Capítulo 31 La conversación bajo el nogal #2
—Tiene razón —dijo—. Haberle dado un libro no me vuelve hombre que sabe vivir con una mujer que piensa.
Me dio apenas el derecho de empezar una conversación.
En Las Higueras hay libros, pero no suficientes.
Clara leía menos que usted, aunque tenía sus cuadernos y una manera de mirar la casa que yo tardé demasiado en reconocer como pensamiento.
Si usted entra, tendrá sus libros. Y tendrá tiempo para ellos, no como premio por cumplir primero todo lo demás.
No sé cuánto tiempo ni en qué forma. Una casa de campo come horas con mala educación.
Pero no quiero una esposa inteligente solo para decir que la tengo, y después pedirle que deje la inteligencia doblada con los manteles.
Constanza miró sus manos. La respuesta no era perfecta. Por eso le sirvió. Ningún hombre podía prometerle tiempo limpio en una vida de campo sin mentir. Pero podía reconocer que el tiempo no debía ser limosna.
—También necesito no convertirme en patrona de golpe —dijo.
—¿Eso teme?
—Temo muchas cosas. Temo entrar y que todos esperen de mí una autoridad que no sé tener.
O que Teresa me mida cada gesto. O que Rosa me extrañe aquí y me reproche allá sin decirlo.
Temo no saber mandar y terminar obedeciendo en una casa donde todos crean que mando. Temo parecer niña jugando a señora.
Rodrigo apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos, gesto menos formal que los anteriores.
—Teresa la medirá —dijo.
Constanza levantó una ceja.
—Qué alivio.
—No voy a mentir. Teresa mide a todos. Me mide a mí desde hace años y todavía no me aprueba completo.
Pero no es enemiga. Si usted entra intentando reemplazarla en una semana, perderá y tendrá razón Teresa.
Si entra pidiendo permiso hasta para mover una taza, también perderá y se perderá usted.
Tendrán que encontrarse en el trabajo. Rosa y Teresa ya lo hicieron peleando con harina.
Quizá las casas aprenden así: no por simpatía, sino por tareas compartidas.
—¿Y usted de qué lado se pondrá?
Rodrigo se quedó quieto. Esa era una pregunta que muchos hombres respondían mal por instinto.
—No del lado más cómodo —dijo al fin—. Eso es lo más honesto que puedo prometer ahora.
Habrá veces en que Teresa tenga razón. Habrá veces en que usted la tenga.
Habrá veces en que yo quiera que ambas se callen porque el campo ya me habrá dejado sin paciencia.
Ahí será cuando más tenga que cuidarme de mandar por cansancio.
Si quiere una frase bonita, no la tengo.
Si quiere una advertencia, sí: no soy hombre fácil cuando siento que mi casa se desordena.
Puedo ponerme seco. Puedo creer que estoy siendo práctico cuando en realidad estoy asustado.
—¿Y qué debo hacer con eso?
—No casarse con una mentira. Eso primero. Y si alguna vez se casa conmigo, no dejar que mi sequedad parezca ley solo porque vengo con apellido, llaves y hábito de mando.
Constanza sostuvo su mirada. Allí estaba el hombre con quien podría vivir, no el pretendiente que traía libros ni el vecino que cargaba piedras.
Un hombre decente, sí, pero formado por una casa que obedecía, por una esposa que había callado demasiado, por peones acostumbrados a medir su humor, por una soledad que podía confundirse con autoridad.
Esa verdad no la alejaba por completo. La obligaba a mirar sin música.
—Yo también puedo ser seca —dijo.
—Lo sé.
—Orgullosa.
—También.
—Injusta cuando me siento acorralada.
—Lo he visto asomarse.
—No se entusiasme con mi sinceridad.
—Estoy tomando nota para no declararme sorprendido después.
Ella sonrió apenas. Luego la sonrisa se fue.
—A veces digo cosas buenas solo para no decir la verdad más fea. Mi inteligencia también puede ser escondite.
Rodrigo no aprovechó la confesión. Solo asintió.
—Entonces tendremos que aprender a distinguir cuándo piensa para ver mejor y cuándo piensa para no moverse.
La frase la incomodó porque era cierta. Presentación había dicho algo parecido con menos suavidad: escondía el miedo con inteligencia. Constanza miró hacia la casa. Mercedes no estaba en la ventana. O fingía muy bien no estar.
—Hábleme de los hijos —dijo.
Rodrigo tragó saliva. Esa palabra entraba más lejos que esposa. Se notó que no la esperaba tan pronto y, sin embargo, no intentó esquivarla.
—No tuve hijos con Clara —dijo—. Usted lo sabe.
—Lo sé.
—No por falta de deseo. No llegaron. Después ella enfermó y la pregunta se volvió cruel.
Si algún día me caso de nuevo, habrá quien espere hijos como se espera lluvia después de siembra.
Mi casa, la suya, el pueblo, todos. Yo también quizá.
No voy a fingir indiferencia. Pero no quiero una esposa convertida en campo que otros revisan esperando brote.
Constanza sintió que la frase la golpeaba en un sitio del que casi nadie hablaba. Las mujeres eran miradas como casas, como alianzas, como honor, como alivio de deudas; también como tierra que debía responder. Rodrigo parecía incómodo con su propia metáfora, pero no la retiró.
—¿Y si no hay hijos? —preguntó.
—Entonces habrá dolor, si los queremos. Y comentarios.
Y tendremos que decidir si permitimos que el dolor se vuelva culpa.
No sé cómo se hace eso bien. Clara y yo no lo hicimos siempre bien.
A veces yo callaba para no herirla y ella callaba para no mostrarme que estaba herida.
Eso hizo la casa más silenciosa de lo necesario.
—¿Y si sí los hay?
—Entonces tampoco quiero que usted desaparezca detrás de ellos.
Digo esto sin saber si podré cumplirlo siempre.
He visto mujeres tragadas por la crianza y hombres felicitándose por tener familia mientras siguen viviendo casi igual.
Si tengo hijos, no quiero ser visitante honorable de mi propia casa.
Pero tampoco quiero que usted quede sola cargando lo que todos aplauden.
Constanza bajó la vista. Había imaginado preguntas sobre Clara, sobre dinero, sobre Anselmo.
No había imaginado que hablar de hijos la haría sentir una mezcla tan grande de miedo y confianza.
Rodrigo no prometía felicidad limpia. Prometía mirar de frente un peligro que muchos hombres llamaban orden natural.
—No sé si quiero hijos —dijo ella, y la confesión le salió casi en susurro.
Rodrigo no se movió.
—Está bien no saberlo hoy.
—¿Y si no los quiero?
La pregunta era más fuerte. Desde la cocina se oyó un golpe de olla, quizá casual, quizá Rosa recordando que el mundo seguía teniendo cuerpos. Rodrigo contestó despacio.
—Entonces tendría que escucharlo. Y tendría que preguntarme si puedo vivir con eso sin convertirla a usted en deuda.
No le diré ahora que sí para parecer noble.
Sería una conversación difícil. Pero prefiero saber que usted puede hacer esa pregunta antes de casarme con una mujer que cree que no tiene derecho a formularla.
Constanza sintió que algo en ella temblaba. No era una respuesta perfecta. Era una respuesta viva. Había un riesgo allí, real, no disimulado. Pero también había un respeto que no se apoyaba en la facilidad.
El viento movió las hojas del nogal. Una cayó sobre la mesa, amarilla en los bordes. Rodrigo la apartó sin romperla.
—Ahora pregunte por Anselmo —dijo.
Constanza levantó la mirada. Rodrigo no sonaba desafiante. Sonaba cansado de rodear el hueco.
—No quería hacerlo como si fuera examen.
—Lo será aunque lo disfracemos. Mejor ponerlo aquí, con su nombre.
Ella respiró hondo. El nombre de Anselmo había estado bajo cada tabla de la conversación, no como amenaza, sino como verdad previa.
—Si él vuelve después de enero —dijo—, ¿qué espera de mí?
Rodrigo miró hacia el camino. Al fondo, una carreta lejana levantaba polvo, pero no venía a Los Robles.
—Espero que no me mienta —respondió.
—Eso ya lo sabe.
—Lo sé en la cabeza. Necesito decirlo con el cuerpo también.
Si vuelve, y usted necesita verlo, hablar con él o recibir una carta suya antes de contestarme algo definitivo, dígalo.
Me dolerá. Quizá me enoje. Pero prefiero un dolor derecho a una esposa que un día mire por una ventana preguntándose qué habría pasado si todos la hubiéramos obligado a no mirar.
La palabra esposa volvió, esta vez con más peso. Constanza no la corrigió.
—¿Y si hablar con él cambia algo? —preguntó.
Rodrigo cerró los ojos un instante.
—Entonces algo no estaba firme. Eso no lo haría fácil. Pero sería mejor saberlo antes.
—¿Usted me esperaría hasta verlo?
La pregunta salió sin preparación. Rodrigo abrió los ojos.
—No sé —dijo.
La honestidad fue como una piedra puesta en la mesa.
—Gracias por no decir sí —respondió ella.
—Una parte de mí diría sí para no perderla en este minuto.
Otra parte sabe que esperar sin borde puede volverse humillación o presión.
Yo puedo esperar una conversación limpia.
Puedo esperar a que una noticia llegue con fecha, a que usted entienda qué le movió.
No sé si puedo quedarme indefinidamente al borde de un barco que no termina de atracar.
No porque no la quiera. Porque también tengo vida, casa y dignidad, aunque a veces me avergüence nombrar esta última.
Constanza asintió. No se sintió acusada. Se sintió tratada como adulta frente a otro adulto que también tenía límites. Eso dolía menos que la presión y más que la paciencia perfecta.
—Yo no quiero que espere indefinidamente —dijo.
—Entonces no lo haga usted tampoco.
La frase quedó entre ellos con una fuerza tranquila. No era ultimátum. Era espejo.
—Si Anselmo vuelve —dijo Constanza—, no volverá al mismo lugar que dejó.
—No.
—Yo tampoco soy la misma.
—No.
—A veces temo que, al verlo, quiera recuperar a la muchacha que fui esa noche en el galpón, porque ella sabía sufrir con más limpieza que yo ahora.
Rodrigo la miró con una tristeza suave.
—El sufrimiento limpio es una tentación fuerte. Parece destino porque no tiene que lavar platos al día siguiente.
Constanza soltó una risa inesperada, breve, casi dolorosa.
—Eso sí lo aprendió de Rosa.