El peso de la tierra Capítulo 27 Cartas que no se mandan #2
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Capítulo 27 Cartas que no se mandan #2

No sé cuándo voy a preguntar. Sé que quiero hacerlo.

Sé que si pregunto para ganar contra un ausente, pierdo antes de empezar.

Sé que si no pregunto nunca por miedo, también la uso a ella para sostener mi cobardía.

Las casas tiran, Clara. La mía, la de ella, la de ese hombre en Alemania.

Y en medio de todo eso quiero pedirle a una mujer que venga a caminar conmigo sin cargar todos los muertos al hombro.

No sé si eso se puede pedir. Pero algún día tendré que aprender a hacerlo.

No dobló la carta como se doblan las que van a salir.

La dejó abierta sobre la mesa hasta que la tinta secó.

Después la guardó en el mismo paquete donde estaban las cartas de Clara, pero no mezclada: la puso encima, con una cinta nueva, sin esconderla bajo las viejas.

Teresa lo vio al día siguiente cuando fue a dejar unas telas en el corredor.

No preguntó qué decía. Solo miró el paquete.

—¿Va a guardar también las cosas que usted escribe? —dijo.

—Parece que sí.

—Entonces guárdelas donde alguien pueda encontrarlas sin tener que romper un cajón.

Rodrigo la miró.

—¿Eso es consejo o reproche?

—Administración.

Teresa tomó su canasta y siguió hacia la cocina. Rodrigo sonrió apenas. Las mujeres de casa tenían una manera de corregirlo sin darle la satisfacción de llamarlo drama. Eso le hacía bien, aunque no siempre en el momento.

En Hamburgo, Anselmo escribió tres cartas durante la segunda semana de febrero y no mandó ninguna.

La primera fue para Constanza. La empezó después de recibir el agradecimiento formal de Fernando por la corrección de Valparaíso y una nota breve de Frida donde le contaba que la Navidad en Los Robles había reunido a Rodrigo, Teresa, Segundo, Presentación, Tomás, doña Elvira y medio mundo bajo el nogal.

Frida no añadía juicio, pero su manera de enumerar era bastante para que el cuadro se formara solo.

Rodrigo en Nochebuena. Rodrigo hablando con Fernando.

Rodrigo presente en la mesa donde antes había estado Anselmo apenas como malentendido, visitante o despedida.

La primera carta decía:

Señorita Zúñiga:

Recibí noticias de la Navidad en Los Robles.

Mi madre escribe poco, pero deja entrar bastante entre las líneas.

Supe que Rodrigo estuvo allí. También Teresa.

Me alegra que Las Higueras y Los Robles puedan sentarse a la misma mesa con menos barro entre ambos.

Escribo “me alegra” y una parte de mí protesta como niño mal criado.

No le haga caso a esa parte, aunque yo deba tenerla vigilada.

Luego venía una frase demasiado honrada y por eso mismo peligrosa:

Si él pregunta, no sé qué deseo que usted responda. Sé lo que debería desear, y no siempre coincide con lo que me despierta en la noche.

Anselmo dejó la pluma. La habitación estaba fría.

Afuera, la nieve sucia se acumulaba en los bordes de la calle, y los carros pasaban con ruedas pesadas sobre piedra mojada.

En la mesa, junto al papel, estaba el pañuelo con los granos de trigo.

Uno se había perdido semanas antes al abrirlo con prisa y lo encontró después bajo la pata de una silla, intacto, humillante en su pequeñez.

Lo había vuelto a guardar como quien rescata algo que no tenía derecho a perder.

Miró la frase escrita. Si él pregunta. No podía mandar eso.

No porque fuera falso, sino porque colocaba sobre Constanza una vigilancia injusta.

Ella no necesitaba saber que su posible respuesta podía quitarle sueño a un hombre en Hamburgo.

Ya lo sabía sin que él se lo cobrara. Rompió la carta en cuatro partes y las dejó junto a la lámpara.

La segunda carta fue para Ilse, aunque ella vivía en la misma casa.

Eso la volvía más absurda. La escribió porque hablar con Ilse se había vuelto más difícil desde que Markus insinuó, en una cena, que la permanencia de Anselmo podría prolongarse otro año si los resultados de los envíos chilenos mejoraban.

Heinrich no lo negó. Ilse no dijo nada durante la comida.

Después, al pasar junto a Anselmo en el corredor, le dijo solo: “No deje que lo útil se vuelva cadena nueva.” Él no respondió a tiempo.

La carta a Ilse decía:

Señorita Hartmann:

Usted me ha ayudado más de lo que corresponde a una persona que también fue puesta, sin pedirlo, cerca de mi deuda.

No sé cómo agradecer eso sin volverlo otra carga.

Cuando me dice que no deje que lo útil se vuelva cadena, entiendo la frase y, al mismo tiempo, no sé qué hacer con ella.

Si sirvo aquí, me piden quedarme. Si no sirvo, fallo a mi casa.

En Chile, un hombre puede quedar atrapado por una promesa mal hecha.

En Hamburgo, por una labor bien cumplida. No sé cuál trampa da más rabia.

No terminó. Ilse no necesitaba esa carta.

La tenía a él en el comedor, en el archivo, en el muelle, frente a Markus.

Podía hablarle. Tal vez el papel era una manera de evitar la vergüenza de decir en voz alta que tenía miedo de haber aprendido a servir demasiado bien a la misma casa que lo había recibido como deuda. Rompió también esa hoja.

La tercera carta fue para Otto. Esa sí pudo haberse mandado.

Decía poco y concreto: que Markus proponía prolongar su permanencia, que Heinrich no se oponía, que los negocios mejoraban, que él necesitaba saber qué esperaba la casa Brandt ahora que Wilhelm ya no estaba para ordenar desde la cama ni para corregir desde la tumba.

Pero al llegar a esa parte se detuvo. “Qué espera la casa” era una pregunta cobarde si no iba acompañada de otra: qué esperaba él.

Guardó la carta sin romperla. La pondría en limpio cuando tuviera el valor de agregar la segunda mitad.

Ilse lo encontró esa noche en la biblioteca chica, con los papeles rotos en una caja de metal y la carta a Otto doblada bajo un libro.

No hizo el gesto de retirarse. En los meses transcurridos, ambos habían ganado una confianza sin ternura peligrosa, una especie de alianza entre personas empujadas por familias que creían estar siendo razonables.

—Está escribiendo demasiado para tan poco correo —dijo ella.

—Eso se nota mucho, parece.

—En una casa de comerciantes, el papel que no sale llama más la atención que el que se despacha.

Anselmo miró la caja con los pedazos rotos.

—No todo debe salir.

—No. Pero conviene saber si uno no manda por prudencia o por miedo.

Él soltó una risa breve, sin alegría.

—Esa frase viajó desde Chile con otra ropa.

—Entonces debe ser cierta en más de un clima.

Ilse se sentó frente a él. Llevaba un vestido gris, sencillo, y las manos manchadas de tinta.

Ya no era para él posibilidad matrimonial ni amenaza ni simple testigo.

Era una persona cuya vida también estaba siendo administrada alrededor de decisiones ajenas.

A veces, en la mesa, Markus la trataba como si su inteligencia fuera útil hasta el borde donde podía incomodar.

Heinrich la escuchaba más, pero también le pedía paciencia.

La paciencia era otra moneda que las familias gastaban mucho cuando pertenecía a una mujer.

—Markus quiere que me quede otro año —dijo Anselmo.

—Markus quiere muchas cosas. Algunas hasta convienen.

—¿Esta conviene?

—A la firma, sí. A usted, no lo sé. A mí me conviene que alguien aquí le recuerde a Markus que Chile no es un dibujo en la pared. Pero no creo que usted haya cruzado el mar para volverse mi herramienta contra mi hermano.

—No.

—Entonces escriba eso cuando escriba a su padre.

Anselmo miró la carta doblada.

—No sé qué quiero.

—Sí sabe algunas cosas. Sabe que no quiere ser usado como novio. Sabe que no quiere tratar al señor Rodrigo como ladrón. Sabe que no quiere pedir espera. Sabe que tampoco quiere quedarse aquí por simple utilidad. Es bastante para empezar.

—No alcanza para decidir.

—Nunca alcanza. La gente decide con una parte menos de certeza de la que presume después.

La frase tuvo una sequedad que habría cabido bien en boca de Rosa. Anselmo la miró con gratitud y cansancio.

—¿Usted qué quiere, Ilse?

La pregunta pareció sorprenderla, no por íntima, sino porque pocas personas se la hacían sin convertirla en trámite. Ilse volvió la mirada hacia la ventana oscura.

—Quiero que mi padre me deje revisar contratos sin fingir que es favor.

Quiero que Markus no use mi nombre como prueba de armonía familiar cada vez que discute con alguien.

Quiero ir a Chile algún día, no detrás de un marido ni de una promesa, sino para ver de dónde vienen esos sacos de los que todos hablan sin haber ensuciado un zapato.

Quiero saber si el trigo de su pañuelo se parece al trigo real o si usted también lo convirtió en reliquia.

Anselmo no respondió de inmediato. La última frase lo tocó con filo limpio.

—Es real —dijo.

—Lo sé. Pero hasta las cosas reales pueden volverse altar si uno las guarda sin aire.

Él miró el pañuelo en su bolsillo. Pensó en Constanza, en el galpón, en los granos cayendo sobre su mano.

Pensó también en Clara, aunque no la conociera, porque Frida había escrito que Las Higueras había abierto una pieza.

Todos, al parecer, estaban aprendiendo a ventilar muertos, cartas, casas y semillas.

—Tal vez debería sembrarlo —dijo, casi sin querer.

Ilse alzó una ceja.

—En Hamburgo.

—Aunque no brote.

—Entonces no sería siembra. Sería despedida.

Anselmo sostuvo la mirada. No estaba listo.

Esa fue la verdad. Guardaba el trigo porque era memoria, pero también porque mientras siguiera intacto podía fingir que nada había cambiado desde el galpón.

Sembrarlo, aun en una maceta torpe de ciudad, sería aceptar que las cosas vivas no se conservan solo envolviéndolas.

—No hoy —dijo.

—Nadie dijo hoy.

Ilse se levantó y tomó la caja de metal con los papeles rotos.

—¿Los quemo?

—Sí.

—¿Todos?

Anselmo miró la carta a Otto bajo el libro.

—Los rotos. La otra todavía no.