Capítulo 28 El año del Centenario #3
El día de la primera entrega de harina al bajo, Rodrigo y Constanza quedaron a cargo de revisar las listas junto al maestro, bajo la vigilancia bastante visible de Mercedes, Teresa y Rosa.
No había modo de evitarlo sin crear más comentario que el que ya existía.
Se sentaron en una mesa afuera de la escuela, con sacos detrás, niños alrededor y el padre Anacleto intentando mantener un orden cristiano entre gente con hambre, calor y curiosidad.
Rodrigo anotaba familias; Constanza verificaba nombres; el maestro iba llamando; Rosa corregía cantidades cuando alguna mujer recibía menos de lo justo; Teresa organizaba los sacos con la eficiencia de una campaña militar.
—Esto parece oficina de puerto —dijo Rodrigo en voz baja, al ver la lista de sacos.
—No insulte al bajo.
—No lo insulto. Me quejo de los papeles.
—Los papeles son mejores cuando no deciden solos.
Rodrigo la miró un instante. Ambos pensaron en Anselmo, aunque ninguno dijo su nombre.
La ausencia no fue dolorosa en ese momento.
Fue parte de la mesa: sacos separados, peso honrado, nombres bien escritos.
Constanza sintió algo parecido a gratitud hacia todos los caminos torcidos que los habían llevado a trabajar así.
Una mujer del bajo, Jacinta, recibió su harina y se quedó mirando a Constanza y Rodrigo con una franqueza que no pasaba por doña Elvira.
—Quedó bueno el camino de ustedes —dijo.
Constanza abrió la boca para corregir: no es nuestro. Rodrigo se adelantó, no por invadir, sino por ahorrar una mentira inútil.
—Quedó bueno el camino entre casas —respondió.
Jacinta asintió.
—Eso dije.
Se fue con su saco antes de que ellos pudieran acomodar la frase.
Constanza miró la lista, pero ya no veía bien las letras.
Rodrigo se quedó quieto un segundo, luego llamó al siguiente nombre.
La jornada siguió. El mundo, que tenía una paciencia brutal, no se detenía para que dos personas entendieran del todo una frase de mujer cargando harina.
Esa tarde, al terminar la entrega, el maestro agradeció en nombre del comité. Doña Elvira quiso que Rodrigo y Constanza posaran juntos frente al arco a medio hacer para “tener recuerdo de los trabajos”. Mercedes la detuvo con una dulzura falsa.
—Doña Elvira, si empieza a acomodar gente como muebles, le voy a pedir que cargue una banca de verdad.
—Mercedes, usted arruina la historia futura.
—La historia futura tendrá que arreglárselas con menos teatro.
Rodrigo oyó y no intervino. Constanza agradeció la intervención materna y, al mismo tiempo, sintió que ya no necesitaba ser rescatada de cada escena.
Si el pueblo quería verla junto a Rodrigo, ya la había visto repartiendo harina, leyendo listas, discutiendo cantidades y evitando que Amparo subiera al arco.
Eso era más cierto que una imagen quieta. Más peligroso también.
Al regresar a Los Robles por el camino reparado, Rodrigo acompañó la carreta un tramo.
Mercedes iba dentro con Rosa y Amparo, que estaba dormida contra un saco vacío.
Teresa había vuelto a Las Higueras con Capitán y una opinión favorable sobre la resistencia de Rosa, lo que, en su lengua, equivalía a una amistad firme.
Constanza caminó unos metros junto a Rodrigo antes de subir al carruaje.
—Jacinta dijo “el camino de ustedes” —dijo ella.
—Sí.
—Usted no corrigió del todo.
—Tampoco quise apropiármelo.
—Dijo entre casas.
—Eso es lo que es.
Constanza miró el polvo bajo sus botines. El sol bajaba detrás de los álamos y dejaba el camino dorado, menos hermoso que útil.
—A veces temo que entre casas termine significando entre nosotros antes de que yo pueda decirlo.
Rodrigo se detuvo.
—Entonces lo cuidaremos. Entre casas hasta que usted diga otra cosa. O hasta que diga que no.
—¿Y usted?
—Yo ya dije bastante con piedras, visitas y mala paciencia. Cuando hable, hablaré con palabras. No hoy.
—No hoy —repitió ella.
El acuerdo no les dio paz completa, pero les dio borde.
Constanza subió al carruaje. Rodrigo se quedó en el camino hasta que la carreta avanzó.
Desde la ventanilla, ella vio que él no tomó enseguida hacia Las Higueras.
Miró primero la huella, luego Los Robles, luego el tramo que llevaba a su casa.
Un hombre entre casas, también. Eso la enterneció y la asustó.
A mediados de año llegó otra carta de Frida.
Venía con un paquete de Otto para Fernando y una línea breve para Mercedes.
La carta contaba que Anselmo había recibido permiso de Otto para volver una vez cerrado el ciclo comercial, pero que no había fecha.
“No quiere entrar como reclamo”, escribía Frida.
“Está aprendiendo, o intentándolo. En Hamburgo brotó uno de los granos de trigo que llevó. No sé si eso debe alegrarme o preocuparme. A veces las madres nos preocupamos hasta de las plantas si vienen pegadas a los hijos.”