El peso de la tierra Capítulo 26 Lo que no se nombra #2
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Capítulo 26 Lo que no se nombra #2

La frase entró en Constanza despacio. Pensó en Las Higueras, en la pieza abierta, en Rodrigo admitiendo que no sabía discutir con mujeres, en Clara escribiendo desde una enfermedad que no quería ser estatua.

Pensó en Anselmo y Hamburgo: con él, cada discusión imaginada ocurría siempre en una orilla, con mar de por medio.

Con Rodrigo, la discusión podía ocurrir junto a una ventana que cerraba mal, con Teresa en la cocina y un perro viejo durmiendo al sol.

Eso no hacía superior una cosa sobre otra. Pero las hacía distintas.

—Todos esperan que Rodrigo pregunte —dijo al fin.

—¿Y Rodrigo?

—No sé. Creo que también, pero se contiene.

—¿Por respeto o por miedo?

—Las dos cosas, quizás.

Presentación asintió.

—Los hombres buenos también tienen miedo. Solo que lo esconden con mejor postura.

—¿Y yo?

—Tú escondes el miedo con inteligencia. Es más difícil de reclamar porque suena bonito.

Constanza la miró con reproche.

—Te casaste y te pusiste impertinente.

—Me casé y ahora tengo menos tiempo para rodeos.

Se quedaron en silencio. Afuera, la voz de Tomás se mezclaba con la de Fernando junto al patio.

Constanza sintió que el galpón guardaba demasiadas capas: la despedida de Anselmo, la utilidad de su nota comercial, el trabajo de Rodrigo en los aleros, la harina de Rosa, las cuentas de su padre, las palabras de Presentación.

El trigo no pertenecía a un solo recuerdo. Esa fue otra enseñanza incómoda.

—No quiero decir que sí por cansancio —dijo.

—Entonces no lo hagas.

—Tampoco quiero decir que no por miedo a dejar de ser la muchacha del galpón.

Presentación no respondió enseguida. Cuando habló, lo hizo con voz baja.

—Una no deja de ser la que fue por elegir. La deja más sola cuando no elige nunca.

Constanza cerró los dedos sobre la arpillera del saco. Era una frase dura. No por crueldad, sino porque venía de alguien que la quería sin querer usarla. Esa clase de amor tenía menos paciencia con las trampas nobles.

La Nochebuena reunió a más personas de lo previsto.

Tomás y Presentación se quedaron. Rodrigo llegó con Teresa y Segundo, trayendo un canasto de frutas, dos quesos y una bolsa de harina que Rosa examinó antes de aceptar como digna de entrar a su cocina.

No era una visita íntima ni una declaración: Fernando había invitado a Rodrigo por la ayuda del camino y el reclamo conjunto a Valparaíso; Mercedes había permitido extender la mesa; Teresa venía por Rosa, según la excusa oficial; Segundo venía porque traía cosas pesadas y porque Amparo insistía en preguntarle por Capitán.

Aun así, cuando Rodrigo cruzó el corredor de Los Robles en vísperas de Navidad, con la tarde dorada sobre los hombros y el sombrero en la mano, Constanza sintió el murmullo de lo que no se nombraba levantarse como calor desde los ladrillos.

La mesa se puso bajo el nogal, no por romanticismo sino porque dentro hacía demasiado calor y porque Rosa declaró que una casa que encierra comida con tanto cristiano encima acaba oliendo a penitencia.

Hubo pan, cazuela, carne, papas, ensaladas, frutas, dulces de membrillo y un vino discreto que Fernando sirvió sin convertirlo en símbolo de abundancia.

No había lujo, pero sí manos. Teresa ayudó en la cocina sin desplazar a Rosa; Rosa la dejó hacerlo sin conceder derrota.

Mercedes dirigió lo suficiente para sentirse viva y se contuvo lo suficiente para que otros respiraran.

Presentación y Tomás se sentaron juntos, ya con la naturalidad de quienes se pasan la sal sin mirarse.

Rodrigo quedó cerca de Fernando, pero no tan lejos de Constanza como para fingir que su presencia era neutral.

Amparo, por decisión propia, se ubicó donde pudiera vigilar a todos.

El padre Anacleto llegó después de la oración, invitado por Mercedes para “dar bendición y no quedarse demasiado tiempo”, lo cual él interpretó como permiso para comer.

Doña Elvira apareció con un plato de dulces y una excusa tan débil que nadie se molestó en discutir.

La mesa creció. Los Robles, por unas horas, pareció menos apretado.

No libre de cuentas, no limpio de pasado, pero sí capaz de recibir gente sin pedir perdón por cada plato.

Durante la comida, doña Elvira no atacó de frente.

Eso habría sido vulgar incluso para ella.

Habló de bodas ajenas, de compromisos demorados, de una muchacha de Nacimiento que había esperado demasiado a un hombre que después se fue a Chillán por otra, de un viudo que no había sabido ordenar la casa antes de casarse de nuevo y terminó con dos mujeres peleando desde este mundo y el otro.

Cada relato venía envuelto en humor y fruta, pero todos caían cerca de Constanza como cuescos lanzados con buena puntería.

Mercedes la miró una vez, advirtiéndole que no respondiera con demasiada pólvora.

Rodrigo se mantuvo sereno, aunque Constanza notó cómo apretaba los dedos alrededor de la copa.

Fue Rosa quien cortó el hilo.

—Doña Elvira —dijo desde el extremo de la mesa, donde servía pan—, si va a traer tantos ejemplos, por lo menos traiga gente que coma menos desgracia. Estamos en Nochebuena.

Doña Elvira abrió los ojos y luego se rio.

—Rosa, usted debería predicar.

—No. Yo doy pan. Ya es bastante responsabilidad.

El padre Anacleto levantó su copa.

—Y a veces más útil.

La risa general desarmó la presión. Pero no la borró.

Después de la comida, mientras los demás se repartían entre café, música baja y conversación, Rodrigo salió al corredor lateral.

Constanza lo vio irse, no con gesto dramático, sino como hombre que necesitaba aire.

Dudó un momento. Luego tomó una jarra vacía como excusa pobre y salió también.

El corredor estaba iluminado por una lámpara colgada y por la luna que empezaba a levantarse sobre los cercos.

Desde la mesa llegaban voces, platos y la risa de Amparo.

Nadie los seguía de cerca, aunque nadie ignoraba dónde estaban.

—Doña Elvira no vino por los dulces —dijo Rodrigo.

—Nunca viene solo por lo que trae en la mano.

Él miró hacia el patio oscuro.

—Me dieron ganas de decirlo.

Constanza sintió que la frase le tocaba la piel.

—¿Qué cosa?

Rodrigo no contestó de inmediato. Se apoyó en el pilar, con el sombrero bajo el brazo.

—Lo que todos andan empujando con la lengua. Pedirle a su padre permiso para hablarle a usted con intención formal. Poner nombre. Sacar esto de los jueves, los caminos y las cocinas.

La claridad de la frase no fue violenta. Fue casi cansada. Constanza dejó la jarra sobre una banca.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Porque por un momento quise hacerlo para callarlos. Y si empiezo así, empiezo mal.

Ella respiró despacio. Ese cuidado, lejos de tranquilizarla por completo, le mostró cuánto había avanzado Rodrigo en su propio gobierno.

—También podría querer hacerlo por usted.

—Sí. Y lo quiero. No voy a hacerme el mártir. Pero esta noche se me mezcló con rabia. Con orgullo. Con ganas de poner una piedra grande sobre tanta lengua suelta. Eso no es pedir bien.

Constanza miró hacia la mesa bajo el nogal.

Doña Elvira hablaba con el padre Anacleto; Mercedes fingía no mirar al corredor; Presentación sí miraba, sin disimulo pero con afecto.

Tomás escuchaba a Fernando. Teresa y Rosa discutían algo junto a la cocina.

Todas las casas posibles estaban allí, mezcladas, respirando.

—¿Cuándo sería pedir bien? —preguntó Constanza.

Rodrigo volvió hacia ella.

—Cuando pueda hacerlo sin usar al pueblo, ni a Molina, ni a la memoria de Clara, ni a Hamburgo, ni la preocupación de su madre, ni el cansancio de su padre. Cuando pueda decirle que la quiero en mi casa y en mi vida, y que si dice no, no voy a venir a cobrarle las piedras del camino.

La frase salió larga, más formal que otras, pero se quebró al final con una torpeza de campo que la salvó.

—Las piedras están pagadas —dijo ella.

Rodrigo la miró un segundo y luego soltó una risa baja.

—Gracias por recordar la parte contable de mi alma.

—Alguien debe hacerlo antes de que se ponga demasiado solemne.

El humor les permitió respirar. Después volvió el silencio.

—No puedo contestar una pregunta que todavía no me hizo —dijo Constanza.

—Lo sé.

—Pero tampoco quiero que espere indefinidamente a que yo sea una persona sin miedo.

—Eso no pasará.

—Qué feo consuelo.

—Es el único honrado. Yo tampoco voy a ser hombre sin miedo. A lo más, uno con menos ganas de mandar cuando lo tenga.

Constanza apoyó la mano en el respaldo de la banca. La madera estaba tibia por el día.

—Rodrigo, si algún día pregunta, necesito que sepa que no podré responderle como si Anselmo no hubiera existido.

Él cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, no había sorpresa.

—Lo sé.

—Y tampoco quiero responderle como si Clara no hubiera existido.

—Eso lo agradezco.

—Ni como si Los Robles no necesitara nada.

—Eso me preocupa más, porque las casas necesitadas confunden fácil.

—Por eso lo digo.

Rodrigo asintió. Desde la mesa llegó una risa fuerte de Segundo, probablemente provocada por Amparo. La Nochebuena seguía andando sin esperar por ellos.

—Entonces no lo nombraremos esta noche —dijo él.

—No.

—Pero tampoco fingiremos que no existe.

Constanza sintió que esa era la medida exacta por ahora. No esconder. No precipitar. No vivir en una sala sin nombre para siempre.

—Tampoco —respondió.

Rodrigo tomó la jarra vacía de la banca.