El peso de la tierra Capítulo 27 Cartas que no se mandan
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Capítulo 27 Cartas que no se mandan

Constanza empezó el año con una carta escrita a medias.

No era la primera ni sería la última, pero aquella tuvo la mala educación de permanecer sobre su mesa durante tres mañanas seguidas, doblada sin sello, como una visita que no entiende cuándo retirarse.

La había comenzado la tarde del primero de enero, después de que Mercedes ordenara guardar lo que quedaba de la comida de Navidad, después de que Fernando pasara por el patio con la libreta de don Eulogio bajo el brazo y después de que Amparo declarara que el nuevo año no valía gran cosa si no traía perro propio.

Constanza subió a su pieza con el propósito honrado de ordenar su cajón, no de escribir.

Sacó las cartas de Anselmo, las notas de Rodrigo, los tres granos de trigo, la frase sobre las casas donde una puede respirar y la hoja de Nochebuena donde había escrito que nombrar antes de tiempo no volvía verdad lo que aún no se sostenía.

Al ver todo sobre la cama, comprendió que ordenar papeles era una manera elegante de desordenarse por dentro.

La carta decía al principio:

Señor Brandt:

No recibí carta suya esta vez, y eso estuvo bien.

No crea que lo digo con virtud limpia, porque me dolió.

Lo que estuvo bien no fue mi dolor, sino la separación.

Usted ayudó a mi padre con cuentas, y esa ayuda debía llegar sin pedirme nada a mí.

Aquí todos lo saben. Mi padre lo agradece.

Don Eulogio lo admitió con mala cara, que en él vale casi como aplauso.

Rodrigo también dijo que usted tenía buen ojo. Le costó, pero lo dijo.

Constanza dejó de escribir allí la primera tarde.

No porque faltaran palabras, sino porque las que venían después empezaban a comportarse mal.

Quería contarle que Rodrigo había estado a punto de nombrar lo que todos evitaban decir; quería contarle que Las Higueras ya no era una idea, sino una casa con pieza ventilada, Clara en la sala, Teresa en la cocina y un perro viejo que Amparo pretendía adoptar sin consultar al animal.

Quería decirle que no podía responder a Rodrigo como si Hamburgo no hubiera existido, pero tampoco escribirle a Hamburgo como si el camino a Las Higueras no estuviera secándose bajo el sol.

Quería preguntarle si él también tenía, allá, una mesa donde guardaba cosas distintas sin obligarlas a pelear.

Ninguna de esas frases era mentira. Precisamente por eso debía tener cuidado.

Una verdad puede ensuciarse si se manda solo para que otro cargue con ella.

La segunda mañana añadió:

A veces pienso que escribirle es una forma de no elegir, y otras veces pienso que no escribirle sería una forma cobarde de fingir que ya elegí.

Ninguna de las dos ideas me deja tranquila.

Presentación dice que no debo hacer del medio una casa permanente.

Mi madre, con menos delicadeza, dice que la falta de respuesta no paga arriendo.

Rosa habló de masa agria. Como ve, aquí cada mujer convierte mi vida en oficio propio.

Leyó la línea sobre la masa y sonrió a pesar suyo. Luego se sintió ridícula. No se escriben sonrisas al otro lado del mar como quien manda pan envuelto. Rompió esa segunda hoja, pero no la primera. La tercera mañana escribió solo una línea al final:

No le mando esta carta porque todavía no sé si quiere decir algo justo o solo aliviarme.

Después dobló el papel y lo guardó sin sello en el cajón, aparte de las cartas recibidas. No era una carta de Anselmo ni para Anselmo. Era una carta detenida. Eso le pareció una categoría nueva y bastante molesta.

Rosa la descubrió esa misma tarde, no leyendo, porque Rosa no leía papeles ajenos, sino viendo cómo Constanza abría y cerraba el cajón con demasiada frecuencia para una persona inocente.

La mujer entró con un plato de pan y una taza de agua, dejó ambas cosas sobre la mesa y miró el mueble con la misma severidad con que juzgaba una olla mal lavada.

—Ese cajón va a terminar mareado —dijo.

—No sabía que los cajones podían marearse.

—Todo se marea si una lo abre por puro dar vueltas.

Constanza tomó la taza. El agua estaba fresca. Rosa no preguntó por la carta, lo cual fue más eficaz que preguntarlo todo.

—No la mandé —dijo Constanza al fin.

—Ya me parecía. Las cartas mandadas dejan otra cara.

—¿Y qué cara dejan las que no se mandan?

—Cara de pan que no entró al horno. Sigue siendo masa, pero no alimenta todavía.

Constanza apoyó la taza sobre la mesa y miró a Rosa con cansancio.

—¿Usted no se cansa de tener razón con harina?

—Sí. Pero la harina no se cansa de explicarle cosas a la gente fina.

La respuesta fue tan seca que Constanza terminó riendo. Rosa, satisfecha quizá con haber logrado eso, tomó un trozo de pan y lo partió.

—Una carta que no se manda no es pecado —añadió—. Pero tampoco hay que dejarla fermentar hasta que huela toda la pieza.

—¿Y qué se hace?

—Se sabe para qué está ahí. Si está para cuidar, se guarda limpia. Si está para esconder, se quema. Si está para castigar a alguien sin que se entere, se rompe. Si está para pedir socorro y una no quiere admitirlo, se busca a una persona viva y se habla.

Constanza miró hacia la ventana. Afuera, el nogal de verano daba sombra espesa. Más allá, el camino hacia Las Higueras brillaba de polvo.

—No sé cuál es.

—Entonces no la mande todavía.

—Eso hice.

—Pero no se felicite mucho. A veces no mandar también es una manera de mandar, solo que a una misma.

Rosa salió antes de que Constanza pudiera responder.

Dejó el pan, que estaba tibio. Constanza comió un pedazo sin hambre y pensó que tal vez en esa casa nadie la dejaba equivocarse con elegancia.

Siempre aparecía alguien con una metáfora de cocina, una cuenta, una hermana casada o una madre que ya no sabía empujar como antes pero seguía viendo demasiado.

En Las Higueras, Rodrigo también escribió una carta que no mandó, aunque en su caso no había correo posible.

La escribió de noche, sentado en la mesa chica que había sacado de la pieza de Clara y puesto en el corredor lateral, donde Teresa dejaba ahora la canasta de costura cuando había sol.

El gesto había cambiado la casa más de lo que él esperaba.

Al principio, cada vez que pasaba junto a la mesa, sentía que había movido un hueso de lugar.

Después, con los días, la mesa empezó a recibir cosas vivas: un paño a medio remendar, una madeja de hilo, una taza olvidada por Teresa, una herramienta pequeña de Segundo, una rama de romero que Amparo había dejado la última vez que visitó con Mercedes.

Clara no desapareció por eso. Solo dejó de ocupar el mueble entero.

Rodrigo puso papel sobre la mesa una noche de enero, después de revisar los animales y de discutir con Segundo por el gasto de unas tablas.

La casa estaba quieta. Capitán dormía en el patio, Teresa había apagado la cocina y los peones se habían retirado.

El calor del día seguía en las paredes. Rodrigo mojó la pluma y escribió el nombre de Clara sin pensar demasiado.

Luego se quedó mirando esa palabra como si acabara de tocar una puerta.

Clara:

No sé por qué te escribo si tengo tus cartas y no tengo dónde mandar esta.

Tal vez porque hablarte en voz alta me parece teatro y no quiero usar tu nombre para hacerme mejor hombre frente a nadie.

Hoy pensé en pedir. No a don Fernando, como se hacía antes, sino a Constanza primero, como corresponde.

No lo hice. Me contuve por respeto, digo yo, aunque parte de mí teme estar usando el respeto para no oír un no.

Se detuvo. La frase era cierta y le desagradó. La dejó. Continuó:

La casa está distinta desde que abrimos tu pieza.

Teresa dice que entra mejor el aire. Segundo no dice nada, pero deja de bajar la voz cuando pasa por el corredor.

Rosa vino otra vez y criticó la harina con tal autoridad que Teresa casi sonrió.

Amparo quiere llevarse a Capitán; el perro la tolera, que en él ya es afecto.

Constanza se sentó en tu silla. No te pido perdón por eso.

Creo que tú habrías mirado primero si lo hacía con miedo o con arrogancia.

No fue ninguna de las dos. Fue con cuidado.

Me dijo que no quiere entrar contra ti, ni debajo de ti, ni fingiendo que no tuviste manos aquí.

Yo no supe qué contestar bien. A veces no saber contestar me salva de estropearlo todo.

Rodrigo dejó la pluma y se pasó una mano por el rostro.

Escribir a una muerta podía ser una forma de cobardía o una forma de limpieza.

No estaba seguro. La carta de Clara que había encontrado lo había obligado a dejar de usar su memoria como escudo.

Pero hablarle todavía le parecía necesario.

Tal vez uno no expulsa a los muertos; los cambia de cuarto hasta que dejan de cerrar puertas.

Añadió:

Anselmo Brandt sigue estando. No en mi casa, claro, pero sí en la vida de ella y, de otro modo, en las cuentas de Los Robles.

Me enoja menos que antes. No siempre. Hay días en que el nombre me cae como piedra en la bota.

Pero ya no puedo llamarlo enemigo sin mentirme.

El hombre ayudó con el trigo desde Hamburgo.

A mí mismo me sirvió su observación. Quisiera que eso no me importara. Me importa.

Aquí viene lo más feo: a veces deseo que él escriba una mala carta. Una carta egoísta. Una carta que pida lo que no debe, para que todo sea más fácil. Después me da vergüenza. Tú me habrías mirado hasta que la vergüenza hiciera su trabajo.

La tinta se secó lentamente. Rodrigo leyó esa última línea y sintió que Clara, de haber estado allí, habría dicho algo menos piadoso. Quizá le habría recordado que la vergüenza sirve si mueve la mano hacia un acto mejor, no si se guarda como medalla. Con esa idea escribió el final: