Capítulo 28 El año del Centenario
El año del Centenario empezó a sentirse en Los Ángeles antes de que llegaran las banderas.
Primero llegaron las palabras: patria, progreso, gratitud, porvenir, sacrificio de los mayores, deber de los hijos.
Las traían los periódicos atrasados desde Santiago, los maestros de escuela, el padre Anacleto después de leer circulares, los comerciantes que veían en toda fiesta una ocasión de vender tela tricolor, y doña Elvira Urrutia, que no necesitaba documento oficial para opinar sobre la república entera.
En la plaza se hablaba de levantar un arco sencillo frente a la iglesia, adornar la escuela, juntar harina para repartir pan entre los niños del bajo y organizar una ceremonia donde los fundos vecinos llevaran algo que no fuera pura presencia.
Los hombres decían que la patria cumplía cien años como si la patria fuera una señora sentada en el comedor esperando saludos.
Las mujeres, más prácticas, preguntaban quién iba a coser las banderas, quién iba a pagar las velas y de dónde saldría pan suficiente sin dejar las despensas llorando.
En Los Robles, la palabra Centenario cayó sobre una mesa donde todavía había cuentas, manchas de tinta y migas de pan.
Fernando recibió la invitación del comité parroquial una tarde de marzo, con una nota del padre Anacleto que pedía colaboración “según las posibilidades de cada casa”, frase piadosa que Mercedes leyó con desconfianza inmediata.
Según las posibilidades era una puerta ancha por donde podía entrar tanto la generosidad como la vergüenza.
Don Eulogio, presente por casualidad y por costumbre, opinó que podían dar trigo para harina, no dinero.
Rosa, que llevaba una fuente, dijo que si iban a dar trigo más valía que no mandaran el lote flojo porque los niños del bajo tenían boca, no patriotismo de papel.
Amparo preguntó si el país sabía que cumplía cien años o si también había que avisarle por carta.
Nadie le contestó de inmediato, lo que ella tomó como señal de profundidad.
—Daremos trigo —dijo Fernando al fin—. Lo que se pueda, anotado claro.
—Y no como si estuviéramos comprando aplauso —añadió Mercedes.
—El aplauso no se guarda en granero.
—Pero algunas personas lo pesan como si fuera saco lleno.
Constanza escuchó desde la ventana, con una carta de Presentación sobre la falda.
Su hermana le había escrito para contarle que Tomás se había entusiasmado con los preparativos del Centenario y quería ayudar al maestro de la escuela con los niños, aunque no sabía todavía si eso significaba enseñarles un canto, ordenar bancos o evitar que Amparo, si asistía, corrigiera el programa completo.
Presentación también añadía que las fiestas públicas suelen hacer creer a las familias que todo puede empezar de nuevo con una bandera limpia, y que eso no era malo si una no olvidaba lavar primero los manteles viejos.
Constanza sonrió al leerlo. Su hermana, casada, seguía pareciéndose a Rosa en versiones cada vez más peligrosas.
Rodrigo llegó al día siguiente, porque el comité había pedido también la ayuda de Las Higueras para transportar madera, sacos y bancas hasta la escuela.
No venía como pretendiente, aunque en Los Robles ya nadie sabía separar por completo al vecino del hombre que venía los jueves.
Traía una lista de carretas disponibles, el cálculo de dos yuntas y una preocupación concreta: si todos llevaban trigo sin control, doña Elvira terminaría mezclando sacos buenos y malos bajo una cinta patriótica.
Fernando lo recibió en el corredor y lo llevó al escritorio; Mercedes los siguió sin pedir permiso; Constanza fue llamada después para leer la nota del padre Anacleto porque, según Fernando, las frases de cura se entendían mejor cuando alguien las leía sin devoción excesiva.
—Aquí dice que desean “contribución de las casas principales” —leyó Constanza—. Esa expresión debería ser prohibida en tiempos de calor.
—¿Por qué? —preguntó Rodrigo.
—Porque hace que todos quieran parecer más principales de lo que son y más generosos de lo que pueden.
Fernando soltó una risa breve. Mercedes no, pero se le movió la boca.
—Entonces que la contribución vaya por lista —dijo Rodrigo—. Los Robles, tanto trigo. Las Higueras, tantas carretas y madera. Los Rioseco, lo que den. Los Brandt, si quieren sumarse, por su nombre. Nada de canasto común donde después todos dicen que pusieron más.
—Eso suena poco patriótico —dijo Mercedes.
—Suena menos cómodo para los que se cuelgan del saco ajeno.
—Entonces me gusta.
La organización quedó en marcha de esa manera, no solemne sino contable.
La patria, para celebrarse en el campo, necesitaba cuentas claras igual que cualquier casa.
Esa idea habría parecido poco elevada en boca de un orador de Santiago, pero en Los Robles tranquilizó a todos.
Fernando ofreció trigo revisado por don Eulogio; Rodrigo transporte y madera para el arco de la escuela; Mercedes se encargó de coordinar telas con doña Elvira sin permitir que ella convirtiera la costura en parlamento; Rosa aceptó ayudar con pan si la harina llegaba limpia; Amparo solicitó un cargo oficial y recibió el de no estorbar, que consideró insultante y mal definido.
El primer encuentro del comité se hizo en la sala parroquial, un cuarto largo con bancas, olor a cera vieja y una ventana que no abría bien.
El padre Anacleto presidía con la resignación de quien sabe que una fiesta cívica puede generar más disputas que una novena mal organizada.
Doña Elvira llevaba un cuaderno, tres ideas ya decididas y ninguna intención de cederlas sin combate.
Estaban Fernando, Rodrigo, Tomás Rioseco, dos comerciantes del pueblo, el maestro de la escuela, Otto Brandt en representación de su casa, y varias mujeres sentadas no tan al fondo como habrían estado un año atrás: Mercedes, Constanza, Presentación, doña Inés Rioseco y Rosa, que había ido con el pretexto de revisar la cocina donde se haría el pan, pero permaneció escuchando con los brazos cruzados.
—Necesitamos un discurso sobre el porvenir —dijo uno de los comerciantes, don Larraín, hombre de chaleco apretado y bigote de importancia propia.
—Necesitamos pan que no salga duro —respondió Rosa desde su rincón.
El maestro bajó la vista para no reír. El padre Anacleto carraspeó.
—Ambas cosas tienen mérito, doña Rosa.
—El pan duro no mejora con discurso, padre.
—El discurso malo tampoco con pan, pero se soporta mejor.
Doña Elvira anotó algo con fuerza. Mercedes miró a Constanza como quien advierte que no conviene disfrutar demasiado.
Rodrigo, sentado junto a Fernando, se inclinó hacia la lista de aportes y escribió algo al margen.
Constanza alcanzó a leer: “separar harina por origen”.
La frase le recordó a Anselmo y su regla de los lotes.
El pensamiento no llegó como punzada, sino como hilo: Hamburgo, Valparaíso, trigo, Centenario.
El país hablaba de futuro y ellos seguían aprendiendo a no mezclar sacos.
Otto Brandt ofreció madera y clavos sobrantes de sus reparaciones, además de un lote pequeño de harina.
Lo hizo con voz sobria, sin mencionar a Wilhelm ni a Anselmo.
Aun así, su apellido llevó a la sala una corriente más fría.
Fernando le agradeció con una inclinación.
Rodrigo no dijo nada. Constanza observó a Otto con una atención distinta: parecía menos rígido desde la muerte de Wilhelm, no blando, pero sí más consciente de que cada palabra podía heredar demasiada carga.
Cuando alguien preguntó si habría noticias de Anselmo para la fiesta, Otto respondió que su hijo seguía en Hamburgo hasta cerrar el ciclo comercial del año, y que después se vería.
Después se vería. La frase entró en Constanza como una puerta entreabierta en una casa lejana.
No fue la única que la oyó. Rodrigo, sin levantar la vista de la lista, dejó de escribir por un segundo.
Mercedes miró a su hija y luego fingió ordenar el chal.
Doña Elvira abrió los ojos con la felicidad moderada de quien acaba de recibir alimento fresco para varias semanas de suposiciones.
El padre Anacleto, quizá por caridad o por astucia, golpeó la mesa con suavidad.
—Entonces volvamos a lo que sí está sobre la mesa —dijo—. El arco, las bancas y el pan. Los hombres ausentes no cargan madera, por muy buenas intenciones que tengan.
—Algunos presentes tampoco cargan mucho —murmuró Rosa.
Don Larraín fingió no oír.
La reunión se alargó más de lo necesario, como todas las reuniones donde varios quieren servir a la patria y a su propia reputación con el mismo gesto.
Se discutió si el arco debía llevar ramas de laurel, eucalipto o simplemente telas; si los niños cantarían antes o después del discurso; si convenía hacer una comida para el bajo o entregar pan por familias; si el nombre de los donantes debía leerse en voz alta.
Mercedes se opuso a esto último con una firmeza que sorprendió a varios.
—Si damos, damos —dijo—. No hace falta poner los sacos a desfilar.
—Pero el ejemplo anima a otros —respondió don Larraín.
—El ejemplo bueno se ve sin campana. El que necesita tanta campana quizá viene vacío.
Rodrigo apoyó la idea. Fernando también.
Doña Elvira protestó un poco por costumbre, pero cedió cuando el padre Anacleto propuso registrar los aportes en una libreta del comité, no leerlos en la ceremonia.
“Dios lee hasta letra chica”, dijo el cura.
“El pueblo también, padre”, respondió doña Elvira.
“Sí, pero con peor intención”, cerró él. La discusión terminó allí.