El peso de la tierra Capítulo 29 La agitación
37%

Capítulo 29 La agitación

La agitación comenzó antes de septiembre, como comienzan casi todas las cosas que después la gente recuerda con fecha precisa: sin permiso y por los bordes.

Primero fueron las telas tricolores acumuladas en la sala parroquial, dobladas sobre bancas que olían a cera vieja.

Después, los niños de la escuela repitiendo versos patrióticos con más entusiasmo que comprensión, las carretas entrando al pueblo con madera, sacos y bancos prestados, las mujeres discutiendo si las cintas debían ir cruzadas o rectas, y los hombres opinando sobre el arco de la plaza como si el destino de Chile dependiera de que una rama de laurel quedara más alta que otra.

En Los Ángeles, el Centenario dejaba de ser palabra de periódico y empezaba a volverse polvo, hilo, harina, martillo, cansancio y vanidad.

La patria, descubrió Constanza, tenía mucho de cocina grande: todos querían servirse de ella, pocos querían lavar después.

En Los Robles la agitación entró con una lista del padre Anacleto, corregida por doña Elvira y aumentada por el maestro de la escuela hasta convertirse en un papel capaz de arruinar cualquier desayuno.

Mercedes la leyó con la boca apretada. Fernando preguntó si todas las cosas allí anotadas eran necesarias o si algunas se habían metido por puro amor al desorden.

Rosa dictaminó que cuando una lista trae más adornos que pan, la fiesta ya empezó torcida.

Amparo, que había descubierto en el Centenario una oportunidad para multiplicar preguntas, quiso saber si los cien años de la patria se contaban desde el día exacto o desde que la gente decidió ponerse de acuerdo en que había sido importante.

Nadie respondió. A veces la familia la ignoraba no por falta de cariño, sino por defensa propia.

—Necesitan a alguien que revise el discurso del maestro —dijo Mercedes, mirando a Constanza por encima del papel.

—El maestro sabe escribir.

—Sabe escribir como maestro. No siempre es lo mismo que ser entendido por criaturas con calor.

—Si quieren que los niños entiendan, que les den menos patria abstracta y más pan.

Rosa, desde la puerta, levantó un dedo.

—Esa muchacha hoy amaneció útil.

—No la anime —dijo Mercedes—. Después cree que pensar reemplaza obedecer.

—En algunas casas debería.

Fernando fingió leer una cuenta para no meterse entre ambas.

Constanza tomó la lista. El maestro pedía ayuda para corregir la lectura de los niños, ordenar la entrega de harina y preparar una pequeña representación sobre “los frutos de la tierra y el porvenir de la república”.

Esa última frase le hizo cerrar los ojos.

Los frutos de la tierra, en papel de escuela, tenían la mala costumbre de no ensuciarse, no depender de lluvia, no pasar por manos de peones ni perder peso en Valparaíso.

Eran frutos sin deuda, sin sacos húmedos, sin Molina mirando desde su coche, sin hombres midiendo si podían dar sin quedar expuestos.

Tal vez por eso a todos les gustaban tanto.

—Ayudaré con los niños —dijo—. Pero no escribiré cosas que hagan parecer el trigo un ángel con cáscara.

—El trigo no tiene cáscara de ángel —dijo Amparo.

—Exactamente.

Mercedes dobló la lista con cierta satisfacción.

—Entonces ve mañana a la escuela. Rodrigo llevará madera para el arco, así que habrá carreta de vuelta si necesitas traer papeles.

La frase fue casual en apariencia. No lo era del todo. Mercedes había mejorado en no empujar puertas, pero todavía sabía dejar sillas cerca de ellas. Constanza la miró. Su madre sostuvo la mirada sin inocencia.

—No te puse en una carreta de bodas —dijo—. Solo dije que Rodrigo llevará madera.

—Usted sabe cómo suenan las cosas ahora.

—Sí. Por eso las digo más claras. Peor sería fingir que él no existe cada vez que cruza el camino.

Constanza no respondió. Esa era una de las incomodidades nuevas: Mercedes ya no era tan fácil de contradecir porque, con demasiada frecuencia, decía algo cierto sin convertirlo de inmediato en mandato. La hija echaba de menos, a veces, a la madre más injusta. Era más sencillo defenderse de ella.

Al día siguiente, la escuela parecía una colmena mal gobernada.

Los niños corrían entre bancas; el maestro sostenía un cuaderno con la desesperación de quien ha descubierto que la letra escrita no doma piernas; doña Elvira medía telas con una autoridad que ningún reglamento le había concedido; el padre Anacleto intentaba colgar una bandera en la entrada y terminaba discutiendo con un clavo; Rodrigo descargaba madera con Segundo y dos peones; Teresa organizaba cuerdas; Rosa había llegado antes que Constanza, por razones que nadie se atrevió a preguntar, y ya estaba revisando la cocina donde se hornearía el pan para el bajo.

—Llegó tarde —dijo Rosa apenas la vio.

—No sabía que usted me esperaba.

—La desorganización siempre espera a alguien con letra clara.

Rodrigo, que pasaba con un tablón al hombro, oyó la frase y sonrió sin detenerse.

Tenía la camisa arremangada, polvo en el pelo y una astilla pegada en la manga.

No parecía hombre de propuesta contenida ni pretendiente bajo observación.

Parecía un vecino cargando madera, que era a veces la forma más peligrosa de volverse necesario.

Constanza sintió esa idea y la apartó, porque había llegado a corregir niños, no a observar hombres.

El maestro le entregó el discurso con gratitud excesiva.

Constanza lo leyó bajo la sombra pobre del corredor.

La primera página estaba llena de palabras grandes: emancipación, grandeza, civismo, labor fecunda, virtud agrícola.

En la segunda, el trigo aparecía como “dorado emblema de abundancia nacional”.

En la tercera, los niños del bajo debían cantar una estrofa sobre el porvenir sin hambre.

Constanza levantó la vista hacia la cocina, donde Rosa discutía la harina con Teresa; hacia el patio, donde un niño miraba los sacos con hambre verdadera; hacia Rodrigo, que acomodaba madera sin discurso. Tomó la pluma y empezó a tachar.

—Va a dejar al maestro sin república —dijo Rodrigo, acercándose con las manos llenas de polvo.

—Le dejaré una más corta y menos mentirosa.

—Eso es peligroso para cualquier acto público.

—Entonces usted cargue madera y no intervenga en letras.

—Obedezco donde no sé.

—Eso debería figurar en el programa.

Rodrigo se rio. Doña Elvira, desde el otro extremo del corredor, los miró con la rapidez de quien ve una chispa y ya imagina incendio. Constanza bajó la voz.

—Nos están mirando.

—Nos miran aunque no hablemos.

—Eso no significa que debamos facilitarles el trabajo.

Rodrigo miró hacia doña Elvira, luego hacia el arco a medio levantar.

—Tiene razón. Me retiro con mi madera.

—Eso suena más digno de lo que es.

—La dignidad suele depender de la distancia.

Volvió al patio. Constanza siguió corrigiendo.

Cambió “dorado emblema de abundancia nacional” por “trigo que se siembra, se corta, se guarda y se reparte”.

Cambió “porvenir sin hambre” por “porvenir que se trabaja para que no falte pan”.

Dejó una frase sobre la patria, porque tampoco era necesario pelear con todos los santos de golpe, pero le quitó parte del brillo.

Cuando el maestro leyó las correcciones, primero palideció; después, al repetirlas en voz alta, pareció descubrir que los niños podrían decirlas sin que la lengua se les torciera.

—Está menos elevado —dijo con cautela.

—Mejor. Así no se cae desde tan alto.

El padre Anacleto, que pasaba con el dedo golpeado por el clavo, murmuró:

—Amén a eso.

La agitación de la escuela se multiplicó durante las semanas siguientes.

Los Robles y Las Higueras quedaron atados a la organización de manera tan práctica que resultaba imposible convertir cada encuentro en escena romántica, aunque el pueblo lo intentara.

Rodrigo llevaba madera, bancas, sacos o hombres.

Constanza revisaba listas, corregía lecturas, ayudaba a separar harina por familias y evitaba que Amparo se ofreciera como recitadora de emergencia.

Mercedes cosía banderas con doña Elvira y la vigilaba como se vigila una olla que tiende a hervir por encima.

Fernando se ocupaba de los registros con don Eulogio, más preocupado por que cada aporte quedara claro que por figurar en ninguna libreta patriótica.

Rosa y Teresa, después de varias batallas menores, habían formado una alianza que nadie nombraba amistad porque ambas lo habrían negado con ofensa.

La noticia de que Anselmo podía volver después de cerrar el ciclo comercial seguía en la casa como humedad bajo tabla.

No estaba siempre a la vista, pero alteraba el peso de los pasos.

Constanza había dicho a Rodrigo lo que sabía.

Rodrigo había recibido la noticia sin correr ni desaparecer.

Esa regla se mantuvo durante tres jueves, lo cual en la vida real valía más que una frase hermosa.

Venía igual, hablaba igual, se quedaba lo necesario y se iba sin hacer de su partida una acusación.

Pero en algunos silencios se le notaba el cálculo: no el cálculo mezquino de quien arma trampa, sino el de un hombre que mide cuánto tiempo puede sostener una pregunta sin que se pudra o se vuelva presión.

Una tarde, mientras revisaban junto a la escuela la lista de niños que recibirían pan después del acto, doña Elvira se acercó con dos cintas en la mano y una sonrisa de aparente inocencia.

—Necesitamos una pareja joven para entregar las canastas al final —dijo—. Quedaría muy lindo que fueran ustedes.

Constanza no preguntó quiénes eran “ustedes”. Rodrigo tampoco. Ambos miraron a doña Elvira con la misma paciencia vigilada.

—Las canastas las entregarán quienes conozcan a las familias —dijo Constanza—. Rosa y Teresa tienen mejor ojo que nosotros.

—No seas esquiva, hija. La ceremonia necesita imagen.

—La harina necesita destino.

Rodrigo bajó la vista para esconder una sonrisa. Doña Elvira giró hacia él.