El peso de la tierra Capítulo 28 El año del Centenario #2
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Capítulo 28 El año del Centenario #2

Al salir de la sala parroquial, el sol caía fuerte sobre la plaza.

Presentación tomó del brazo a Constanza y caminó con ella unos pasos detrás de Mercedes.

Tomás se quedó conversando con el maestro.

Rodrigo hablaba con Fernando y Otto cerca de los caballos.

La plaza, con sus vendedores, niños, perros y mujeres comentando la reunión, parecía más pequeña que de costumbre.

—Otto dijo que después se verá —murmuró Presentación.

—Lo oí.

—Todos lo oyeron.

—Gracias por la tranquilidad.

Presentación apretó su brazo.

—No te lo digo para asustarte. Te lo digo porque una frase así cambia el peso del aire aunque nadie quiera. Si Anselmo vuelve, aunque vuelva solo por trabajo, el medio donde estás parada va a moverse.

Constanza miró hacia Rodrigo. Él se inclinaba sobre un papel junto a Fernando, serio, con el sombrero en la mano. No parecía hombre dispuesto a huir de una frase. Pero tampoco era justo hacerlo esperar sentado bajo cada noticia de Hamburgo.

—No sé si vuelve —dijo.

—No. Pero ya existe la posibilidad dicha por su padre. Eso alcanza para que deje de ser fantasma y pase a ser fecha sin fecha.

—Eres cada día menos consoladora.

—El matrimonio ahorra tiempo en consuelos inútiles.

Constanza quiso reír, pero la risa no llegó completa. Al otro lado de la plaza, Otto se despedía de Rodrigo con una inclinación. Los dos hombres no eran amigos. Tampoco enemigos. Esa calma le pareció más difícil que una pelea abierta.

La carta de Otto a Anselmo había salido semanas antes y llegó a Hamburgo cuando el grano sembrado en la maceta ya mostraba una línea verde tan delgada que Anselmo al principio creyó que era hierba de cualquier parte.

Ilse la vio primero, al entrar a la habitación con un legajo de Markus bajo el brazo y la paciencia ya gastada.

—Brotó —dijo.

Anselmo levantó la vista de los papeles.

—¿Qué cosa?

—Su terquedad chilena.

Se acercó a la ventana. Allí estaba el brote, mínimo, frágil, casi absurdo contra el vidrio empañado de Hamburgo.

No era un campo. No era promesa. No era regreso.

Era apenas un hilo verde saliendo de una tierra comprada en un mercado alemán.

Aun así, le produjo una emoción desproporcionada.

Pensó en el galpón de Los Robles, en Constanza diciendo que no se lo daba a Hamburgo, en su propia mano cerrándose sobre los granos.

Había puesto uno en tierra y la tierra, sin entender nada de deudas, había hecho lo suyo.

—No debería alegrarme tanto —dijo.

—Las alegrías pequeñas no piden permiso por tamaño.

Ilse dejó el legajo sobre la mesa. Anselmo notó que traía también una carta con sello chileno. Reconoció la mano de Otto antes de tomarla. La abrió de pie.

La carta que Anselmo había mandado a Otto no pedía permiso ni abría una disputa de hijo herido. Ponía límite. Decía, con una claridad que a él mismo le había costado aceptar, que antes de saber qué esperaba la casa debía decir qué no estaba dispuesto a seguir pagando con su vida entera.

Otto había respondido sin rodeos largos.

Decía que había leído su carta con Frida, que la casa Brandt ya no exigiría de él una permanencia indefinida en Hamburgo, que cerrara el ciclo comercial de 1910 con decencia y volviera cuando los papeles quedaran entregados, salvo que él mismo eligiera otra cosa con claridad.

Añadía que Heinrich Hartmann aceptaba esa línea, aunque Markus la encontraba poco conveniente.

Al final, en una letra más apretada, Otto escribía: “No vuelvas huyendo, Anselmo. Vuelve si puedes mirar de frente lo que dejaste y lo que traes. Chile estará celebrando cien años de cosas que todavía no entiende bien. Nosotros no somos mejores. Pero quizá algo se puede ordenar antes de que otro viejo tenga que escribir tarde.”

Anselmo leyó esa última frase dos veces. Sintió alivio. Luego miedo. A veces una puerta abierta asusta más que una cerrada porque deja de servir como excusa.

—¿Buenas noticias? —preguntó Ilse.

—Puedo volver después de cerrar el año.

—Eso parece buena noticia.

—Sí.

—Dice sí como hombre al que acaban de quitarle un muro y ahora no sabe dónde apoyarse.

Anselmo dobló la carta. Ilse tenía la mala costumbre de acertar sin levantar la voz.

—Si vuelvo, Rodrigo puede haber preguntado.

—Sí.

—Ella puede haber respondido.

—También.

—Y si no ha respondido, mi regreso puede ensuciar todo.

—Solo si vuelve como reclamo.

Anselmo miró el brote en la maceta.

—No sé volver de otra forma todavía.

—Entonces aprenda antes del barco.

La frase no fue suave. Tampoco injusta. Ilse se acercó a la ventana y tocó con la punta del dedo la tierra húmeda alrededor del brote, sin tocar la planta.

—Usted puso ese grano en tierra y no le preguntó si brotaba para Constanza, para Chile o para usted. Brotó porque era grano. Haga algo parecido con el regreso. Vuelva porque le corresponde vivir donde pueda vivir derecho. No porque quiera cobrar una tarde en un galpón.

Anselmo cerró los ojos un instante. El galpón.

El trigo. Constanza diciendo que intentaba no esconderse, aunque su carta breve aún no había llegado; él no lo sabía todavía.

Cuando la carta de ella llegó tres días después, la leyó junto a la maceta y no en el puerto.

Esta vez no necesitó buscar un sitio incómodo para demostrarse prudencia. La habitación bastó.

La carta de Constanza era breve y no se protegía con adornos.

Decía que había escrito otra carta y no la había mandado, porque aún pertenecía al desorden de su casa y de su pecho.

Agradecía la ayuda con Valparaíso sin convertir la gratitud en deuda.

Nombraba a Rodrigo de frente: seguía viniendo, y ella no quería fingir que los jueves fueran aire.

Cerraba con una frase que a Anselmo le pareció más difícil que cualquier promesa: intentaba no esconderse.

Anselmo no rompió nada. No escribió respuesta de inmediato.

Se quedó mirando la carta hasta que las palabras dejaron de ser golpe y se volvieron trabajo.

Rodrigo sigue viniendo. El camino a Las Higueras se usa más.

Yo estoy intentando no esconderme. La honestidad de Constanza no era una puerta abierta para él; era una lámpara puesta en una mesa donde todos podían verse un poco mejor, incluso con mala cara.

—¿Debe contestar? —preguntó Ilse, que había permanecido cerca sin leer.

—No sé.

—Esa respuesta ya la usan demasiado en Chile, según entiendo.

Anselmo sonrió apenas.

—Quiero decirle que quizá vuelva.

—¿Quizá?

—Otto dice que puedo volver después del ciclo.

—Entonces no es quizá del todo.

—Nada está cerrado.

—Las cartas no necesitan fingir que los caminos son de piedra cuando todavía son barro. Pero tampoco conviene llamar niebla a lo que ya tiene forma.

Anselmo tomó papel. Escribió solo una nota, sin enviarla ese día:

Señorita Zúñiga: mi padre dice que puedo volver cuando cierre el año comercial. No sé todavía la fecha ni la forma. No quiero que esta noticia entre a Los Robles como reclamo ni como sombra sobre Las Higueras. Se la diré cuando pueda escribirla sin pedirle nada.

La dejó sin sellar. No era cobardía completa. Era cuidado todavía inmaduro. Ilse, al verla sobre la mesa, no la tocó.

—Alguna noticia debe llegar antes que el hombre —dijo.

—Sí.

—Procure que no llegue disfrazada.

En Chile, mientras Anselmo aprendía a mirar una posible vuelta sin convertirla en derecho, las preparaciones del Centenario siguieron ocupando manos.

El arco de la escuela empezó a levantarse con madera de Las Higueras y clavos de los Brandt.

Los Robles mandó trigo que Rosa revisó antes de soltar como si fuera hija menor.

Teresa vino dos veces a ayudar con las masas, y la segunda trajo a Capitán en la carreta porque, según ella, el perro lloraba al verla partir.

Amparo lo declaró prueba de amor y pasó la tarde entera intentando enseñarle a responder al himno. Capitán durmió.

Doña Elvira dirigía las costuras de banderas en la sala parroquial con una autoridad que habría servido para comandar un ejército pequeño y desobediente.

Mercedes iba porque alguien debía impedir que el entusiasmo transformara la sobriedad en carnaval, y Constanza la acompañaba porque las banderas no se cosían solas y porque quedarse en casa habría parecido cobardía.

Allí, entre telas, agujas, niñas de escuela y mujeres que comentaban todo mientras fingían trabajar, la pregunta no nombrada seguía rondando.

—Dicen que este año será de definiciones —comentó una señora cuyo nombre Constanza siempre olvidaba, aunque su voz era imposible de perder.

—De la patria, querrá decir —respondió Mercedes sin levantar la vista.

—Claro. De la patria y de otras casas.

Doña Elvira intervino antes de que Mercedes clavara la aguja en algo más que tela.

—La patria también es casa, pues. Si las casas no se ordenan, ¿qué vamos a celebrar?

—Celebrar no es ordenar —dijo Constanza.

Todas la miraron. La frase había salido más seca de lo previsto. Ella siguió cosiendo, con el hilo rojo entre los dedos.

—A veces una celebra para acordarse de que todavía queda trabajo —añadió.

El silencio se suavizó. Doña Elvira la observó con una mezcla de interés y aprobación peligrosa.

—Esa frase le serviría al maestro para el discurso.

—Entonces la retiro.

Las mujeres rieron. Mercedes también, aunque con los ojos bajos. Constanza sintió que, por primera vez en mucho tiempo, podía contestar a la presión sin gastar todo el orgullo. No necesitaba negar que había algo en juego; bastaba con no dejar que otros pusieran el nombre por ella.