Capítulo 29 La agitación #4
—Teresa dice que si no toma esto, Rosa la acusará de debilidad.
—No sabía que Teresa transmitía amenazas de Rosa.
—Creo que ahora tienen alianza formal.
—Eso sí debería preocupar a la república.
Tomaron café de pie, bajo el arco que ya empezaba a soltar algunas hojas. La multitud alrededor les daba una intimidad rara: nadie podía acusarlos de esconderse, y sin embargo nadie oía del todo.
—Dije que quería hablar después del acto —comenzó Rodrigo.
—Sí.
—No voy a pedirle hoy. El día sigue lleno de voces ajenas.
—Lo sé.
—Pero quiero que sepa esto: después de que pasen las fiestas mayores y se cierre el trabajo del comité, voy a pedirle una conversación formal.
A usted primero. No para que me responda en el mismo minuto, ni para correr contra Hamburgo.
Para decirle con palabras lo que ya no quiero seguir dejando en piedras, jueves y listas.
Constanza sostuvo la taza con ambas manos. El café estaba demasiado caliente, pero agradeció tener algo que tocar.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Después de septiembre. Cuando el ruido baje. Si para entonces llega noticia más precisa de Anselmo, también deberá estar sobre la mesa. No quiero preguntar fingiendo que no hay barco ni posibilidad de regreso.
La precisión le produjo alivio y temor. Rodrigo no estaba evitando la sombra de Hamburgo. La estaba invitando a la mesa para que no apareciera después como acusación.
—Lo escucharé —dijo.
La frase fue pequeña. Rodrigo la recibió como si fuera grande y se cuidó de no mostrarlo demasiado.
—Gracias.
—No agradezca como si fuera respuesta.
—No. Agradezco que no me deje hablando con el aire.
Constanza miró el arco, las hojas, la plaza vaciándose.
La agitación empezaba a soltar su presa sobre el pueblo.
Pronto quedaría el trabajo de recoger, registrar, devolver bancas, limpiar harina, guardar telas.
Después vendría el silencio que sigue a toda fiesta y que suele ser más verdadero que la música.
—Rodrigo —dijo.
Él la miró.
—Cuando pregunte, no haga de Anselmo una condición de su pregunta. Ni de Clara. Ni de Los Robles. Pregunte por usted.
—Eso intento aprender.
—Y yo intentaré responder por mí. No por el pueblo, ni por mi madre, ni por gratitud, ni por miedo al barco.
Rodrigo bajó la vista, luego asintió.
—Entonces quizá ambos lleguemos menos acompañados de lo que parece.
—O acompañados, pero no empujados.
La frase quedó entre ellos con una calma trabajada.
No era promesa. No era declaración. Era preparación honesta.
En una vida peor, pensó Constanza con una ironía cansada, habría bastado el arco, la música y la patria para que alguien pidiera una mano.
En la vida real, una mano carga demasiadas cosas para entregarse por efecto de una bandera.
Esa noche, Los Robles volvió agotado. Amparo se durmió antes de llegar; Josefina llevó una bolsa de cintas sobrantes; Fernando guardó la libreta del comité junto a sus cuentas, como si el país y la casa hubieran compartido por unos días el mismo escritorio; Mercedes se quitó el chal con un suspiro largo; Rosa entró directamente a la cocina para revisar qué pan quedaba.
Constanza subió a su pieza sin abrir el cajón.
No quería ver todavía las cartas, las notas, los granos. El día había tenido bastante papel.
Se sentó junto a la ventana. Desde allí no se veía la plaza, pero podía imaginar el arco empezando a desarmarse en la oscuridad, los sacos vacíos, las huellas de carretas, el camino hacia Las Higueras mojado por la lluvia leve de la mañana y endurecido luego por el paso de todos.
Pensó en Rodrigo diciendo “después de septiembre”.
Pensó en Anselmo, de quien no había nueva carta todavía, pero cuya posibilidad de regreso ya tenía más cuerpo que antes.
Pensó en sí misma, no como premio ni como cruce de caminos, sino como persona que tendría que responder cuando la pregunta llegara.
Abajo, Mercedes habló con Fernando en voz baja.
Rosa cerró una puerta. Amparo murmuró algo dormida sobre Capitán y la patria.
Los Robles recuperó su ruido pequeño. La agitación del Centenario, que durante semanas había ofrecido refugio y presión al mismo tiempo, empezaba a retirarse.
Dejaba detrás lo que dejan las fiestas cuando son útiles: no una vida nueva, sino una vida sin la excusa del ruido.
Constanza abrió la ventana. El aire frío entró con olor a tierra húmeda.
En alguna parte del camino, Rodrigo volvería a Las Higueras sabiendo que había puesto fecha a la conversación sin poner fecha a la respuesta.
En alguna parte del mar, quizá, una carta de Hamburgo seguía avanzando con una noticia que nadie podría convertir del todo en sombra si llegaba escrita con limpieza.
Y en Los Robles, bajo el peso de un país que celebraba cien años de independencia sin terminar de entender sus deudas, una mujer joven empezó a sentir que su propia independencia no consistía en no elegir, sino en llegar a la elección sin haber dejado que otros le escribieran la frase.