El peso de la tierra Capítulo 24 El camino entre casas #2
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Capítulo 24 El camino entre casas #2

Constanza la oyó y no pudo evitar una sonrisa.

El trabajo comenzó con esa claridad áspera.

Los peones bajaron piedras, acomodaron ramas, limpiaron barro seco, abrieron una zanja más profunda y reforzaron el paso con maderos.

Rodrigo se sacó la chaqueta y trabajó con los demás.

Fernando también tomó una pala durante un rato, pese a la protesta de don Eulogio.

Segundo dirigía a los hombres con la paciencia limitada de quien sabe que una rueda mal puesta puede deshacer una mañana.

Rosa salió de la cocina con pan y agua cuando el sol empezó a calentar, porque ninguna discusión de propiedad le impedía alimentar brazos que trabajaban.

—Si van a hacer camino, coman —ordenó.

—Doña Rosa, usted manda más que el patrón en día de obra —dijo Segundo.

—Mando donde hay hambre. Eso es casi todo el mundo.

Rodrigo recibió un trozo de pan y agua en una taza de lata. Tenía las mangas arremangadas y barro en la bota. La herida de la mano parecía cerrada, aunque Rosa le lanzó una mirada preventiva.

—No se abrió —dijo él, antes de que ella preguntara.

—Todavía no lo reviso.

—Eso me preocupa más que el camino.

—Hace bien.

Constanza bajó al camino con una canasta de paños limpios, enviada por Mercedes y Rosa de manera simultánea, lo que convertía la orden en inevitable.

Al acercarse, vio las piedras colocadas una por una, el agua desviada, el barro abierto como una herida para poder secar.

No había nada romántico en el trabajo. Los hombres sudaban, discutían medidas, maldecían cuando una piedra no calzaba, se limpiaban la frente con la manga.

Sin embargo, Constanza sintió una punzada extraña: ese tramo, una vez firme, permitiría que Rodrigo llegara con menos dificultad y que ella fuera a Las Higueras sin sentir que el camino mismo intentaba detenerla.

También permitiría que cualquiera viera más fácil ese tránsito.

Rodrigo se acercó a tomar un paño.

—No tenía que bajar.

—Me mandaron. En esta casa las órdenes de cocina y de madre juntas no se discuten.

—En Las Higueras tampoco. Teresa y Rosa se entenderían demasiado bien si no estuvieran ocupadas desconfiando una de la otra.

—Eso es una forma de entendimiento.

Él miró hacia el tramo reparado.

—Supe lo de misa. Doña Elvira habló del camino.

—Doña Elvira habla de lo que respira y de lo que no.

—Me molestó.

—¿Que hablara?

—Que tuviera de dónde agarrarse.

Constanza sostuvo la canasta contra la falda. Rodrigo no estaba pidiendo disculpas por arreglar el camino. Tampoco parecía dispuesto a fingir que el comentario no los tocaba.

—El camino hacía falta —dijo ella.

—Sí.

—Y aun así parece otra cosa.

—También.

El reconocimiento simple alivió algo. Rodrigo se limpió las manos en el paño y miró el barro removido.

—No quiero que una zanja arreglada la empuje más que mi palabra. Ni más que su voluntad.

—Las zanjas empujan menos que la gente.

—La gente empuja usando zanjas, visitas, misas y perros viejos si hace falta.

Constanza pensó en Capitán, en Amparo, en la sala de Las Higueras, en el retrato de Clara. Casi sonrió, pero la incomodidad era real.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿También empuja?

Rodrigo no respondió de inmediato. Miró hacia los hombres, hacia Fernando, hacia Mercedes en el corredor. Luego volvió a ella.

—A veces, aunque me crea paciente. Cuando arreglo demasiado bien el camino tal vez estoy diciendo más de lo que dije con la boca.

—¿Y eso es malo?

—No sé. Depende de si dejo sitio para que usted diga que no aunque el camino quede bueno.

La frase no buscaba lucirse. Venía del barro. Constanza agradeció esa torpeza honesta.

—Entonces deje sitio.

—Eso intento.

—No lo intente como hombre noble. Hágalo como vecino que paga su mitad y espera respuesta cuando corresponda.

Rodrigo soltó una risa baja.

—Eso suena menos bonito y más posible.

—Vamos mejorando.

Segundo llamó a Rodrigo para mover una piedra.

Él devolvió el paño y regresó al trabajo.

Constanza se quedó un momento junto al tramo abierto.

Don Eulogio le explicó, sin que ella lo pidiera, cómo el agua debía correr hacia la zanja nueva para no comerse la huella.

Ella escuchó. En otra época se habría impacientado.

Ahora le pareció que esa explicación servía para más cosas que el camino: si una no le da salida al agua, el agua toma la suya, aunque se lleve el borde.

A media tarde pasó don Molina. Venía en coche ligero, con un mozo, y detuvo los caballos al ver la obra.

Su sombrero estaba limpio, sus guantes también, y su sonrisa tenía esa cortesía que nunca llegaba sola.

Fernando se enderezó al verlo. Rodrigo dejó la pala.

Mercedes, desde el corredor, se puso de pie.

—Don Fernando —saludó Molina—. Veo mejoras. El camino siempre dice mucho de una casa.

—Dice que había barro —respondió Fernando.

—Y que hay con qué sacarlo.

La frase era inocente solo para un sordo. Constanza sintió cómo la tensión cambió de lugar. Las obras visibles también avisaban a los acreedores que una casa tenía movimiento, aliados, gastos o esperanzas. Molina no miraba el camino como doña Elvira. Lo miraba como suma posible.

Rodrigo se acercó antes de que Fernando respondiera con demasiada sequedad.

—El tramo es compartido, don Molina. Las Higueras carga su parte.

—No lo dudo, don Rodrigo. Siempre es bueno ver vecinos que se ayudan.

—No es ayuda. Es cuenta clara.

Molina sonrió.

—A veces una cuenta clara también ayuda.

—Y a veces una ayuda poco clara se parece demasiado a otra cosa —dijo Mercedes desde el corredor.

Molina levantó la vista hacia ella. Inclinó la cabeza con una cortesía medida.

—Doña Mercedes, siempre tan exacta.

—No siempre. Pero cuando veo una rueda queriendo pasar sobre tierra ajena, afino el ojo.

El silencio que siguió fue breve y delicioso para Amparo, que observaba desde una ventana con Josefina detrás. Molina no perdió la sonrisa, pero sus caballos se inquietaron, quizá porque hasta los animales distinguen ciertos climas. Fernando dio un paso hacia el coche.

—Si necesita hablar de cuentas, pasaré por su oficina cuando corresponda. Hoy estamos con trabajo de camino.

—Por supuesto. No interrumpo más.

—No interrumpió. Solo pasó.

Molina aceptó la corrección y siguió camino al pueblo. Cuando el coche se alejó, nadie habló por unos segundos. Rodrigo volvió a tomar la pala, pero Fernando le puso una mano en el brazo.

—Gracias por decirlo claro.

—Convenía.

—Sí. También a mí me convenía haber aprendido antes.

Rodrigo no respondió. Los hombres volvieron al trabajo.

Constanza miró a su padre y vio, una vez más, la forma en que la vergüenza podía volverse útil cuando dejaba de esconderse.

Fernando ya no se inclinaba ante Molina con la misma culpa de antes.

Tampoco podía deshacerse de él. Pero había aprendido a no dejar que cada comentario ajeno nombrara su casa por él.

Esa noche, el camino quedó transitable. No terminado, porque los caminos de campo nunca terminan del todo; solo pasan de problema urgente a preocupación vigilada.

Los hombres se lavaron junto al pozo, comieron pan, recibieron pago anotado y se fueron con ese cansancio honrado de la jornada que se puede señalar con la mano.

Rodrigo permaneció unos minutos más con Fernando y don Eulogio revisando la libreta.

Constanza observó desde el corredor. Mercedes estaba a su lado.

—No ha sido mal día —dijo su madre.

—Doña Elvira consiguió tema para un mes.

—Doña Elvira consigue tema hasta con una vela torcida.

—Molina también miró.

—Molina mira como quien mide tela que todavía no compró.

Constanza apoyó los dedos sobre el pilar.

—¿Le preocupa?

—Me preocupa menos cuando tu padre habla de frente. Y cuando Rodrigo no se pone generoso donde debe ponerse claro.

—Usted ya habla de él como si importara.

Mercedes la miró de costado.

—Importa. Eso no significa que esté decidido.

La frase hizo bien. Mercedes, que tanto había empujado en otros tiempos, empezaba a distinguir importancia de destino. Constanza no la abrazó porque no eran familia de abrazar cada mejora. Pero se quedó a su lado sin responder, que en Los Robles a veces era una forma de gratitud.

Rodrigo se acercó cuando el sol ya bajaba.

Tenía el rostro cansado, la camisa con polvo y una mancha de barro en la rodilla.

No parecía el hombre correcto de misa ni el dueño de Las Higueras recibido en sala.

Parecía un trabajador que además era dueño, vecino, viudo, pretendiente y hombre algo torpe para separar todo eso sin que se le mezclara en las manos.

—Mañana vendrán dos hombres a revisar si el agua corrió bien durante la noche —dijo a Mercedes.

—Que vengan. Rosa les dará pan si trabajan y opinión si estorban.

—Entonces trabajarán.

Mercedes se retiró con una excusa prudente. Constanza y Rodrigo quedaron en el corredor, con la casa abierta detrás y el camino visible al frente. No estaban solos del todo. En Los Robles nadie estaba solo del todo cuando importaba. Aun así, el momento tuvo su propio sitio.

—Hoy lo vi enojarse con Molina —dijo Constanza.

—Me contuve más de lo que se notó.

—Se notó bastante.

—Entonces me contuve mal.

—No. Se contuvo lo justo.

Rodrigo miró hacia el camino.

—No me gusta que mire su casa como si ya supiera cuánto le puede sacar.

—A nadie le gusta, salvo a él.

—Tampoco me gusta que use mi presencia para medir otra cosa.

Constanza entendió. Molina no solo había visto piedras y jornales; había visto alianza posible, matrimonio probable, recursos circulando. Había visto a Rodrigo como alivio de Los Robles y quizá como garantía indirecta. Esa mirada ensuciaba el camino más que el barro.

—No quiero que usted se vuelva respuesta para Molina —dijo ella.

—Ni yo.

—Ni para mi madre.

—Eso será más difícil decirlo delante de doña Mercedes.

—Ella está aprendiendo.

—Todos parecen estar aprendiendo. La lástima es que aprender haga tanto desorden.

Constanza sonrió un poco.

—Si no hiciera desorden, sería repetir.