El peso de la tierra Capítulo 29 La agitación #3
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Capítulo 29 La agitación #3

Mercedes, que estaba cerca, levantó la vista.

Rodrigo no se movió enseguida. Constanza entendió que negarse a todo gesto podía convertir el gesto en algo más grande.

Caminó hacia el sitio indicado. Rodrigo la siguió.

Se pararon junto al arco, no pegados, no distantes de manera ridícula.

La plaza entera pareció afinar el oído. Incluso los niños dejaron de empujarse.

—Un poco más cerca —dijo doña Elvira.

—Así se lee bien la lista —respondió Constanza.

—No estoy pensando en la lista.

—Ese es el problema.

Algunos rieron. Doña Elvira, por una vez, no insistió.

Rodrigo miró al frente, con los ojos bajos y una tensión apenas visible en la mandíbula.

Constanza sintió, estando allí junto a él, que la imagen podía ser robada por cualquiera: una vecina, un rumor, una madre ansiosa, un acreedor, incluso el propio corazón cuando quiere convertir una posición de ensayo en destino.

Dio un paso mínimo, no hacia Rodrigo ni lejos de él, sino hacia la mesa donde estaban los papeles. Tomó la lista.

—El espacio alcanza para trabajar —dijo.

Rodrigo la siguió con la mirada. No sonrió. Pero el alivio en su rostro fue claro. Ella no lo había negado; había negado el teatro. Esa diferencia, en una plaza llena de ojos, valía más que varias conversaciones privadas.

Después del ensayo, Rodrigo la acompañó hasta el borde del camino donde esperaba el carruaje de Los Robles. La tarde estaba gris. Las ramas del arco se movían con viento bajo.

—Gracias por no dejar que nos acomodaran como adorno —dijo él.

—Gracias por no enojarse porque me moví.

—Me habría enojado antes.

—¿Y ahora?

—Ahora entendí que no se apartó de mí. Se apartó de la mano ajena.

Constanza sostuvo la lista contra el pecho. La frase era exacta. Rodrigo la había entendido sin obligarla a explicarse. Eso tuvo un peso silencioso.

—Mañana será peor —dijo ella.

—Mañana habrá música, pan y demasiadas bocas ocupadas. Quizá eso ayude.

—Usted confía demasiado en el pan.

—Rosa me está educando.

El carruaje se acercó. Mercedes observaba desde dentro, no con vigilancia dura, sino con una atención cansada. Rodrigo bajó la voz.

—Después del acto, cuando todo se aquiete, quiero hablar con usted. No para pedir todavía si el día viene lleno de ruido. Para decirle cuándo quiero hacerlo y bajo qué condiciones. No quiero que la fecha la ponga doña Elvira, ni la patria, ni un barco.

Constanza sintió que el aire gris se volvía más denso.

—Bien —dijo.

—¿Bien significa que me escuchará?

—Sí.

Rodrigo asintió. No pidió más. El carruaje llegó y la conversación terminó con la clase de interrupción que a veces salva a las personas de seguir diciendo cosas demasiado pronto.

El día del acto amaneció con lluvia ligera, pero hacia media mañana el cielo abrió lo suficiente para que todos declararan intervención divina o buena suerte, según su inclinación.

La plaza se llenó de gente. Había banderas en la escuela, en la iglesia, en algunas ventanas del pueblo; bancas prestadas; niños nerviosos; sacos de harina bien separados; canastas; un arco que se mantenía en pie con dignidad; olor a pan; barro contenido por tablas; mujeres con mantillas limpias; hombres con chaquetas que les daban calor y solemnidad.

Los Robles llegó con Fernando, Mercedes, Constanza, Josefina y Amparo, quien llevaba prohibiciones acumuladas como otros llevan rosario.

Las Higueras llegó con Rodrigo, Teresa, Segundo y Capitán, porque el perro, según Teresa, se había negado a quedarse, aunque todos sospecharon de Amparo.

El acto comenzó con oración del padre Anacleto, siguió con canto de los niños y continuó con el discurso del maestro.

Las correcciones de Constanza sobrevivieron casi todas.

Cuando los niños dijeron “trigo que se siembra, se corta, se guarda y se reparte”, varias mujeres del bajo asintieron sin ceremonia.

Don Larraín se removió en su asiento, quizá extrañando alguna palabra más alta.

Rosa escuchó desde la cocina exterior y declaró que esa parte al menos no daba vergüenza.

El maestro, al terminar, parecía haber cargado una carreta solo con la voz.

Luego vino la entrega de pan y harina. No hubo pareja joven al frente, pese al deseo de doña Elvira.

Hubo una mesa larga. A un lado, Rosa y Teresa; al otro, Constanza con las listas y Rodrigo con los sacos; más allá, el maestro llamando nombres y el padre Anacleto bendiciendo con menos palabras de las habituales porque el hambre no aprecia sermones largos.

Fernando y Mercedes ayudaban desde atrás.

Otto Brandt se presentó con dos hombres de su casa y trabajó en silencio.

Tomás y Presentación organizaron a los niños.

La escena no era hermosa en el sentido de las estampas.

Era mejor: útil, ruidosa, imperfecta, con harina en el suelo y nombres corregidos antes de que alguien recibiera menos.

Molina apareció hacia el final. No había sido parte activa del comité, pero los hombres como él saben llegar cuando el trabajo ya parece resultado.

Saludó al padre, a don Larraín, a Fernando.

Miró los sacos, las listas, a Rodrigo junto a Constanza y a Otto Brandt cerca de la mesa. Su sonrisa se acomodó sola.

—Bonita unión de casas —dijo.

Fernando respondió antes que Rodrigo.

—Bonito trabajo de pueblo.

—Por supuesto. Eso quise decir.

Mercedes, que estaba detrás, murmuró lo bastante alto:

—Algunas bocas siempre quieren decir más de lo que les conviene.

Molina fingió no oír. Constanza sí lo oyó y sintió un orgullo breve por su madre. Rodrigo siguió levantando sacos sin entrar en la provocación. Esa contención fue trabajo también. No todo se carga con la espalda.

Al terminar la entrega, el padre Anacleto pidió a todos cantar.

La voz colectiva subió desigual, sincera en unos, obligada en otros, infantil y rota en muchos.

Constanza cantó poco. Miró la plaza, las banderas húmedas, el arco, los sacos vacíos, la harina en las manos de Rosa, la chaqueta de Rodrigo manchada, la cara de Fernando más liviana por haber dado sin esconderse, a Mercedes conversando con Teresa como si ambas administraran un país más serio que el oficial.

Pensó en Hamburgo, en un brote junto a una ventana, en una carta que aún no llegaba.

Pensó que el Centenario no había hecho nuevo a nadie, pero había obligado a todos a mostrarse en obra. Eso no era poco.

Después hubo comida sencilla, café, dulces, comentarios y el inevitable recuento de lo que pudo salir mejor.

Doña Elvira declaró que faltó una imagen más memorable para las generaciones futuras.

Rosa respondió que las generaciones futuras podían agradecer si quedaba pan para la tarde.

Amparo intentó conseguir que Capitán fuera reconocido como participante patriótico.

El padre Anacleto dijo que podría anotarlo como animal de apoyo moral, expresión que Amparo encontró insuficiente.

Rodrigo no habló con Constanza hasta casi el final, cuando la gente empezaba a retirarse y la plaza perdía su forma de ceremonia para volver a ser barro, papeles, niños cansados y bancas que alguien debía devolver. Él se acercó con dos tazas de café.