Capítulo 28 El año del Centenario #4
Mercedes leyó la carta primero. Luego la entregó a Constanza sin comentario.
Estaban en la sala, con la ventana abierta hacia el calor de julio, que en Chile no era calor sino frío de invierno, lluvia delgada y olor a ropa húmeda.
Constanza leyó la línea sobre el regreso posible y sintió que el pecho le respondía antes que el juicio.
Anselmo podía volver. No ahora, no con fecha, no como reclamo.
Pero podía. El grano había brotado. Esa imagen la alcanzó con una fuerza que no esperaba.
El trigo de Los Robles, bajo tierra alemana, había encontrado una forma de salir a la luz.
—¿Vas a decirle a Rodrigo? —preguntó Mercedes.
Constanza dobló la carta.
—Sí.
—¿Hoy?
—Cuando venga.
—Bien.
—¿Nada más?
Mercedes tomó la costura y fingió buscar una aguja.
—Si digo más, voy a decir demasiado. Estoy practicando.
Constanza se acercó y la besó en la frente. El gesto las sorprendió a ambas. Mercedes parpadeó, incómoda y conmovida.
—No abuses de mi progreso —dijo.
—No abuse usted de su miedo.
—Trato hecho, otra vez.
Rodrigo llegó el jueves bajo lluvia fina. Venía con capa, botas embarradas y una carpeta protegida bajo el brazo. Constanza lo recibió en el corredor antes de que entrara a saludar a Fernando. No quiso esperar a que la noticia se volviera mueble en la casa.
—Llegó carta de Frida —dijo.
Rodrigo se quitó el sombrero despacio. La lluvia le había oscurecido el cabello.
—¿De Hamburgo?
—Sí. Anselmo tiene permiso de Otto para volver cuando cierre el ciclo comercial. No hay fecha. Frida dice que no quiere entrar como reclamo.
Rodrigo miró hacia el patio mojado. No respondió de inmediato. Ella le concedió ese silencio. Se lo debía.
—Gracias por decírmelo antes de que lo oiga con adornos —dijo al fin.
—No quería que se enterara por doña Elvira.
—Eso sería crueldad.
—También cobardía mía.
Él asintió. El agua caía desde el alero en gotas regulares.
—¿Qué siente? —preguntó.
Constanza sostuvo la carta en la mano.
—No lo sé completo. Alegría. Miedo. Culpa por sentir alegría. Rabia por sentir culpa. Y algo de alivio porque dice que no quiere volver como reclamo.
—Eso es bastante para no saber.
—Sí.
Rodrigo apoyó el sombrero contra el pecho.
—A mí me duele. Y me alivia que no venga como reclamo. Y me da rabia que me alivie algo que todavía puede dolerme más después. Ahí tiene mi parte fea del día.
Constanza respiró con una calma difícil. Esta vez no había cartas escondidas, ni rumores adelantándose, ni hombres hablando por ella. Había lluvia, un corredor, una noticia y dos personas tratando de no mentir.
—No quiero que esto detenga todo —dijo.
—Tampoco quiero correr para ganarle al barco.
—No hay barco todavía.
—Pero ya hay agua en el pensamiento.
La frase salió casi torpe, y por eso funcionó. Constanza miró la lluvia.
—Entonces no corra.
—No correré.
—Pero tampoco desaparezca por prudencia.
Rodrigo la miró.
—No soy Anselmo.
La frase sonó más dura de lo que él quiso. Se arrepintió de inmediato, pero no la retiró. Constanza no se ofendió. La verdad a veces entra embarrada.
—No —dijo ella—. Por eso se lo pido de otro modo.
Rodrigo bajó la vista. Luego asintió.
—Vendré el jueves.
—Bien.
—Y si algún día pregunto, será porque quiero vida con usted, no porque otro pueda volver.
—Eso necesito creer.
—Entonces tendré que hacerlo creíble, no decirlo bonito.
La lluvia sostuvo el silencio. Después Rodrigo entró a saludar a Fernando, con la noticia ya puesta entre ambos, no escondida bajo la capa.
Constanza se quedó un momento en el corredor, con la carta de Frida en la mano.
El año del Centenario seguía avanzando: banderas por coser, pan por repartir, discursos por preparar, arcos por terminar, cuentas por cerrar, caminos por cuidar.
El país se preparaba para celebrar cien años de independencia, aunque en cada casa seguían vivas muchas dependencias menores, más tercas que cualquier colonia: deudas, muertos, cartas, orgullo, miedo, amor.
Esa noche, escribió a Presentación. No le contó todo con dramatismo.
Le contó que el grano de Hamburgo había brotado, que Anselmo podía volver sin fecha, que Rodrigo había recibido la noticia sin volverse ni santo ni enemigo.
Le contó que en la entrega de harina una mujer del bajo había dicho “el camino de ustedes” y que ella todavía no sabía si corregirla.
Al final escribió: “Todos hablan del Centenario como si el país fuera a despertarse nuevo por ponerse bandera. Aquí, en cambio, las cosas nuevas salen de abrir una pieza, separar un saco, pagar la mitad de un camino o decir una noticia antes de que se pudra. Es menos vistoso. Quizá por eso pesa más.”
Dejó secar la tinta. Esta vez no tachó la frase. Había días en que una podía permitirse una línea clara si había cargado bastante barro para sostenerla.
Afuera seguía lloviendo. El camino a Las Higueras recibiría agua toda la noche y al día siguiente habría que mirar si las zanjas habían hecho su trabajo.
En Hamburgo, un brote mínimo buscaría luz en una ventana extranjera.
En Los Robles, una muchacha cerró su carta a la hermana y no abrió el cajón de los otros papeles.
No hacía falta. Por esa noche, las cosas importantes estaban fuera: en el camino, en la lluvia, en la carta que acababa de escribir y en el hombre que había prometido venir el jueves sin correrle a ningún barco.