido todos los días y no lo doy por hecho.

Una memoria de Clara que no quiero usar contra usted ni borrar para tranquilizarla.

Una mujer como Teresa, que le hará difícil la entrada y probablemente más honesta.

Un perro viejo que no sirve para nada salvo para enseñarnos que hasta lo inútil tiene sitio.

Puedo ofrecerle campo, trigo, harina, cuentas claras con su padre si Dios y mi carácter ayudan.

Puedo ofrecerle mi cariño, que no empezó como incendio, pero se volvió raíz de jueves en jueves.

Y puedo ofrecerle mis defectos sin maquillaje: orgullo, sequedad, costumbre de mando, celos que me avergüenzan y miedo a no bastar si Anselmo vuelve.

Constanza escuchó sin moverse. La lista era hermosa porque no intentaba serlo. Allí estaba Las Higueras en su mezcla verdadera: techo y trabajo, memoria y perro, Teresa y Clara, cuentas y celos.

—No puedo ofrecerle —siguió Rodrigo— que no habrá dolor.

No puedo prometer que el pueblo dejará de hablar, ni que Molina no intentará leer nuestro matrimonio como suma, ni que su madre no tendrá miedo, ni que su padre no se sentirá aliviado de maneras que habrá que vigilar.

No puedo prometer que no me dolerá cada carta de Hamburgo, aunque aprenda a no castigarla por recibirlas.

No puedo prometer que sabré ser justo desde el primer día.

Puedo prometer que no quiero vivir injustamente a sabiendas.

La última frase quedó en el aire. Constanza pensó que tal vez ese era el tipo de promesa que una casa podía sostener: no la ausencia de error, sino la negativa a convertir el error en costumbre cómoda.

—¿Y qué espera de mí? —preguntó.

Rodrigo no vaciló tanto como antes. Quizá había pensado esa parte con más miedo.

—Que no entre si no quiere entrar. Que no me diga sí por cansancio de decidir.

Que no use mi paciencia para no mirar su miedo.

Que si entra, entre con toda la verdad que pueda cargar, no con una parte de usted escondida en Hamburgo o en Los Robles.

Que me corrija cuando mande por miedo, pero que no confunda cada error mío con prueba de que debe huir.

Que no convierta a Anselmo en santo del galpón ni a mí en hombre de barro sin misterio.

Que me permita quererla sin hacer de ese cariño una deuda que tenga que pagarme con su vida.

Constanza bajó la mirada. Ninguna de esas expectativas era ligera. Algunas parecían justas; otras, difíciles; todas la trataban como persona capaz de actuar, no solo de ser elegida.

—Eso es mucho —dijo.

—Sí.

—No se vende bien como propuesta.

—Por eso no estoy pidiendo todavía.

Esta vez sí rieron ambos, con cansancio y alivio. La conversación había sido tan seria que la risa sonó casi extraña, como una gallina entrando a una sala formal. Les hizo bien.

Desde la cocina, Rosa apareció con una jarra de agua y dos vasos. No pidió permiso. Se acercó a la mesa, dejó la jarra y miró a ambos sin fingir que no veía nada.

—Hablar seca más que trillar —dijo.

—Gracias, Rosa —dijo Constanza.

—No me agradezca. Si se desmayan, me toca levantarlos.

Rodrigo tomó un vaso con gravedad.

—Doña Rosa, su prevención honra a la casa.

—Mi prevención honra mi espalda. Tome agua.

Rosa volvió a la cocina. La interrupción, lejos de romper la conversación, la devolvió al suelo. Rodrigo bebió. Constanza también. El agua estaba fresca.

—Rosa sería una gran ministra —dijo él.

—Ya gobierna más territorio del que admite.

La pausa les permitió mirar alrededor. El nogal seguía allí, indiferente y testigo.

Una abeja rondó la jarra. Al fondo, Fernando salió un momento al corredor, vio que ambos seguían sentados y volvió a entrar sin intervenir.

Ese gesto de su padre —retirarse después de ver— le pareció a Constanza una forma nueva de amor.

—Quiero preguntarle algo que quizá sea injusto —dijo ella.

—Pregunte.

—Si yo digo que no, ¿seguirá el camino entre casas?

Rodrigo apretó los dedos alrededor del vaso. Esa pregunta sí lo hirió de un modo visible.

—No igual —respondió.

Ella agradeció la verdad antes de saber si la soportaba.

—Pero no lo romperé —añadió—. No voy a quitar piedras ni retirar hombres ni hacer que Las Higueras mire a Los Robles como casa enemiga.

Habrá distancia. Tendrá que haberla un tiempo, por dignidad y por cuidado.

Teresa dirá que soy más bruto de lo necesario y probablemente tendrá razón.

Pero el camino no fue mentira. No dejaría de servir porque usted no me elija.

Constanza sintió que esa respuesta abría un espacio que no sabía que necesitaba. El no posible no se convertía en castigo colectivo. Eso era esencial. No porque quisiera decir no, sino porque un sí solo podía ser libre si el no no destruía la tierra alrededor.

—¿Y si digo que sí algún día? —preguntó, más bajo.

Rodrigo se quedó inmóvil. La pregunta no era aceptación, pero por primera vez ponía el sí como posibilidad dicha por ella.

—Entonces tendré miedo —respondió.

Constanza lo miró, sorprendida.

—¿Miedo?

—Sí. Alegría también, supongo. Mucha. Pero miedo.

Porque una cosa es querer una vida y otra recibirla con sus días ordinarios.

Tendría miedo de fallarle, de que Las Higueras pese demasiado, de que usted descubra que mi cariño tiene menos poesía que su paciencia merece, de que yo confunda cuidarla con ordenarla.

Tendría miedo de que Anselmo vuelva y una parte suya mire hacia allí en silencio.

Tendría miedo de perderla después de haberla recibido.

Pero prefiero ese miedo al de no haber hablado nunca.

Constanza sintió que la palabra sí permanecía entre ellos como un animal recién entrado al patio: no domesticado, no ajeno. Ya no era un final. Era una posibilidad con miedo propio.

—No le responderé hoy —dijo.

—Lo sé.

—Ni la próxima semana, si pregunta entonces.

Rodrigo la miró con una mezcla de dolor y aceptación.

—¿No?

—No lo sé. Pero no quiero que prepare el corazón para una escena rápida.

Necesito pensar después de oírlo. Necesito escribir quizá.

No a Anselmo necesariamente. Tal vez a Presentación.

Tal vez a mí. Necesito mirar Las Higueras otra vez sin comité ni fiesta.

Y necesito saber si la noticia de enero toma forma de fecha o de demora.

Rodrigo respiró despacio.

—Eso es razonable.

—No lo diga si lo odia.

—Lo odio un poco.

—Bien.

—Y sigue siendo razonable.

La honestidad volvió a sostenerlos. Rodrigo no quería esperar más. Constanza lo veía. Pero tampoco quería forzar una respuesta que después se pudriera debajo de la mesa. Esa tensión era el precio de hacer las cosas con menos daño.

—Entonces le propongo algo —dijo él—. No como condición.

Como forma. Después de esta conversación, volveré a Las Higueras y pondré por escrito lo que dije hoy, no en carta para convencerla, sino para que no se lo lleve el viento ni lo mejore mi memoria.

Usted tómese el tiempo que necesite hasta que llegue una noticia más concreta de Hamburgo o hasta que sienta que no necesita esperarla.

Cuando usted me diga que está lista para oír la pregunta, yo la haré.

Si pasan meses y usted no puede decirlo, hablaremos de eso también.

Sin convertir el silencio en arriendo gratis, como diría su madre.

Constanza se sorprendió al oír la frase de Mercedes en boca de Rodrigo.

—Mi madre se está volviendo doctrina pública.

—Tiene frases útiles. No se lo diga.

—No.